Arquilientes | “La arquitectura del Cliente”

Duermo a mi hija de un año y medio y, un poco enamorado y sabiendo que me va a costar dejarla en la cuna, la entrego al sueño para verla recién al otro dia. Saludo a mi compañera de vida, y me voy a la cocina para hacer el menor ruido posible, y esquivar la posibilidad de enfrentar el peligro mortal de despertarlas. Eso sería un gran problema.
Todos los relojes marcan la una. El del celular, el de la computadora, el del canal de noticias que me dice, amablemente, como va a estar mañana el clima que me va a despertar.
Pese a su amabilidad, su ciclo termina. Pero mi noche recién arranca.
Es la última luz en apagarse, para que solo quede encendida la lámpara colgada sobre la mesa, un poco descentrada, porque no tuve la suerte económica de pagarle al electricista para que la centrara. La colocamos con mi pareja, subidos a una silla de plástico, de esas que se rompen con facilidad. Aunque Soledad (no me gustan los sustantivos para las personas, sepan entenderme) soltó ese comentario, que al principio dolió, pero luego fue una verdad:
“Si aguantan tus 100 kilos, ¡Tan fácil no se rompe!”
Y fue verdad, ¡Aguanto!. Pero a la semana se rompió. Era su destino.

Y creo como era el mío. Leer y encontrarme con Toyo Ito en “Escritos”, su libro recopilatorio de textos a lo largo de su vida personal y profesional. Un libro que no esperaba, dejándome llevar por una mirada peyorativa e inexperta sobre “arquitectos escribiendo” y llegó en el momento justo para rellenar algunas grietas personales.
Además de ser un libro seductor, personal, interesante y atrapante, tuvo la virtud de insertar una idea para que quedara rebotando desde el primer capítulo, al último.
Y se que no fue un sueño, porque no estamos en “Inception”. Ademas lo se porque no soy Leonardo Di Caprio, sino la vida seria muy distinta, eso lo se.
No fue un sueño, fue una idea encapsulada en una pregunta. Toyo Ito logró insertar una pregunta que me obligó a revisitar cada línea que leía, y recordarla, para ir y volver sobre ella, volviendome un poco (más) loco. Y esa pregunta se formulaba, y mutaba, a medida que el libro presentaba más testimonios y momentos personales en su vida.

Solo, sentado en la mesa de la cocina, de noche, viendo mi casa vacía, en silencio, con el desorden de un dia como cualquier otro, que me mira impaciente por ser acomodado, y casi llegando al nirvana, como si hubiese descubierto algo que Sherlock Holmes no, empiezo a murmurar;
“Claro… esto es… esto nos pasa a…-”
Y un llanto me gravita nuevamente a este plano, para hacerme correr a la habitación, y levantar a mi hija para que dejara de llorar, y sole no se despierte. Y mientras la hamaco, encontrando la tranquilidad de un padre intranquilo, la pregunta vuelve…
“Claro… esto es… esto nos pasa a todos… no podemos escapar. En algún momento nos vamos a encontrar. El y yo. Y me preguntaba…
¿Que puede pasar cuando el Arquitecto… es el cliente?”

“Y, ¿CUANTO TE FALTA? | “Cuando soy el estudiante”
“Al igual que una tela cambia de forma al soplar el viento, me parece que la arquitectura que no hace sentir apenas su forma, es la que menos te condiciona para la vida de hoy en día. Por eso, cuando una vez vino un grupo de estudiantes a ver mi casa, me puse a extender la tela sobre el patio, y al observarlo una de las estudiantes exclamó: “¡Oh, parece que estemos en un yate!”. Para mí fue un momento de gran alegría, como nunca antes había tenido.
Toyo Ito en “Escritos”
En muchos pasajes de “Escritos”, Toyo Ito se mueve entre la figura del estudiante de arquitectura, y del arquitecto ya practicante, para poder yuxtaponer ideas y seguir avanzando. Esto le sirve para articular conceptos en la estructuración lineal de su teoría.
En este juego dialéctico que el propone, toca problemáticas reales del mundo del estudiante, como por ejemplo en el texto citado. En donde habla y propone un acercamiento intuitivo del estudiante, despojado de preconceptos e ideas preconcebidas, en donde el acercamiento a las ideas es emocional y hasta subjetivo.
Pero esto provoca en Toyo Ito una gran emoción. Y esa emoción deviene también de poder encontrar en ese pensamiento, algo que él, en el camino, perdió. Es una alegría genuina por encontrarlo y exclamar al cielo “¡Claro, estaba allí! Como no me di cuenta antes…”.

