No es vivir, es interpretar.

No es vivir, es interpretar.

El contoneo de tus manos si las llevas a,

la sonrisa que no está y se la espera.

La distancia del entreabierto de tus puertas,

o la focal de tu campo de miras o te callas.

La intensidad del ruido de tacones por,

la victoria en la carrera de sus medias.

El matiz de la indirecta.

El siempre de menos en el tubo de una copa,

contra los siempre de más-ex.

El grado de humildad en la falsa modestia,

o la aparición con alevosía

del desvelo por ausencia.

La tipografía de un permiso de resistencia

al desorden de las camas por hacer.

El perímetro de culpabilidad tratado con

ludopatía al muerdelengua.

El paseo hasta tu puerta

y no alcanzar el timbre.

Un ramo de novia el 1 de noviembre,

tiroteado por el hombre que mató a Liberty Balance.

El baile del humo de un revolver,

del que salió bala perdida.

El aliento a la locura de Antonio Vegas,

el ‘salitre’ que arranque de cuajo la pena,

y una resaca en lo alto del Mondúber.

No es vivir, es interpretar,

la obra maestra del demonio,

escrita en notas desordenadas,

que se ordenan en el espejo.

Y yo empeñado en cerrar los ojos.