Las palabras, mi ofrenda

Hay tanto qué decir sobre el día de muertos, desde distintas perspectivas. Podrìamos, por ejemplo, señalar la gestualidad que implica el montaje de una ofrenda: la elaboración de caminos de cempasúchil, de acerrìn; hacer dulces, moles, pan, tamales; encender el copal, las veladoras; colocar fotografías de los difuntos; esperar.


Le pondría una ofrenda a mi abuela, pero sé que no le gustaría, porque ella era cristiana. Sin embargo, yo pondría sobre la superficie de un altar improvisado la fotografía de su rostro; su dulce favorito: el jamoncillo de pepitas; su comida preferida: el mole rojo; lo que nunca pudo exiliar de su dieta baja en azúcar: el pan dulce y el champurrado de chocolate.

 Luego, mientras llega el alba, imaginaría o creería que viene, que está cerca. Meditaría en mis recuerdos sobre ella. Repasaría las palabras de su historia infantil, de sus tropiezos como madre, que marcaron a sus hijos y ellos, después, nos marcaron a nosotros; sus consejos antiguos; sus predicciones, que siempre me auguraron soledad.

Repasaría la imagen de su ùltimo gesto: su mano pidiéndome que la tapara, porque, como siempre, tenía frío. Nunca olvidó el calor de su tierra en el sur.