Guatemala perdió la lotería, tiene todo para un coctel explosivo

Ha dedicado su vida a luchar contra un ser inanimado, un objeto. No un objeto cualquiera: las armas de fuego. Peters es referente mundial en temas de desarme y control. Ha dado apoyo a decenas de organizaciones y se ha enfrentado a armeros y a grupos que exigen el derecho a la portación. La mujer del “no a las armas” estuvo en Guatemala para continuar con su apuesta por la seguridad ciudadana. Según su experiencia, aquí aún hay un largo trecho por recorrer. (Plaza Pública, 8/03/2013)

Todo inició en 1996, con la masacre de Port Arthur en Australia, donde murieron 35 personas. Rebecca Peters encabezó la Coalición para el Control de Armas de su natal Australia, y contribuyó a cambios radicales en la legislación: la prohibición de armas semiautomáticas, rifles y escopetas; la destrucción de 700mil armas, y un riguroso proceso para otorgar licencias. Fungió como directora de la Red Internacional de Acción sobre Armas Pequeñas (IANSA) y actualmente coordina Surviving Gun Violence Project (SGV).

Ahora, asesora al movimiento que surgió de la última masacre estadounidense en Newtown, Connecticut; a partir de la cual se reactivó la discusión sobre la laxitud legal para la portación de armas. Se vuelve a enfrentar con los que exigen el respeto a la segunda enmienda de la Constitución estadounidense y a la poderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA).

Junto al Instituto de Esneñanza para el Desarrollo Sostenible (Iepades), dio conferencias y visitó instituciones estatales para promover su visión de la seguridad ciudadana. Considera esencial que el Estado investigue el origen de las armas homicidas y que se dé seguimiento a la comercialización de éstas y las municiones. “El arma es como la impresora, las balas son la tinta”, afirma, refiriéndose a la necesidad de controlar y fiscalizar el comercio de municiones.

Peters no espera a que se encienda la grabadora, empieza a hablar sobre otro asunto que le preocupa en los últimos tiempos, el de las víctimas no mortales de las armas de fuego. Aquellos que han quedado heridos por las balas. Están olvidados por el sistema y no hay información.

Hay cifras sobre los muertos, pero no se habla demasiado de los heridos por las armas. ¿Hay datos?

No, estamos buscando. Pero se calcula que, por cada persona que muere por armas de fuego, hay tres que quedan gravemente heridas. Aunque, en países donde el sistema de salud no es muy fuerte, como en Guatemala, probablemente haya más muertos. Porque esta gente herida podría sobrevivir en otro país, pero aquí no. Es importante entender la letalidad de las armas de fuego. Ocurre una gran cantidad de asaltos, pero si la disponibilidad de un arma de fuego es muy fácil, la probabilidad de que los asaltos resulten en muerte es mucho más alta. Si no hay arma de fuego, si se usa una navaja, una botella, una piedra, algo así, el porcentaje que va a morir es mucho menor.

Creo que muchas veces, especialmente en los medios, el homicidio se presenta como un fenómeno que no tiene conexión con las armas usadas. Hay que entender que las armas son parte de esa conflictividad, especialmente en una sociedad donde hay pobreza, inequidad y falta de institucionalidad… Entonces, ¿qué te cuento?

Sigamos con ese cuestionamiento sobre el origen. En una de sus charlas, usted mencionó que no se investiga la procedencia. Se habla de violencia, pero no se relaciona directamente con el arma.

Una cosa que me sorprende de Guatemala, es que no hay una unidad del Estado que investigue el tráfico de armas. Una unidad que esté investigando los patrones, cuáles son los caminos, dónde entran las armas, cuál ha sido el historial de las armas que son incautadas o que son implicadas en actos de violencia. Porque cuando ocurre un homicidio o un robo, o lo que sea, el Estado se enfoca en ese último momento, lo que ocurrió ahí, y se preocupa de procesar al victimario. Y esa es la única preocupación, el proceso, la condena, la pena. Pero lo que hay que hacer, además de la imprescindible política de prevención y de castigar a la persona que cometió el crimen, es mirar de dónde surgió el arma.

