
Cada vez que se acercan unas elecciones las conversaciones políticas se multiplican, en el trabajo, con la familia, en reuniones con amigos, en redes sociales, en las que todo el mundo -incluso aquellos a los que se les hace bola el asunto- tienen la oportunidad de mostrarle a los demás su punto de vista (porque opinar es gratis) y también, por supuesto, escuchar los del resto. Estos concretamente se ven favorecidos, ya que no suelen seguir al detalle la actualidad política, recibiendo una serie de imputs que pueden o no arrojar un poco de luz de cara a la decisión final: el voto.
En estos intercambios siempre hay alguien que por ignorancia y tratando de parecer el ser más objetivo e imparcial que existe suelta el ya tan manido “Si es que son todos iguales” con el que pretende zanjar la conversación, tratando de dejar en el ambiente el mensaje de que da exactamente igual a quien se vote e incluso que no sirve de nada ir a ejercer este derecho, desacreditando de alguna forma las visiones de los demás, que sí se decantan por una opción. Sí, tú, que estás leyendo estas líneas, también tienes un amigo, conocido, familiar que se protege bajo este paraguas con tal de no esforzarse en indagar y razonar para construir una opinión más consolidada. Parece una guerra perdida.
Tampoco podemos esconder, limitando la responsabilidad a las personas que defienden a ultranza esta tesis, que todos y cada uno de los líderes políticos de la actualidad, con sus actos, son la llama que prende esta mecha, llevándolos en volandas a la adopción de esta posición, aparentemente de seguridad, en la que quieren distanciarse totalmente de la política y de los políticos, para que no se les relacione con ninguno de ellos. Esto irremediablemente deriva en la afirmación “mi manera de ver la vida no encaja con los postulados de todos estos partidos”. De acuerdo, es lícito y hasta lógico que tus ideas o la mayoría de propuestas que esperas de un futuro dirigente público no encajen al cien por cien con ninguno de los candidatos que se presentan para gobernar o que estés hastiado por la escandalosa frecuencia con la que se nos convoca a las urnas por la imposibilidad de los políticos a llegar a acuerdos que le otorguen estabilidad al país, pero todo esto debe dar exactamente igual cuando de defender los derechos y las libertades más básicas se trata.
No, no y no, rotundamente no, no todos son iguales. Jamás, repito, jamás, a pesar de la torpeza política generalizada, ha sido tan fácil decantarse en este país por una opción como en estas últimas dos elecciones generales, tan solo hay que responder a una serie de sencillas preguntas. ¿Eres racista, machista y homófobo? No. ¿Crees en la libertad de prensa? Sí. ¿Necesitas sanidad y educación públicas? Sí. Aunque parezca simplista, todo lo demás no importa absolutamente nada cuando algo tan básico puede estar en entredicho. Y la realidad es que el Partido Socialista y Unidos Podemos y sus confluencias, con sus muchos fallos, son los únicos que van a garantizar esto a partir del día 11, sin miramientos ni titubeos ante el nacionalismo español, populista y fascista de VOX y el compadreo con estos del Partido Popular y Ciudadanos. Si has llegado hasta aquí tengo un último mensaje para ti: VOTA, COÑO.
