Picardía y experiencia gonzaliana

I

La sentencia con la que Lezama Lima abre La expresión americana, de alguna manera también abre lo que para mí constituye la experiencia gonzaliana. A algunas sentencias, aquellas que más nos conmueven, las tratamos como lo que parecen ser desde siempre: piedras preciosas. La recolección de esas piedras es el comienzo de la experiencia. Por eso nos fascinan las bibliotecas, en las bibliotecas atesoramos esas piedras. Queremos tanto a las bibliotecas menos por los libros que por las sentencias que esos libros guardan. La sentencia que abre La expresión americana y, a un tiempo, la experiencia gonzaliana dice: “Sólo lo difícil es estimulante”.

Mi edición de La ética picaresca, la primera, la de 1992, la compré en Quilmes, en la librería El Aleph de la peatonal Rivadavia, pero varios años después de su salida, puesto que en el 92 yo tenía sólo diez años. Uno rara vez tiene memoria del año en que compró un libro, pero puedo decir, sin riesgo de equivocarme, en qué año me hice de La ética picaresca. Fue en el año 2000, puesto que en esa fecha cursé el sexto año del Nacional Buenos Aires, y allí conocí a Eduardo Rinesi. Lo que sigue, a partir de esto, se vuelve más previsible: gracias a Eduardo ingresé en los textos de la sociología, y por supuesto, también gracias a él conocí el nombre de Horacio González, la revista El ojo mocho, entre tantas nuevas lecturas a las que me abría paso con rapidez. Fue imbuido por ese ímpetu que llegué a leer La ética picaresca, a mis dieciocho años, y puedo decir que recuerdo avanzar en las páginas del libro con la inquietud de quien se enfrenta a un jeroglífico. Decíamos: sólo lo difícil es estimulante. Nunca había leído algo tan difícil. En esa oportunidad me agarré de Hamlet y del Lazarillo de Tormes, que era lo único que allí se citaba que yo ya había tenido la ocasión de leer previamente, como de algunos rudimentos de Marx que tenía en la cabeza y, a partir de eso, intentaba iniciar el armado del rompecabezas. Pero no había caso. Incluso entendía que en el libro había un devenir jocoso, entendía también que se hacían chistes, pero sin entenderlos del todo. Años después leería los libros de Horacio con sobresaltos de risas, a veces carcajadas, puesto que si su escritura por momentos adquiere una gravedad asombrosa, esa gravedad se vuelve incluso mayor en la alternancia con sutiles picardías. Sin embargo, en aquella lectura inicial, diría iniciática, en la que no entendía mucho, no sentía frustración, por el contrario, sentía el deseo de imbuirme de todo lo que allí se decía. Nunca me había pasado algo así con un libro.

No cabe duda que en el sapere aude kantiano se encierra una verdad referida no solamente a la Ilustración, sino a toda historia personal de lectura. El saber es un atrevimiento, en su envés hay un impulso y una apetencia que lo hacen avanzar de una manera desmedida. Quiero decir, hay una hybris en todo saber. En efecto, si hasta el pensador más destructivo y revulsivo, el filósofo del martillo, no puede sino comparecer frente a esta máxima ilustrada: “es mejor saber que no saber”. Pues bien, ese impulso es el que me hizo avanzar en la experiencia gonzaliana.

II

Pocas veces puede presentarse un libro veinticinco años después, y mucho menos, cuando este libro ha sido tan fundamental en la formación intelectual de uno mismo. Y digo fundamental por las inquietudes, preguntas, enrarecimientos, dislocaciones que me produjo en esa temprana lectura. Pero todas aquellas sensaciones, y digo bien sensaciones porque eran inflexiones vitales las que este libro me producía, pueden acaso englobarse en una pregunta más general que me hice entonces, sin poder contestarme: “¿Qué es este libro?”. Esa pregunta no era una pregunta meramente cognoscitiva, puesto que de algún modo llevaba consigo otra pregunta que se deslizaba a partir de ella: “¿Qué me hace este libro?”.

Y acaso en la distancia que abren esas dos preguntas, o acaso entre estas otras dos, “¿qué me dice este libro?” y “¿qué me hace este libro?”, en la no identificación entre ambas, se cifre lo que en términos más generales podríamos llamar una ética picaresca. Una descolocación general entre lo que me decía (su verdad permanecía para mí oculta) y lo que me hacía (parecía movilizarme de una manera íntima y vital).

Un libro no es lo mismo para todos, por lo tanto dificultosamente podamos decir que este libro es en sí pícaro. Lo era para mí, en ese desarreglo tan particular que se producía en esa temprana lectura. Porque: ¿qué es la picaresca? Dice González: “La picaresca es un mundo in-coincidente y no-concomitante. Nadie coincide aquí con lo que piensa y nadie es concomitante con lo que dice. El ser refuta la estructura actual de las intenciones, obstaculiza la interpretación sobre el sentido de sus acciones y pone en marcha una duda sistemática sobre el recto sentido de las acciones ajenas. Para el pícaro el aire está lleno de adulteraciones, señuelos y recursos distractivos. Todo es interpretable… pero la picaresca es la hermenéutica puesta sobre sus pies: el pícaro actúa en un mundo donde aparentemente no hay nada para interpretar”.