Lo de las armas es como la punta de un “iceberg”, debajo de eso hay… bueno el “iceberg” es una imagen vertical, es más como en cronología. Lo peor que puede pasar es un homicidio, pero antes de eso ha habido toda una serie de eventos, y se debe reconocer que el arma de fuego hizo la diferencia entre la muerte o la sobrevivencia de esa víctima. Y no hay un esfuerzo en Guatemala para tratar de identificar y de cortar las fuentes de abastecimiento del mercado ilícito.

¿Cómo explica esa falta de interés en seguir el rastro del arma y las municiones, cuando parece muy lógico?

Yo creo que porque no hay una conciencia de prevención, que tampoco es única en Guatemala, sucede en otros países de América Latina y parte de África. Y es muy difícil cambiar a un enfoque de prevención y de pensar en la seguridad ciudadana. La seguridad ciudadana está basada en prevenir que las cosas pasen, no tanto en castigar lo que ya pasó, claro hay que castigar, pero la prevención es más importante que el castigo. Yo creo que Guatemala, como en muchos otros países, especialmente los que tienen en la historia un conflicto armado, las instituciones de seguridad tienen una mentalidad más bien de militarismo, que todo viene desde arriba a abajo. Pero, la seguridad ciudadana se construye desde abajo para arriba.

¿Cómo lograr cambiar la lógica de persecución por la de la prevención?

Aumentando la confianza, construyendo capacidad en las comunidades. Cosas que no son tan cinematográficas como una operación con agentes uniformados que vienen con sus armas grandes, como una manifestación de la fuerza. La seguridad se construye de una manera más complicada, pero sobre una base más sólida.

¿Y qué sucede cuando la misma sociedad busca la mano dura? La percepción es que la ciudadanía exige esas respuestas cinematográficas, a lo Rambo. Y el gobierno responde a ellas.

La gente busca eso porque está desesperada. Y se entiende. En Guatemala la gente se siente insegura, no tienen confianza. Se logra con las organizaciones locales, organizaciones de sociedad civil, fortaleciendo las cosas buenas que hace el Estado, el sistema de salud, de educación. Se debe dejar de pensar en la fuerza como el último recurso. No se hace en un día, ni en un año, pero todo va junto. El concepto de la seguridad ciudadana está basada en el fortalecimiento de las instituciones, no solo de la justicia, aunque la justicia es muy importante, y la reforma de la policía. Que la policía funcione más apoyando a la comunidad, y menos vigilándola, y menos castigándola.

Pero, claro, también abordando el tema de la disponibilidad de las armas, porque en situaciones donde hay pobreza, inequidad, falta de oportunidad para los jóvenes, e impunidad en instituciones débiles, es como meter un fósforo donde hay gasolina. La pobreza no genera en sí la violencia, porque hay lugares pobres donde no hay armas, entonces no ves los homicidios. Pero Guatemala se ganó la lotería, o perdió la lotería, tiene todos los elementos que crean un coctel explosivo.

¿Es posible comparar a Guatemala con otros países? ¿Buscar referentes de casos exitosos?

Bueno, Guatemala, Honduras y El Salvador, el triángulo norte, es la subregión más violenta del mundo. En estos tres países tienen los índices más grandes de pobreza, de instituciones que no son fuertes, afectados por el crimen organizado y el narcotráfico. Tienen la proximidad de los Estados Unidos, que es el productor más grande de armas de fuego del mundo, y son también el camino del narcotráfico y todo eso. Pero, también tienen muchísimas armas de fuego, hay armas que se quedaron del conflicto, pero la mayoría de las armas que están causando el problema, son armas más nuevas. Pero un ejemplo bueno es el ejemplo de Brasil. En Brasil han hecho un esfuerzo serio. No dijeron solo: “Bueno, vamos a limitar el número de armas de cinco a tres¨. Lo vieron de una manera integral. La experiencia de Brasil es ejemplar y eso que ellos también tienen una tradición de una seguridad muy militarizada, que todavía lo tienen y están intentando cambiarlo.