Y aquí es donde nace una de las primeras complejidades como arquitecto, quizás la más difícil de abordar y afrontar. Y es hacia allí a donde apunta toda esta reflexión. A las relaciones que propone la profesión. En este caso, la del estudiante y el arquitecto consolidado, siendo uno mismo, dialogando continuamente entre pasado y presente.
¿Como abordamos la formación de emociones, de ideas y conceptos nuevos, y como nos apropiamos de ellas? Algo que va a ser vital, como ejemplifica Toyo Iyo, para desempolvarlas en un futuro emocionados por haberlas encontrado nuevamente, o para que, simple y tristemente, queden enterradas para siempre.
Y esto me lleva a pensar en la cantidad de veces que en la facultad tratamos de complejizar sobre los dilemas que plantea el hacer. La cantidad de teorías conspirativas que existen en el “cómo ejercer” luego de terminar (virtualmente) la etapa estudiantil para convertirnos en profesionales, es abrumadora. Y es algo que la facultad no toca como materia.
¿Como es hacer? ¿Con quiénes te vas a encontrar? ¿Que les tenes que decir y como para persuadirlos?
Es una duda quejosa que me despertó Toyo Iyo con sus sutilezas. Una protesta invisible que siempre estuvo allí y que, cada tanto, según los estímulos, despierta rebelde para levantar los estandartes. Pero la facultad me dejó sin herramientas para tomar la bastilla.

“MAMA, ¡YA ME RECIBÍ!” | “Cuando es la familia”
“Cayó la primera gran nevada, y justo inmediatamente después de que se hubieran montado los armazones, tuve la noticia del fallecimiento repentino de mi madre. A la avanzada edad de 81 años, fue una muerte natural, como los árboles y plantas marchitas que vuelven a la tierra; pero como ella estaba muy ilusionada con la terminación de la obra y contemplaba cada día los planos, todavía hoy me duele el corazón cuando entro en el cuarto de estilo japonés preparado para ella.”
Toyo Ito en “Escritos”
Parece ser que el colchón de práctica de todo arquitecto que recién se recibe, o cuando se encuentra con baches profesionales, es la familia. Recurrimos a los salvavidas morales que, con miedo, dicen “Si, dale”.
Y así lo hace Toyo Ito, constantemente revisitando la necesidad de construir en su madre, la idea de un cliente al que conoce, y se siente cercano. Y seguramente, porque ninguna madre podría decirle no a su hijo ante la necesidad inmediata que expresaba Toyo Ito en su pedido.
Pero lo más interesante de esta situacion, es que la relación entre “cliente que es familia” y arquitecto, no se da desde una postura completamente académica. Sino que Toyo ito decide aplicar parcialmente su teoría, para construir un lugar para su madre. Un lugar. No una casa, una habitación. Un lugar.
Entendiendo quien es ella, desde la fibra mas intima, podía interpretar a la perfección como jugar con los elementos, para lograr que ese tembloroso “Si Dale”, se convirtiese en un sincero…
“Gracias hijo”.

