Nostalgia por Momo en Montejo (no te enojes, papá)

El malhumor de don Juan Fitzmaurice aumentaba gradualmente con la cercanía del Carnaval. No era para menos. Como vecinos de Itzimná de toda la vida viviendo a la vuelta del Monumento a la Bandera, la llegada de Momo implicaba, para toda la familia, una batalla de resistencia contra teporochitos que orinaban en el garage, gandallas que querían estacionarse en la entrada de la cochera y choferes como profetas pregonando el tiempo de la carne sobre camionetas con bocinas que rompieron más de un tímpano con las canciones de moda.

Ciertamente, combatí con mi papá algunos de esos abusos, aunque trataba de tomarlo con buena cara y mejor humor, entendiendo que aquél era un viacrucis bastante ligero que se quedaba atrás cuando iba a entregarme, en cuerpo y alma, a la fiesta que se concentraba en el corazón del Paseo de Montejo.

Por eso, aunque nunca se lo dije, sé que siempre me consideró una suerte de traidor cuando yo me alistaba para salir a la caza de bandas locales que tocaran buen rock entre los bancos y las casonas viejas.

“¿A dónde vas?” — me preguntaba . “Pues al Carnaval” — le respondía y me iba rápido sin poder evitar escuchar como chasqueaba la boca y resoplaba enojado en la cama, buscando consuelo contra esos días malos cambiando el canal en la televisión. Que yo recuerde, acaso una o dos veces fue a ver el desfile para regresar con un humor de perro de taller mecánico. Sencillamente, no le gustaba y sigue sin gustarle la bulla que otros gozamos.

Escribo esto y casi me cuesta recordar los ríos de gente en Montejo, el olor a cuerpos sudados, fritangas y cerveza derramada en las calles. Así, entiendo que mandar el Carnaval a Xmatkuil, donde no hay flores, casas ni monumentos que cuidar, fue la decisión más sensata.

No obstante, sería necio no reconocer que algo se perdió cuando Renán Barrera le cambió la sede al dios de la locura.

De entrada, se acentuó esa división entre sur y norte que ha marcado siempre a Mérida, pues, al menos hasta donde entiendo, Progreso es ahora el destino por el que muchos “norteños” han optado. Algunos argumentan la distancia hasta la Feria y les creo, pero me es inevitable sospechar de la pureza de sus razones cuando, en noviembre, no hay lejanía que los frene.

Pero no quiero parecer un hipócrita. Admito también que dejé de ir al Carnaval como hace años opté por no pisar Xmatkuil. De tal palo, tal astilla. No hay refrán perdido: sé que estoy terminando por parecerme al viejo que adoro alejándome del relajo y prefiriendo, sin ningún remordimiento, salir a carretera en busca de cenotes secretos con mi mujer y mis dos hijos.

No obstante, lo que queda del Alejandro que bailaba slam sin camisa hace casi 20 años, me obliga a escribir estas nostalgias, a riesgo de que mi papá las lea y me lleve de la oreja a la estufa a quemar esta página, lo cual, sin duda alguna, será una buena forma de honrar, por última vez, a Momo, que tanta satisfacciones me dio a los 17 años.

Alejandro Fitzmaurice

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Profesor, aprendiz de columnista y cometortas de asado.