Usted ha visitado Guatemala, desde hace años, ¿observa algún cambio?

Se observa que se están coordinando mejor entre los ministerios (Mingob y MP), están marcando las armas, por ejemplo, de la Policía y las municiones de la Policía. Y eso es importante porque en muchos países sabemos que las armas y las municiones del Estado, caen o se entregan a las manos de delincuentes y se usan en la delincuencia. Si no hay investigación, no tenés estadísticas y considerando cuánta violencia armada hay aquí, me sorprende que las estadísticas sean tan pocas. Deberían abordarlo como un problema de salud pública. En la salud pública, el “approach” (abordaje) es: estudiar el problema, diseñar una intervención, poner la intervención y evaluarla.

Pero aún hay trabas en ese primer paso, en la información.

Esa fue parte de la experiencia brasileña, también. Hicieron un trabajo muy importante de investigación. Identificaron los puntos principales de entrada de las armas ilegales, y también identificaron el papel de la industria brasileña en el abastecimiento de las armas que después fueron incautadas en el crimen. Entonces, creo que ese trabajo debería hacerse aquí.

Los que defienden el derecho a la propiedad de las armas para defensa, y se resisten al desarme, dicen que la mayoría de crímenes se comenten con armas ilegales.

Hay que acordarse de que las armas ilícitas, son armas que fueron legales, y que se movieron, se desviaron de la tenencia legal a la tenencia ilegal. Uno de los objetivos del control de armas es fortalecer la investigación y controlar el paso entre el mercado legal y el mercado ilícito. Los controles fuertes son para prevenir que la primera compra sea de una persona que no va a ser responsable, por ejemplo una persona que tenga conexiones criminales. Y es esencial controlar las siguientes compras de esa arma, para evitar que crucen la división entre mercado legal e ilegal.

¿Cómo es ese salto de la legalidad a la ilegalidad?

Muchas veces, las armas que habían sido obtenidas legalmente, luego son robadas. A veces se regalan, o se prestan, o se venden a una persona que no calificaría para comprarla, y después el vendedor dice “me la robaron”. Por eso en Australia las reformas que hicimos incluyen el control de las ventas privadas. Si yo tengo un arma comprada legalmente y tú quieres comprarla, yo no te la puedo vender directamente. Tenemos que ir donde un armero, y el armero va a pedir los antecedentes penales, y va a estar involucrada la policía que tiene que hacerte la licencia. Entonces, tienes que sacar la licencia y después es el armero el que tiene que hacer la transferencia porque el armero es el que reporta a la policía la transferencia que se hizo. El gobierno siempre sabe dónde está el arma. También hay muchas armas en los arsenales de Estado que se usan en la delincuencia y por el mal manejo de la seguridad física de los arsenales, y por la corrupción o el mal comportamiento de los funcionarios esas armas salen de allí.

¿Habla de Guatemala o es a nivel mundial?

No sabemos con seguridad cómo pasa en Guatemala, hasta qué punto las armas del Estado están involucradas en el crimen, pero sabemos que a nivel mundial es muy común. En Brasil se han visto muchas armas del Estado involucradas en el crimen. En África también. Y tiene sentido porque en un arsenal del Estado, están amontonadas muchas armas, entonces a veces los que trabajan allí piensan: “bueno, si me llevo algunas, nadie se va a dar cuenta”. Como no hay sistemas de contabilidad, de controles, de monitoreo. Y también son robadas por otros.

Usted dice que el origen del arma siempre es legal, ¿es posible afirmar que toda la industria de producción de armas está controlada?

Sí, todas las fábricas. No hay fábricas ilegales de armas. Bueno, no conocemos de ninguna fábrica ilegal de armas. Hay armas hechizas, pero son pocas y son de una calidad dudosa. Las fábricas de armas están especialmente en Estados Unidos, en Brasil, en Israel, en Alemania, Italia, China, Rusia, muchos países. Están reguladas por el Estado, y a veces son fabricadas por el Estado mismo.

Representa un negocio para los Estados.

Sí. Y ellos deberían controlar, y si todos los países tuvieran controles que siguieran el recorrido de las armas, habría muchas menos armas que entran al mercado negro.

