Los malditos fuereños

Si algo se aprende de Mario Benedetti — ríanse, intelectuales — es que dejar el hogar es un acto traumático. Estoy pensando, por ejemplo, en “Primavera con esquina rota”, la genial novela a cuatro voces que explora las heridas que las dictaduras y el exilio abren para siempre.

Ciertamente, al menos a la fecha, estamos lejos de los escenarios que el escritor uruguayo propone en su obra. No obstante, tal y como empezamos a atestiguar, no sólo la persecución política puede generar distancias entre uno y el lugar en el que nació: el desempleo, la inseguridad y el hambre también dejan cicatrices. Así, la huida del terruño no es deseada, pero sí buscada con necesidad. No hay gozos ni sonrisas. Es, sencillamente, un viaje que se asume rumbo a la incertidumbre, una triste promesa.

Por supuesto, escribo lo anterior en torno a las llamadas limpias de foráneos que habitantes de Dzilam González y Dzilam de Bravo exigen ante el incremento de la inseguridad en sus localidades, así como por la depredación de especies marinas.

Los culpables, en ambos hechos, no se han hecho esperar. Era incluso previsible: fueron los de fuera, los malditos fuereños. De verdad, nomás me ha faltado leer el “pinches huaches” en las notas.

En este punto, además de aclarar mis credenciales como yucateco desde mi nacimiento, hace 36 años en esta ciudad capital, quería arrancarme con el rollo de la importancia de tener memoria para recordar que, en el pasado, nuestros bisabuelos fueron los extranjeros, los fuereños pues. Sin embargo, eso ya es pensar con demasiada ingenuidad.

La verdad es otra: querer sacar a patadas a un mexicano de cualquier lugar de esta nación es anticonstitucional y punto. Así, ¿por qué se solicita lo que debiera rechazarse? ¿Y si en lugar de marchar hacia los palacios de alcaldes rebasados a exigir expulsiones, se exigiera la activación de una vigilancia policial más efectiva? ¿No era ése el objetivo de Escudo Yucatán? Hay que actuar desde la ley, no por encima de ella.

Ahora bien, ¿no nos gustan nuestras autoridades? Entonces no habría que votar por los mismos todo el tiempo, porque a estas alturas las tortas, las gallinas o los 500 pesos recibidos por la credencial de elector no van a resolver el problema.

De vuelta al tema, no se quede con la idea de que le ando colgando aureolas a las personas foráneas que radican en Yucatán, a quienes — como expresé al principio — debieron buscar otros sitios para empezar de nuevo. Sencillamente, no me trago que en la vida hayan buenos o malos. Somos nuestras circunstancias con tremenda frecuencia.

Así, es posible que algunos foráneos sean los autores de los recientes delitos, pero no somos jueces para asegurarlo ni debiéramos organizar razias convencidos de que el enemigo siempre es el diferente.

Yo no celebro asaltos ni agresiones. Quiero que se castiguen, pero que no se pierda la civilidad. Que impere la razón sobre esa cruz nuestra que se llama xenofobia.

La voz del pueblo no siempre es la voz de Dios.

    Alejandro Fitzmaurice

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    Profesor, aprendiz de columnista y cometortas de asado.