Silencios paralelos

“Guarde silencio”, se puede leer en las paredes. Son las 9:31 de la mañana, es miércoles y la sala de espera del policlínico está atestada.

“Juan Ramón Núñez, por favor”, se oye por megafonía. Quién será ese tal Juan Ramón y qué hará aquí.

— A ver si me pueden coger antes — susurra mi tía para sí, un poco asfixiada, mientras sube las escaleras.

La verdad es que yo también lo espero, que para eso nos hemos pegado el medio-madrugón. Me he levantado a las 8 de la mañana, para ir holgada de tiempo; y menos mal… en mi bloque se ha ido la luz y he tenido que bajar por las escaleras — no mencionaría este detalle, si no fuera porque vivo en el piso nº16. Han sido demasiados escalones para tan tempranas horas.

Al fin llegamos al segundo piso del sanatorio. Después de probar suerte en un par de sillas ubicadas en un sitio muy mono de la sala de espera, nos desplazamos a otras en las que el aire acondicionado no pega tan fuerte; estos del hospital… con el fresquito que hace fuera. El del tiempo dijo que incluso llovería; nunca entenderé la mente de la persona que maneja los aires acondicionados de ciertos lugares públicos. Dentro de bibliotecas y hospitales, por lo general, desde mayo hasta octubre y haga la temperatura que haga en el exterior, hace frío. Al menos me lo parece a mí, persona friolera con una piel muy cobarde, todo hay que decirlo.

9:34

Mi tía va a por algún papel a una ventanilla, y a pedir que por favor la cojan antes de la hora. Su cita es a las 10:30.

Ojalá me cojan antes — suspira, ahora dirigiéndose a mí –, que sino, la directora se va a enfadar más todavía. Veremos a ver. Aunque con la de gente que hay, no creo que nos puedan meter antes…

Ella siguió, durante algunos segundos, dándole vueltas al tema.

— Antonio Durán, pase a la consulta 8 de endocrinología.

Mi tía y yo escuchamos la voz, muy atentas; sale de los típicos altavoces que no se dejan oír tan fácilmente. Esto le añade cierta emoción al tema: nunca sabes con certeza si has llegado a escuchar bien el nombre o no, y siempre queda la duda de “¿y si han dicho mi nombre, y al yo no decir nada, me han pasado y estoy esperando en vano…?” Pero no sé por qué, esto nunca sucede. Al menos yo no conozco a nadie que le haya ocurrido. A lo mejor es que no se escucha tan mal como nos creemos. Quizás son más los nervios que otra cosa. Como si no fuera, simplemente, la consulta del médico.

Por cierto, me pregunto qué clase de directora de colegio se podría enfadar porque una de sus maestras tiene que ir al especialista. No sé hasta dónde sabrá esa mujer de los motivos de mi tía para acudir al médico, pero sea lo que sea, debería bajarse un poco del pedestal que ella misma se ha construido.

— La verdad es que es una mujer muy trabajadora — reconoce mi tía –, pero lo que pasa es que sólo le importa el trabajo. Que las cosas vayan bien. Luego cuando alguien tiene que ir al médico, pone pegas. Pero bueno… sé cómo es, a veces hay que tragar.

¿Hay que tragar?

¿Hasta con este tipo de cosas?

Mi tía se llama Inma, tiene 50 años y tuvo cáncer de tiroides. Hace poco, en los resultados de las pruebas que se realiza anualmente para revisar su estado de salud, salió algo raro. Averiguar qué sucede exactamente en su cuerpo es ahora algo de máxima prioridad en nuestras vidas.

9:45

Menos mal que me he traído un libro, una revista, un cuaderno y un bolígrafo. Me hallo totalmente absorta en mi lectura, cuando de repente escucho una musiquilla: “Venga, chico, me tienes hasta el coño”, con los acordes del estribillo de Baila conmigo de Juan Magan y Luciana. En una sala de espera de hospital. A toda voz.

La “música” proviene del móvil de una mujer que está sentada como a 5 metros de nosotras. Todos los que nos encontramos en la sala vamos levantando la cabeza y mirándola, confusos; mientras, la susodicha parece no darse cuenta de la molestia que está causando. No lo entiendo; creo que el “guarde silencio” encabeza esta sala, al igual que la de la planta baja. Me aseguro, no sea que aquí esté totalmente permitido poner música o hablar alto. Pero esta vez, no me equivoco.

Pienso que quizá la estarían llamando por teléfono y lo tiene en sonido. Pero no quepo en mi asombro cuando sigo observándola y veo que tiene el smartphone en la mano; lo está utilizando, está escribiendo, o jugando, o lo que quiera que esté haciendo… mientras escucha música. El caso es, que tiene la canción puesta a todo volumen, intencionadamente. Se le habrán olvidado los auriculares, quizá. La miro y pienso, con insistente fuerza: “guarde silencio”, “guarde silencio”, “guarde silencio”. Arrugo un poco los ojos y la frente, y prosigo: “guarde silencio”. Pero mi método telepático no llega a surtir efecto. Es entonces cuando me resigno a seguir leyendo.

10:42

— Inmaculada Jiménez, acuda a la consulta 8 de endocrinología.

Al final, estamos entrando hasta más tarde. Me preocupa que puedan reñir a mi tía en el trabajo.

Durante la consulta, escucho atentamente lo que la endocrina tiene que decirnos. Se le nota que es una mujer bastante competente.

Yo me mantengo callada, como si dentro de la consulta también rezara un “Guarde silencio” en la pared.

— Bueno, pues te vas a hacer otra analítica y la semana que viene te pasas por aq…

— Uyyy ¿otra vez? — le interrumpe mi tía — es que la directora me ha puesto problemas…

El breve y fugaz gesto de la endocrina lo dijo todo en menos de un segundo. ¿Qué clase de persona puede ponerle problemas a alguien que tiene cita con su especialista?

La verdad es que no me parece muy bien esa manera de “tragar” de mi tía. Pero bueno.

He de apuntar, para los que no lo sepan, que los especialistas (al menos de la seguridad social) sólo atienden de lunes a viernes, y por la mañana. Da igual cuándo hubiese tenido la cita, habría tenido que faltar al trabajo igualmente.

Salimos de la consulta ya con todo aclarado, tranquilas y aliviadas. Pasamos por la sala de espera, de nuevo, pero ahora está el doble de llena que antes; ya no hay sitios libres. Al que le toque el aire acondicionado de lleno se va a tener que aguantar. Y al haber más gente, pasa una cosa: hay muchísimo ruido.

“¿Me estaré preparando para convertirme en una vieja impertinente?”, pienso. “¿Por qué me molesta tanto que la gente haga ruido en una sala de espera?”, me pregunto, un poco desesperada conmigo misma. Al instante, habla por megafonía una voz femenina:

— Un poco de silencio, que estamos en un hospital.

No sirve de mucho; la gente no se calla. Pero a mí me consuela: no soy la única que no quiere tragar. Aunque decir las cosas a la cara es más complicado. De hecho, la de “Venga, chico, me tienes hasta el coño” ni siquiera se ha percatado de mi existencia. Y yo, a la de megafonía no le pongo cara.

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