¿Vamos al OROXXO?

Si usted ya conoce la historia del OROXXO, sáltese, por favor, tres párrafos, sino continúe leyendo por favor.

Lo que viene a continuación no es broma ni cuento: un señor, en acuerdo con grupo Femsa, metió un Oxxo a la galería de Kurimanzutto, en la ciudad de México, y les pegó (o eso creo porque no he ido ni creo poder ir) figuritas de triángulos formando círculos o círculos nomás de diferentes colores a algunos productos de la tienda. A esta acción se le llama intervención.

La cosa es que esta obra, autoría del renombrado artista Gabriel Orozco —el señor del párrafo inicial — generó una polémica estética como pocas. De hecho, hasta apodo le clavaron: el ‘OROXXO’. Sí, como lo leyó.

“Órale, Alejandro. Chido tu cotorreo. ¿Y eso es arte o estupidez?”. Bueno, eso es precisamente lo que se está discutiendo y es el asunto en el que voy a meter mi cuchara sin ser crítico de arte. Mero lector de Facebook nomás y a mucha honra.

Por un lado, está toda la tesis del artista, de la cual supe a partir de un comunicado de prensa de Kurimanzutto. Cito un fragmento: “OROXXO le ofrece a Orozco un espacio nuevo para explorar la fenomenología de sistemas y estructuras que permiten las relaciones y el ejercicio de la entidad privada e individual, algo que se consigue a través de un marcaje topográfico de objetos del supermercado, aparentemente banales”.

La verdad yo tampoco lo entendí muy bien, pero esencialmente, lo que Orozco busca con esta obra es reflexionar sobre cómo el arte se vuelve mercancía, aunque lo estoy simplificando mucho. Hay más rollo en la propuesta y vale la pena revisarla bien antes de atacar a la yugular del mexicano.

Como sea, el chiste es que tú puedes ir al “OROXXO” y comprar lo que quieras — hasta chelas al parecer — , pero si algún producto está “intervenido” tiene otro precio: 15 mil dólares que, de acuerdo a la explicación que leí en el New York Times, podrá ir bajando hasta 60 morlacos gringos ya hacia el final de la exposición, que concluye el 16 de marzo.

Por supuesto, por el otro lado, están los detractores que no bajan al artista de pobre diablo farol. De hecho, hace unos días, se armó un borlote por una chica que, enojada o indignada por la propuesta orozquiana, se robó del “OROXXO” un Whiskas intervenido en un acto de performance (acción artística para provocar asombro) para reconvertir el objeto artístico otra vez en comida para gatos. De hecho, la entrevistaron y hasta mostraron las fotos de su gato comiéndose el botín. El minino, por cierto, está bien bonito.

A estas alturas, la verdad, ya me siento un poco perdido con casos así y creo que los artistas también. El problema radica, considero, en el voluntad transgresora que el arte debe poseer. De hecho, la diferencia entre artesanía y arte, al menos para mí, radica en que la primera suele repetir enseñanzas ancestrales para elaborar objetos bellos y valiosos, por supuesto, pero con pocas variaciones, y por ende, con escasa originalidad, algo que el arte no puede permitirse.

En ese sentido, si se revisa un poco de la historia de las artes visuales — la pintura, por ejemplo — se puede entender como cada nueva generación o corriente de artistas visuales propone un nuevo discurso para expresar lo de siempre. Admiran o rechazan lo que otros hicieron antes, pero no cejan en la búsqueda por hallar recursos, estilos diferentes.

No obstante, desde que Marcel Duchamp estableció que prácticamente cualquier cosa podía ser arte en 1917, cuando expuso un urinario en el museo, esa voluntad transgresora se ha vuelto hasta peligrosa, sino acuérdense de Habacuc, el artista que mató de hambre a un perro de la calle por probar algún rollo sobre la indiferencia del espectador y el discurso de la apatía, bla, bla, bla.

Obras así — piedras gigantes y cubetas llenas de agua en museos, así como tiendas de autoservicio en galerías — son los acicates para la gran crítica que se sigue emitiendo en torno al arte conceptual: ésas son estupideces, no es arte, puesto que éste debe implicar, entre otras cosas, un gran dominio de la técnica, como si todavía viviéramos en el Renacimiento.

“Entonces, ¿te gusta el “OROXXO”?”. Permítame dejarlo clarísimo: no. Me parece que es una banalidad, aunque si algo me dejó el privilegio de haber sido profesor en una escuela de artes, es que hay que permitir estas expresiones para que el arte siga su camino.

¿Estamos perdidos? Claramente, pero la originalidad hay que buscarla en todas partes, siempre y cuando, no se viole la legalidad o normas ética básicas (acuérdense del primer capítulo de ‘Black Mirror’).

En conclusión, el “OROXXO” es una parada necesaria en esta búsqueda que, considero, debe orientarse a la virtualidad, al internet pues, pero eso ya es asunto de los artistas.

Un servidor, como el columnista chafa que es, se da por bien servido con cuadrada literatura y cine ñoño los fines de semana.

Aún puedo vivir sin arte conceptual.