Carantoñas.

El olor en las manos a gominola de pereza.

Desaletargadas para tejer la seda de la bufanda con la que acabaremos colgándonos del techo.

El plan diseñado por masa gris, el instrumento de cuerda, pervertida, por el martilleo constante de desaceptaciones.

Que afina con aforismo acusador de la sentencia que juzga la poca o nula suerte del que hoy chupó banquillo.

Papel firmado con barro e indiferencia que sobró de deshacer con dinamita la estatua de una efigie de Palmira. Y las soluciones a bombas.

Sí, somos lo que comemos.

El vómito que regurgita a Mister Hyde cada noche.

El sonido de la palmada en la espalda del mediocre que encenderá mañana tu ordenador.

La media sonrisa que fantasea con enseñar los dientes a la yugular del chiste nacional.

El rugido del estómago del que vio a su cartera parir para quedarse vacía.

El discurso del optimista que hablaba, porque habla, de hilitos de plastilina mientras viejas gallegas se partían la espalda a dignidad mezclada con chapapote.

Y el alzhéimer temporal que forja la cadena de bosque brasileño desahuciado que envolvemos en sobres de ilusión electoral.

Nos las tragamos dobladas.

Y, a pesar de lavarnos los dientes cada mañana con fe en un combinado de productos cancerígenos.

A pesar de salir a perfumar el olor a mierda de nuestro portal sentimental,

A pesar de vender la intimidad por un puñado de me gustas,

A veces veo la carantoña y la sonrisa de después. Y paso consulta con Nietzsche,

pido que remate a dios y que se deje de gilipolleces y superhombres.

Y es entonces cuando, con rutina intermitente, clavo la rodillas por ti, humanidad.

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