Terminar de estudiar se debe sentir como abandonar un capullo. Un capullo que sirve para resguardarnos de la realidad, y desarrollarnos con seguridad. Pero una vez rota esa fina membrana, nos encontramos con lo que verdaderamente el todo, es.
Una facultad que se siente lejana al instante, que nos deja desnudos ante nuestras inseguridades más violentas, ya sea en una obra, o a la hora de llenar una hoja en blanco. Una facultad que nos suelta automáticamente la mano con la entrega de la última firma en la libreta, para que la realidad profesional nos tire frenéticamente hacia ella.
En ese ciclo de nuevas inseguridades, el primer sustento y nido, es la vuelta a casa. La familia. Los primeros proyectos y encontronazos con la realidad, se dan con el baño de la tía, con el quincho del abuelo, o con la reforma del piso de la cocina de tu mama. Aunque no todo es color de rosa.
En este proceso nos enemistaremos, cuestionaran a toda la profesion, a nuestros seis (o mas) años de estudios, nos dirigirán frases muy duras, que nos harán tambalear mas de una vez y nos harán preguntarnos “Para que me meti en esto”. Pero bueno, ya sabemos que… Lo primero es la familia.

“NO SOS VOS, SOY YO”| “Cuando no quiero al cliente”
“Últimamente llegan encargos de obras que se espera que duren tan sólo dos o tres años. En la mayoría de los casos, los clientes de este tipo de obras son promotores que negocian con el suelo, y muchas veces interviene un promotor que coordina el proyecto con el arquitecto. Una parte del suelo destinado para la remodelación a gran escala, en tanto se reúnen las parcelas necesarias para ello, se destina a la construcción de edificios provisionales como discotecas o restaurantes, y con ello se intenta sufragar los intereses.”
Toyo Ito en “Escritos”
Colérico por momentos, Toyo Ito describe situaciones comerciales que hicieron, en el Tokio desarrollista de ese momento, que la arquitectura perdiera el eje sobre la importancia de la construcción de una ciudad, según ciertos lineamientos que el se encarga de desarrollar a lo largo de todo el libro. Va y viene, vagamente, para que no parezca un manifiesto, entre conceptos de los “promotores” y los “clientes” que se encargaban de administrar el suelo irresponsablemente.
Esta irresponsabilidad deviene de la utilización efímera del lugar y la infraestructura a ser instalada. Y automáticamente se establece el vínculo entre la especulación inmobiliaria, y la realidad que a Toyo Ito le tocaba enfrentar, ya como un arquitecto consolidado.
Seguramente no fue fácil, y no lo es hoy en dia, sufrir los embates de una profesión que es cada vez más una industria a servicio de intereses que son difíciles de descifrar, simplemente, porque no somos parte de los hilos que tejen esos telones, que caen por sobre la realidad, en una gran obra teatral que, sin quererlo, muchas veces, somos el actor principal.

Decir no. Es difícil en la vida personal, imaginémonos ese proceso de negación en la vida laboral, donde nuestro sustento (y quizás el de personas amadas) depende del “Si”, obsecuente y obediente.
Pero el momento en el que llega el No, ese tan ansiado y justificado “NO”, es un momento para recordar. Un momento que podría estar colgado en la pared junto al título enmarcado, con la fecha, el lugar y a quien fue dirigido.
El momento en el que no queremos a ese cliente. Lo sabemos, lo intuimos, pero cuando llega el motivo, tenemos las armas necesarias para levantar los estandartes y decirlo con franqueza y sin ninguna sutileza. “No lo voy a hacer, fue un gusto”. Una victoria consagrada, con el olor de alguna mañana.
Yo recuerdo mi no. Llegue de unas ansiadas y merecidas vacaciones. A las 7 de la mañana, y entraba a las 8. Un sin fin de rios sentimentales se cruzaron en la vertiente, y se empezaron a formar las palabras que necesitaba, sentía y ansiaba. Entre, dejé la mochila, y lo primero que hice fue tocar una puerta, entras sin mucha prisa y decirles… “Disculpenme, pero no puedo seguir.”

