Sólo los apasionados tienen prisa por llegar

— Esta historia no va sobre mí —

Es jueves, hace (mucho) sol y me acabo de acordar de que hoy mismo he de devolver las cuatro películas que pedí prestadas en la videoteca de la Universidad. Así que, o me voy moviendo, o la pereza me acarreará ocho días de penalización sin poder sacar nada de la biblioteca. La verdad es que prefiero moverme ya, aunque sean las cinco de la tarde y me esté muriendo de calor… porque es que quiero sacarme los cómics de Paco Roca lo antes posible; y ocho días sin sacar nada de la Facultad son muchos, ya que encima los sábados y los domingos no estarían incluidos en esos ocho días… en fin.

Me quedan tres días para el examen de Periodismo Cultural, y a quién pretendo engañar: voy fatal. Me he percatado de que puede rimar un poco esta última frase, pero no me hace especialmente gracia. El caso es, que sigo teniendo como prioridad sacar los cómics de este gran historietista.

Me visto rápidamente, como si me fueran a cerrar la Facultad; y eso que el horario de verano es de nueve de la mañana, a siete y media de la tarde. Vivo a siete minutos en coche; son las cinco y cinco. No sé a qué viene tanta prisa, si voy sobrada.

Las cinco y cuarto. Salgo de mi casa, y me dispongo a esperar al ascensor en el rellano de mi planta, cuando de repente se abre la puerta de la casa que está enfrente de la mía. Oh, vaya, los vecinos nuevos… al fin voy a conocerlos.

Por la puerta sale un solo hombre no demasiado maduro, de unos 40 años como mucho, con la cabeza rapada, piel blanca y unas gafas de sol de estilo sport colgadas en el cuello de la camiseta. Todo muy normal. Me mira fijamente, y me dice:

— Hola.

La verdad es que yo no sé muy bien qué hacer. Balbuceo un rápido e inseguro “Hola”, y muestro una sonrisa un tanto forzada. A veces me encantaría que la vida fuera como en las películas: en este caso, pegaría que fuera una de esas en las que, cuando viene una familia nueva al vecindario, se le acoge con total amigabilidad y se le lleva una tarta de manzana como obsequio de bienvenida. Y todos tan cómodos. Pero la verdad es que hacer tartas nunca fue lo mío; bueno, siendo sincera, nunca me ha dado por intentarlo. Llega el ascensor, y mi vecino de enfrente me deja pasar:

— Pasa… pasa — me dice, asintiendo con la cabeza mientras sostiene la puerta, con el rostro cansado a la par que afable.

Pronuncia esas palabras, además, como si lo que estuviera diciendo fuera algo obvio, como si obviamente él quisiese ser el último en entrar. Como si estuviese retrasando el momento de montarse en el ascensor lo máximo posible.

— Muchas gracias — le respondo, queriendo ser simpática con él, pero lo único que me sale es otra sonrisa, ésta ya más natural que la anterior. Y mientras, lo miro a los ojos, para que sepa que mi agradecimiento es sincero.

El caso es, que vivo (vivimos) en la planta nº16, y claro, a veces el trayecto en ascensor puede hacerse un poco largo. “Vamos, dile algo, sácale un tema de conversación, dile que para lo que sea, puede llamar a la puerta de enfrente”, pienso. Pero mi vergüenza — a veces inexistente, y otras muy inoportuna — hace que opte por la recurrente estrategia de mirar a los zapatos. Vaya, no creo que le esté cayendo muy bien, ni que le esté haciendo sentirse muy a gusto en su nuevo bloque…

Planta baja. Una vez más, mi educado vecino se me adelanta y abre la puerta de la calle. Y mientras la sostiene, se dirige a mí:

— Pasa, pasa. Pasa tú primero, que yo me voy a trabajar. Y no tengo prisa, de verdad. Nunca tengo prisa para ir al trabajo… bueno, en verdad sí que la tengo… a la vuelta — su tono denota cargazón en el ánimo, pereza, desgana. Y yo, lo cierto es que no sé qué respuesta darle.

— Vaya, ánimo — es lo primero que se me ocurre.

— Gracias, hija…

Este pequeño diálogo consigue dejarme pensativa durante unos tres minutos. No sé en qué consistirá su trabajo, pero desde luego, no parece estar muy orgulloso, ni feliz, ni satisfecho con él. No parece apasionarle lo que hace. Tal vez dejó atrás un sueño a cambio de un trabajo totalmente monótono, pero que le producía ganancias fáciles e inmediatas… ¿será que se arrepiente ahora? ¿Por qué no se arriesgó a hacer lo que de verdad le apasionaba? ¿Habrá sido el miedo al fracaso el gran monstruo culpable? ¿Acaso le daba miedo tomar el ascensor y prefirió quedarse en la planta baja?

¿Y yo, qué quiero hacer? ¿Qué tengo que hacer con mi vida? No lo sé, pero de momento, son las cinco y veinte y quiero llegar ya a la Facultad para sacarme los cómics y unas cuantas pelis.

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