Propina

Cuando tenía diez años, viajamos a Estados Unidos con mi primo Javi, mi primo político y gran amigo. Mi tía y Oscar en ese entonces vivían cerca de lo de mi viejo en Los Angeles, así que era un viaje de reencuentro familiar.

Nuestras madres nos dejaron en el aeropuerto, viajábamos solos, era una aventura. Subimos al avión y enseguida conquistamos a algunas azafatas que nos mimaron un poco y nos sentaron en nuestros correspondientes asientos.

Al ratito pasó un comisario de abordo y lo frenamos. Se agachó y nos dijo:

-Si, chicos, qué necesitan?

-Nos podés traer esas cosas que regalan en los aviones? Qué nos podés conseguir?

-Qué quieren?

-No sé, juegos, las pantuflas, lo que puedas…

-Ahora veo que les consigo.

Suspiró, se paró y se fue

Al rato vuelve con dos neceseres, uno para cada uno, adentro había un cepillo de dientes, dentífrico, un antifaz para la luz y alguna que otra cosa. No nos interesaba para nada el contenido pero agradecíamos el gesto. Sacamos un billete de un dólar y lo llamamos de nuevo.

-Vení, tomá.

-Qué es eso?

-Una propina.

-No, no hace falta.

-Cómo que no hace falta? Nuestra plata no vale?

-Si, pero no puedo recibirles eso.

-Más no tenemos…

Se agachó de nuevo y nos aclaró.

-No, chicos, no les puedo aceptar una propina…

Nos indignamos, nos hizo sentir que no valíamos.

Like what you read? Give Alejandro Kauderer a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.