Usted expone que el negocio de las armas no es tan grande como se dice, habla de US$ 8.5mil millones ¿cómo obtienen estas cifras?, ¿si no es tan grande, cuáles son los intereses?

Las cifras son de Small Arms Survey , un centro de investigación en Ginebra que estudia el tema desde 2001. Claro, el negocio es mucho, pero en el contexto mundial, comparado con el resto… Vi en google el mercado de café es de 70mil millones de dólares. El punto es que el beneficio económico que pudiera haber es poco comparado con el daño que hace el producto. Entonces, la idea de que hay un beneficio económico para el país, por ejemplo en Guatemala no sabemos cuántas armas se venden, cuánto reciben los armeros, los impuestos del gobierno… pero el daño que se hace. Ojalá se pueda medir el daño que hacen esas armas, la ecuación es completamente desproporcionada al beneficio económico de la industria. Pero hay individuos que están en esos países, y que muchas veces están en posiciones de poder y se benefician. Lo que dice Carmen Rosa (de León Escribano, directora de Iepades) es que hay algunos diputados que son armeros, que importan y venden armas. El beneficio está para las personas que lo venden, no para la ciudadanía en general.

Es decir, los armeros corrompen el sistema…

Eso vemos en Estados Unidos, el lobby de las armas es gigantesco, es el lobby por un producto hecho especialmente para matar. Si fuera la corrupción fuera por la industria de la bicicleta, o de los libros no me molestaría tanto….

En ese caso, ¿Por qué no señalar con más énfasis que, además de las propuestas de desarme ciudadano o local, el problema es la producción y el comercio de esas armas?

Es verdad, la producción es un problema enorme. Y hay que hacer algo, pero los más grandes productores, que son Estados Unidos, China y Rusia, se resisten absolutamente a hacer algo. Y mientras tanto, los países afectados, los países recipientes de las armas, tienen que ver cómo pueden protegerse contra la violencia armada. Son imprescindibles las leyes. En Australia es muy difícil calificar para tener una pistola, y no se puede portar armas en lugares públicos. O en Canadá, que para solicitar un arma se pasa por un procedimiento de revisión muy profundo, te revisan los antecedentes penales, pero también le piden uopinión a tu pareja, o a tu ex pareja, al médico, por ejemplo.

Y esos controles tienen mucho sentido porque las personas son muy falibles. Traer un arma a casa, no es como un par de zapatos que solo me los pongo yo. Traer un arma a casa afecta la seguridad de todos en el hogar, y de hecho a toda la comunidad y, en conjunto, de todo el país. La portación de armas no es una decisión privada, las consecuencias son para todos.

Porque el tema de género también es importante. Los hombres son los que más quieren armas, y los que más aprietan el gatillo, y los que más mueren. Y las mujeres son las que sufren la violencia no letal, las amenazas en casa, la tensión de vivir siempre con el peligro de muerte, sabiendo que el hombre tiene esa arma. También las mujeres son las que tienen que hacer el trabajo emocional después que haya una muerte o una lesión en la familia. En la mayoría de países, los grupos de mujeres son la parte central del movimiento para el control de las armas. Los grupos de mujeres reconocen que el arma es un multiplicador de la capacidad de violencia masculina. Las armas hacen que esa capacidad se vuelva letal. El 51% de la población no ha sido tenida en cuenta en las políticas de vida y muerte. Parece increíble.

¿El 51 por ciento?

A las mujeres no se les toma en cuenta. Las posiciones de ellas no se reflejan para nada en las políticas de cómo tratar este producto que está hecho para matar. En parte porque hay pocas mujeres en la policía, poquísimas mujeres en la máquina militar, en todos los temas de seguridad no se incluyen.

¿Usted ve esa violencia masculina como una construcción social, cultural?

