Dos estatuas en dos extremos

¿Vio Avatar, el filme de James Cameron? Si la respuesta es sí, entonces ya sabe algo de la vida del español Gonzalo Guerrero. Vaya, más allá de los contextos en los que ocurren, hay una similitud esencial entre ambas historias: dos hombres que provienen de civilizaciones más avanzadas — en un sentido tecnológico — caen rendidos por el corazón ante pueblos más primitivos en apariencia. Por supuesto, ambos también terminan defendiendo lo que han aprendido a amar.

¿No ha visto Avatar? Está palomera y tremendamente larga, por si se le ofrece en alguna noche de insomnio. No obstante, si lo que quiere es entender mejor al Padre del Mestizaje — nada más y nada menos — entonces le recomiendo la novela Gonzalo del escritor Eugenio Aguirre.

Como ya se imaginará, la obra narra lo que dicen todos los libros de historia: tras naufragar junto con Jerónimo de Aguilar y otros, recala en las playas de Quintana Roo. Prisionero rumbo a la muerte y luego esclavo, sus conocimiento militares le permiten ascender en la escala social. Se casa, tiene hijos. Su suegro es el Halach Uinik. Sin duda, como capitán de guerra, retrasa muchísimo la conquista de la Península. Entrena a cientos para matar españoles, y de hecho, muere combatiéndolos en Honduras, muy lejos de las costas que lo vieron hacerse maya.

Aunque las primeras páginas estén cargadas de un estilo barroco y espeso, la novela vale la pena por narrar con maestría lo ya contado en el párrafo anterior. Ciertamente, a pesar de ser novela histórica, uno nunca sabe cuando ya está encaramado en el caballo de la ficción. La verdad no importa, sobre todo cuando nos metemos en la cabeza de un soldado español que vive, con tremenda angustia, una aculturación que lo lleva a permitir incluso el sacrificio de una hija a causa de un plaga de langostas.

A estas alturas, le confieso que no pretendía una crítica literaria, aunque ya me salió una casi sin querer. Lo que realmente pretendía era plasmar una reflexión que no viene a cuento para nada, pero que se me vino a la cabeza mientras hacía el alto frente a la estatua de los Montejo que está en el Remate: ¿realmente merecen estar allí?

La polémica ya es vieja. Un servidor, en un principio, estuvo de acuerdo con la iniciativa, apoyada, según recuerdo, por el cronista Juan Francisco Peón Ancona. Pensaba — y sigo pensando a medias — que rasgarse las vestiduras con acontecimientos como el 12 de octubre o el levantamiento de una estatua de los fundadores de esta ciudad es un poco escupir para arriba.

Incluso escribí hace años que había que juzgar a los Montejo desde su visión y contexto: integrantes de un imperio transcontinental, ávido de gloria tras años de opresión e ignorante en su fanatismo religioso. No los justifiqué, pero traté de entenderlos.

No obstante, el libro de Aguirre me deja otra visión: la angustia de Guerrero ante la codicia hispana, la obsesión por acabarlos antes de que ellos acabasen con todo. Así, ¿puede entenderse la ceguera española ante la destrucción provocada a causa de la religión? Creo que ése tampoco es argumento: allí está Bartolomé de las Casas, contemporáneo suyo, para confirmar que, incluso en esos tiempos de bárbaros, había religiosos con la lucidez suficiente para entender que los atropellos aquellos no podían venir de la voluntad de Dios.

Alguna vez platiqué con un maestro sobre esto y le espeté lo dicho anteriormente: “Criticar a los Montejo es escupir para arriba”. Mi profesor, que verdaderamente se conoce todo México, me contestó algo esclarecedor: “Puede ser, pero aguas, somos de las pocas ciudades que se llenan la boca de flores cuando repiten los nombres de quienes los conquistaron”.

Y ahí la dejo, sin decidirme a superar el trauma que ni siquiera me tocó vivir, pero que se sigue atestiguando a partir de la historia. Dejen la estatua donde está, pero que jamás se olvide el precio que otros pagaron para que pudiésemos estar aquí.

Dicho esto sobran razones para entender que, de saberse eregido allá por la Gran Plaza, Gonzalo Guerrero está feliz al otro extremo de Francisco de Montejo, lejos del Adelantado.

    Alejandro Fitzmaurice

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    Profesor, aprendiz de columnista y cometortas de asado.