Anthony (o cómo descubrir lo mejor del ruido)

“Según él, la única manera de descubrir la verdadera esencia del ruido era dejándolo correr libre.”

Hace dos semanas, los vecinos del piso de arriba nos invitaron a uno de esos brunchs que les gusta ofrecer los domingos. Llevamos jugo de naranja — para las mimosas — y arepas de choclo de las que venden en el supermercado, con las que encantamos a los comensales. Todo iba sobre ruedas, hasta que alguien decidió hacer la misma pregunta fastidiosa que casi todos hacen en Nueva York cuando te conocen: “So… What do you do?” Y entonces Anthony, en lugar de hablarles de su day job, comenzó a contarles de su obsesión por cazar sonidos en su Panasonic Slimline de casete, para luego llegar a casa a crear “atmósferas sonoras”, como él mismo les dice.

A partir de ese día, fue como si a los vecinos les hubieran destapado los oídos. Esa misma noche llamaron a la policía para darnos un noise complaint, y durante la semana continuaron haciéndolo, incluso si estábamos en silencio. La primera vez, los polochos llegaron amables y hasta preguntaron si en ese apartamento vivían “Los Sordos”, pero a medida que las llamadas continuaron, se pusieron más y más agresivos, al punto en que ya llegaban dándole patadas a la puerta. Al mismo tiempo, comenzamos a encontrar notas Post-it con mensajes como “Keep it Quiet”, y a escuchar golpes retumbando en el techo. Unas veces sonaban a lo que parecía ser un palo de escoba retacando con odio a la madera, y otras, era una especie de zapateo/taconeo en tresillos que nos revolvía todo por dentro. Anthony comenzó a grabar todos esos sonidos, y a crear más atmósferas sonoras a partir de ellos. Yo le rogaba para que usara audífonos, pero nunca me hizo caso. Según él, la única manera de descubrir la verdadera esencia del ruido era dejándolo correr libre.

En la última visita a la casa, los policías nos dijeron que si los vecinos se quejaban una sola vez más, la multa sería más severa, y tendrían que llevar el caso a la corte. Fue entonces cuando Anthony tuvo una revelación, y propuso que hiciéramos lo que le hacía la mamá cuando era chiquito y se ponía a llorar por nada: Darle una razón para llorar de verdad. Así, el siguiente domingo nos levantamos muy temprano, saltamos sobre un escenario improvisado en el patio de atrás, conectamos un par de micrófonos, la guitarra eléctrica con un buen pedal de distorsión, un sintetizador, un drum machine y dos tornamesas tocando en exclusiva la discografía vieja de Napalm Death. El set comenzó a las 5:30 de la mañana en punto y duró exactamente 17 minutos.

¡17 minutos! Pensábamos que la policía iba a tardar mucho menos en llegar, pero obvio estuvo mejor, porque tuvimos más tiempo para improvisar. Anthony comenzó el set con un mini solo de feedback de guitarra, y luego yo creé un par de bases en el drum machine que repetí en loops (hubiésemos preferido una batería de verdad, pero no alcanzamos a conseguirla.) También toqué algo medio dark/punk en el sintetizador, y canté algunas voces guturales y otras en falsetto, las cuales fueron clave para que los vecinos encendieran la luz de su habitación, confirmando que los habíamos sacado de su plácido sueño. En ese momento, Anthony se pasó a los tornamesas e hizo una mezcla de You Suffer (un tema del Scum de Napalm que sólo dura 1.3 segundos) con la que el ruido colmó vacíos, calmó frustraciones… Y así continuamos, hasta que en algún momento todo estaba sonando en simultánea, creando una de esas atmósferas sonoras de las que tanto hablaba Anthony.

Dejamos que el ruido corriera libre, y ya con plena atención de los del piso de arriba, mirándonos por la ventana atormentados y marcando sin parar el número de la estación, los rematamos con su propia contribución sonora: Los golpes y zapateos que nos habían regalado les estallaron en un noise galore que distorsionó los parlantes y nos llevó a Anthony y a mi a una petite mort.

Supongo que en mi caso, vestir nada más que un tutú fue exagerado, pero como íbamos a tener muchos ojos encima, quería asegurarme de que la experiencia fuera realmente inolvidable. Cuando la policía por fin llegó, convirtió nuestra primera y última presentación con el nombre de “Los Sordos” en desafortunada. Pero la verdad que valió la pena.