En sí, es una construcción social, la idea del macho violento, poderoso, individualista. Y la idea de los hombres como actores y las mujeres como objetos, o como mucho más pasivas. Y también está la idea del padre que protege a la familia que, claro, no es una cosa mala, pero combinando eso con la televisión y las películas, donde está el héroe que usa la violencia para lograr sus objetivos… Las mujeres tal vez se preocupan más de cuestiones de la vida, de los niños, de las otras personas. También las mujeres se benefician más y son las principales usuarias de los servicios sociales, de salud, de educación, y son las que sufren cuando un país pone tanta inversión de sus recursos en la maquinaria de seguridad.

También porque la maquinaria represiva es una fuente de empleo para los hombres. El país con menos violencia en Centro América es Nicaragua. Y en Nicaragua, además del control de armas, también han puesto un montón de mujeres en la policía, esto podría influir.

¿Realizaron una especie de sistema de cuotas en las instituciones de seguridad?

Es un impulso, a propósito, de poner mujeres en la policía y que las políticas de seguridad pública sean más en sintonía con las prioridades de las mujeres. En Nicaragua tienen todo un sistema de respuesta mucho más robusta a la violencia intrafamiliar. Tienen una especie de comisarías de policía específicas para violencia intrafamiliar. Y también, cuando se tiene más mujeres en las instituciones de seguridad, y hay estudios de las Naciones Unidas, se comprueba que se reduce la corrupción, no tienes ese mismo clima de violencia dentro de la fuerza de policía. Hay menos abusos dentro de la policía, y la policía abusa mucho menos de la población. Y cuando se reduce el abuso a la población, eso reduce la violencia porque crea un clima de respeto, un clima donde uno ve que el Estado me respeta a mí. Y yo, cuando soy respetado, estoy menos enfadado, entonces menos dispuesto a violar la ley, a cometer crímenes contra la sociedad. Yo creo que todos los países de América Central deberían estar mandando misiones a Nicaragua a ver la cuestión de mujeres en la policía.

Volvamos al triángulo norte, donde está el crimen organizado y las pandillas. La situación es más compleja.

Claro, sí, sí, sí. Es verdad, pero las pandillas… tengo la impresión que en Guatemala las pandillas no son tan organizadas como en El Salvador, por ejemplo. No tienen esa misma estructura que comanda. Pero sí, hay crimen organizado, y pandillas, y narcotráfico, y todo esto, pero eso es una razón más por la cual hay que tener control y por la cual hay que investigar el tráfico ilícito.

En su charla, el otro día, alguien mencionó los retenes de militares y policías en las carreteras de Guatemala. Usted sonrió y dijo: “ese tipo de acciones no funcionan”.

En esos operativos no se recuperaron armas. En la noticia de esa noche, sí se habían recuperado dos armas, pero no eran en los lugares donde tenían los retenes, eran en otras partes. Hay que tomar el equilibrio entre la posibilidad de recuperar armas y el daño que se hace al tejido social, y a la relación entre Estado y ciudadano. Esa es una acción que se hace durante una guerra. En un país que no está en guerra, el Estado debería poder desarrollar mecanismos y maneras de operar que no dañen tanto la confianza, que no hagan sentir a la comunidad que el Estado los está oprimiendo.

Claro, yo no soy guatemalteca, entonces no quiero imponer y decir: “ustedes deben ser como los australianos”. Pero, en principio, sabemos que la policía cuando actúa de una manera militarista, eso está en contra de los principios de la seguridad humana. El Estado debería fortalecer los derechos humanos, y las instituciones que apyan los derechos humanos. Y es que también vemos en muchos países, no sé si es el caso de Guatemala porque no tenemos información, pero sabemos que por ejemplo en Brasil, la violencia del Estado contra los ciudadanos es parte del problema, y que eso genera una actitud violenta, de parte de los jóvenes, especialmente. Entonces, como ellos no le importan al Estado, tampoco las otras personas les van a importar a ellos. Este tipo de estrategias, son el último recurso. Entonces, reducir el clima de violencia del Estado hacia la ciudadanía también es importante.

Alejandra Gutiérrez Valdizán

Written by

Periodista/editora (Guatemala). Cofundadora @AgenciaOcote. Investigación y narrativa, DDHH, justicia, memoria, ambiente, violencia, seguridad, política, medios.

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