“EL DESAFÍO DEL YO”| “Cuando soy cliente”
“¿Cómo puedo superar la circunstancia de ser al mismo tiempo la persona que hace una vivienda y la persona que va a habitarla? Como he dicho al principio, no fue un problema que se origina porque se tratara, por casualidad, de mi propia casa, sino que ha sido algo que siempre ha existido, y de forma importante, en mi forma de proyectar durante los últimos 3 años. Puede ser que este problema sea una paradoja que no tenga solución para los arquitectos contemporáneos; pero creo que no tendría sentido crear obras arquitectónicas si no superáramos esta condición. ”
Toyo Ito en “Escritos”
En este fragmento, fue cuando Toyo Ito me encontró desprevenido. Me clavo un párrafo en la mente como una aguja invisible, y se quedaría ahí hasta poder desprenderse y colocarlo aquí, en este intento de texto, equivoco, pero sincero.
Humanizando a más no poder, y llevándolo a los terrenos más coloquiales que podríamos imaginar para un texto sobre teoría arquitectónica, Toyo Ito deja caer su velo, y nos cuenta uno de sus mayores problemas a la hora de proyectar. “¿Que pasa cuando el diseñador, es el habitante?”.

Intente recorrer el libro en busca de una respuesta blanquinegrista, pero solo encontre mas y mas grises. Algo que era de esperarse ante la complejidad de la pregunta, y el sinfín de respuestas válidas que puede tener esa pregunta.
Pero encontré una perversa tranquilidad en este planteo;
“Si le paso a Toyo Ito, no estoy tan mal”.
Tuve que detener la lectura y escribir al pie de la página del libro “Escritos” todo lo que sentía. Anécdotas que recordé mientras hacia mi casa. Discusiones con Sole, sobre materiales, lugares, ventanas. El patio, el lavadero, donde colgamos la ropa. Y luego, lo interno. “¿Esto esta bien aca? LeCorbusier me diría que no”.
Toda la carga teórico práctica que aprendimos en la facultad se ve puesta a prueba, ante el cliente más difícil. Uno mismo.

Y esto me hizo pensar, una vez más, en todo lo que se siente al diseñarte tu casa y luego vivirla. Convivir diariamente con la necesidad de cambiar todo, y comenzar nuevamente el proceso, un pensamiento que, al recordarlo, te quedas con lo que hay.
Las variables parecen ser las que definen el camino más práctico o “sencillo” a la hora de proyectar tu morada y construirla. Pero no por una cuestión de corrección ante la arquitectura, sino ante lo práctico y factible. Y ahí es cuando “La realidad” se transforma en un factor fundamental para el proyectar. Variables económicas, tiempos, familia, los gremios, el tiempo y el dinero.
Las condicionantes, externas e internas, terminan siendo necesarias para armar una ecuacion virtual, que dara como resultado un hogar.
Pero no fue lo más importante. Y no lo es. A la hora de diseñar tu lugar, pensas, como debe ser, en situaciones. La arquitectura es el sostén material para los recuerdos y momentos que uno va a atesorar el resto de su vida.
La arquitectura es el medio por el cual interprete mis deseos más profundos, y materialize en el mejor intento que supe, el espacio para que eso suceda. Y así fue.

Recuerdo en un momento, cuando había muy poco de la obra, y, orgulloso invite a toda mi familia, y la familia de sole, a ver los progresos. Mi emoción era notable. Solo alguien que se dedica a esto entiende lo difícil que es materializar en una de las prácticas más artesanales que quedan en el mundo. Contrapiso, muros portantes y la columna principal, el sostén de todo ese lugar.
Era un niño, tratando de explicar sin titubear ni sonreír, que era lo que estábamos haciendo, a dónde íbamos a mirar, donde nos íbamos a sentar. La emoción no era compartida por todos, pero no me importaba, porque la persona que mas quiero me propuso lo inimaginable;
“¡Saquémonos una foto abrazandonos a la columna!”

Y sin disimular la emoción, me abraze con ella a la arquitectura, y al primer momento que nuestra casa, nos regaló.
Muchas Gracias.