Creo que esta definición de picaresca muestra notablemente el desarreglo que me produjo, cuando era un chico, la lectura de este libro. Por otra parte, la cita, no solo explica, sino también expresa mi desconcierto de aquel momento. Ahora puedo entenderla, en ese momento era un enigma que actuaba de una manera que no entendía: quería ingresar en ese mundo sin saber bien de qué se trataba. El libro me usurpaba.

¿Y si el pícaro era yo y no el libro? “El pícaro -dice González- es esa mancha que actúa permanentemente -y aun: gozosamente- en su conciencia, como materia prima para forjar escenas gloriosas, galantes, dignas, serenas. La picaresca demuestra que cualquiera de estos sentimientos siempre tiene un sino usurpador”.

La lectura en general tiene ese problema, el encuentro de un libro con una conciencia lectora vuelve ligeramente indiscernible quién es el que comanda. ¿Quién es el pícaro, el libro o yo? ¿Podemos los dos ser pícaros? Pero si así fuera, ¿seguiría habiendo burlador y burlado? ¿Cómo? Acaso el libro y el lector se burlen alternativamente y esa sea la verdad profunda de la picardía y de una ética picaresca.

Esto que estoy escribiendo, ¿constituye una lectura pícara? Y si así fuera, ¿qué es lo que esconde? En todo caso, ¿podría ser así si no existiera una experiencia gonzaliana que la funda y la habilita? ¿Puede haber un solo pícaro? ¿Verdaderamente el pícaro en su conciencia muda puede gozar de su picardía? ¿O acaso para que la picardía tenga sentido, tiene que haber, al menos, dos pícaros? Que Fogwill escriba que no existe la ética picaresca y que González le publique esa pícara crítica en El Ojo Mocho, nos inclinan a la idea de que no existe la picardía más que cuando ésta se comparte.

III

Junto con la lectura, o concomitantemente a ella, viene la conversación. De ella también se ocupa con tenacidad el libro que presentamos. Y la conversación es fundamental para la experiencia gonzaliana como tal. ¿Cómo separar la conversación como tema, de la conversación como método? Hemos aprendido de Horacio tanto de su lectura, como de su conversación. Y la conversación gonzaliana es una suerte de mayéutica socrática, pero pícara: nunca revela todo lo que se dice en el decir. Si constituye un tipo de conversación trágica es porque avanza en ese desfiladero entre lo que dice y lo que se guarda. Es una tensión permanente y sutil. Acaso privilegiando las Instituciones oratorias de Quintiliano, la conversación gonzaliana ha incorporado todos los grandes tratados de retórica en su método. Los ha rumiado y ha elaborado sus propias máximas pícaras conversacionales. Leemos, por ejemplo, en el libro que nos ocupa: “Bajo un preparado de indiferencia o falta de voluntad, podemos formular las cosas más terribles. Entonces hablamos `como quien no quiere la cosa´. Conseguimos influir y al mismo tiempo podemos escudarnos en que `no nos dimos cuenta´. Somos dueños de este pequeño derecho democrático de disonar, con nuestra intimidad en reserva, en relación a lo que nos ofrecen los eventos visibles en curso. Esta discordancia entre nuestra voluntad y la forma social en que se exteriorizan nuestros pensamientos, puede así ser premeditada”.

La picaresca es el reverso de la tragedia que es esencial a toda conversación. El nudo trágico de toda conversación está dado por la separación entre la intimidad de la subjetividad y su apariencia exterior, es el shakespereano “Rómpete, corazón, porque debo refrenar la lengua”, motivo al que comparece Hamlet en la asunción trágica de la separación entre lengua y ser. Y, como nos dice González, esta disociación es la que lleva a la política. Si hay política es porque no hay identidad entre el ser y la lengua. Esa descolocación permanente de una cosa con la otra, de la lengua con el ser, es la que habilita el duelo de lenguas que hace a la política.

Pero la tragedia es también la soledad de toda conversación con uno mismo, el fuera de contexto con respecto a una historia de las mentalidades que amenazaría con deglutir toda consciencia aunque, en el límite, no lo pueda realizar nunca. Ese movimiento pendular entre las instituciones y la singularidad es lo que de alguna manera también concentra las preocupaciones de este libro, y de la experiencia gonzaliana en su totalidad. ¿Cómo ser libre en las instituciones? Sorprendentemente, o tal vez no tanto, pero me ha resultado sorprendente ahora que he vuelto a leer La ética picaresca para esta presentación: en este libro ya están bosquejados todos los temas y autores que se volverán a abordar recurrentemente a lo largo de los libros, los artículos y las clases de Horacio. Porque ése es el método y, en definitiva, la experiencia gonzaliana: volver una y otra vez a esas piedras preciosas que fuimos recolectando y que guardamos en nuestras bibliotecas, para recordar, siempre de manera renovada, que en ellas se encuentra la cifra de nuestro enigma.