Cómo pasar un perfume de más de 100ml por un aeropuerto

Una vez que volví de Los Angeles, después de hacer el check in en el aeropuerto fui al security que quedaba dos pisos arriba. Hice la cola y pasé el bolso por la cinta. Uno de seguridad me llamó, abrió mi bolso, abrió mi necessaire y me dijo que no podía llevar mi perfume porque era de 125ml. Pero si está por la mitad el perfume! Si, pero el envase es de 125ml y el máximo es 100ml. Pero no entiendo, está por la mitad, debe haber 65ml ahí, dije. Pero el envase es de 125ml, me dijo. Y agregó, lo importante no es el contenido si no el continente. No había mucho que entender tampoco, no se podía y listo. Me dijo que vaya a despacharlo, que todavía había tiempo.

Bajé dos pisos a donde se hacía el check in, llegué al puesto de Mexicana. Me atendió la misma chica con la que había despachado las valijas antes, vi el odio otra vez en su mirada, sospeché que era por ser argentino. Hola, sí, mirá… me dijeron que no puedo volar con este perfume. Lo podría despachar? le pregunté. Si, claro, me contestó. Abrí mi equipaje de mano y empecé a revolver a ver donde tenía una mochila o algo para meterlo, hice un poco de despliegue en el piso. Encontré una mochila, lo metí ahí y se lo entregué a la chica. Ya cerramos el check in caballero, me dijo. Pero si hace dos minutos te pregunté si podía despachar el perfume! Sí, hace dos minutos estaba abierto pero ahora ya cerramos. Y para qué me dijiste… bue, la conversación no tenía mucho sentido. Guardé de nuevo todo el despliegue en el equipaje de mano y salí corriendo dos pisos para arriba para pasar de nuevo por el security.

Para hacer más rápido tomé el ascensor. Subí y apreté el 2. Empezó a subir pero se frenó en el EP. Las puertas se abrieron y no había nadie. Esperé a que las puertas se cierren pero las puertas seguían abiertas, no se cerraban, empecé a apretar todos los botones pero nada. Salí del ascensor buscando las escaleras. No había escaleras. El EP era un gran salón con oficinas todas cerradas con llave, todo pintaba en desuso. Me puse a caminar, buscar la salida. Volví para el ascensor, pero ya se había ido. Me desesperé un poco, empecé a llamar el ascensor de nuevo, transpirando y cinco minutos después se abrieron de vuelta sus puertas. El ascensor traía un par de personas, traté de disimular que estaba bañado en sudor de los nervios, bastante despeinado por las corridas y se ve que con algo me había lastimado una uña y me sangraba. Good afternoon, dije, nadie contestó. El ascensor volvió abajo. Tomé las escaleras.

Segundo piso otra vez. Tenía que pensar qué hacer, si no iba a repetir la misma escena en el security una vez más. Por suerte tenía uno de esos pantalones cargo que tienen bolsillos a la altura de las rodillas, metí el perfume ahí. Hice la cola, pasé mi bolso por la cinta y yo pasé por el arco magnético. El tipo de seguridad me pasó el coso ese para detectar metales, me estaba recorriendo el cuerpo, los brazos, el pecho, la espalda y una pierna, la otra pierna. Cuando pasó por el perfume el aparatito empezó a sonar. Cagamos, otra vez. El chabón me metió la mano en el bolsillo y sacó el perfume. Pero no te dije antes que no se puede subir al avión con esto? Si, tenés razón, le dije, voy a despacharlo y vuelvo. El tipo me miró con fastidio.

Estaba en el mismo lugar que antes. Ya un poco más agitado. Un oficial chino, viejo y petiso que me acompañó al pasillo para volver a salir con la mejor onda me tiró un centro. Lo que pasa es que el perfume ese tiene una tapita que seguramente es de metal, por eso es que suena. Ja, gracias, le dije. Volví a salir, me alejé un poco de la entrada del security, agarré el perfume, le saqué la tapita y la guardé en el bolso de mano, el perfume me lo volví a guardar en el pantalón en el mismo bolsillo que antes. Era un quemo, la tercera vez que pasaba por el mismo lugar. No sé cómo no me metieron preso directamente. Volví a hacer la cola. Pasé mi bolso por la cinta y pasé yo por el arco magnético. Me pasaron el detector de metales y dicho y hecho, el perfume ya no sonó. Me estaban llamando por el altoparlante, última llamada para mí. Me subí a un colectivo que me llevaba al avión y en el camino me di cuenta que un reloj swatch con la estrella roja comunista, herencia de mi abuelo, junto con unos anteojos negros me habían quedado en la cinta de rayos X. Eso junto con mi estado general y mi uña que todavía sangraba eran el precio de mi obstinación.

Pero el perfume, que era lo que ellos querían que yo deje, lo llevaba conmigo.

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