Miguelón

Ahí están las marcas de esos disparos

Caracas: ahí están las marcas de esos disparos es un reportaje sobre Miguelón, pero la historia es también una excusa para abordar un tema más grande: cómo la violencia en los barrios de Caracas penetra la vida de estas comunidades de una manera que no es fácil de imaginar para los que no viven allí.

Hoy Miguelón es un entrenador de baloncesto, que dedica su vida a alejar a los jóvenes del crimen a través del deporte. Pero por mucho tiempo fue un delincuente. A los doce años su padre le pidió que le consiguiera una pistola y él lo hizo. Con esa pistola su papá mató a su madrastra y se suicidó.

El reportaje es magnífico. Llevo tiempo investigando sobre la vida en los barrios y sin embargo aprendí muchas cosas. Pero hay dos cosas que me gustaría comentar:

El lenguaje

En los barrios de Caracas no todo el mundo habla igual ni todo el mundo proviene de la misma región o país. Pero eso no quiere decir que no existe diferencias entre la manera cómo se habla allí y la manera cómo se habla en las urbanizaciones de clase media y alta de la capital.

Y el autor del reportaje, Leo Felipe Campos, captura estas diferencias.

Un ejemplo es cuando Campos entrevista a Alexander Torres, un treinteañero con dos hijos que logró negociar con unos malandros el uso de unos terrenos para fines de religiosos.

Torres le cuenta a Campos cómo es su relación con los malandros:

Allá respetan mucho a uno, y más como cristiano. A veces llegan y te dicen: “Coye, varón, échame una bendición aquí. Mira, tengo un problema con mi esposa”.

O cuando un comerciante, Ricardo Soares, le cuenta al autor sobre el pago de vacunas a los malandros:

Por la inflación ya me avisaron que pronto va a subir. La crisis le afecta a todos, papá. A una doña que tiene un negocio en la esquina, que no quiso pagar la “vacuna”, la secuestraron, la amenazaron y le quitaron diez mil dólares. Ahora está pagando su vaina.

Es raro encontrar a un periodista con un oído tan fino. Uno casi puede escuchar a Torres y Soares.

Y creo que la clave no es el mero uso de “papá”, “échame” o “varón”. Esos son términos que cualquiera puede captar y reproducir. Más bien son cosas más sutiles como el orden, la selección y el ritmo de las palabras que recrean una maravillosa sensación de oralidad y le permiten al autor evadir esos microfiltros que normalmente hacen tan difícil estampar la vida real en la página.

Creando distancia

Lo otro que me gustó fue el final y la oración final. Recordemos que Miguelón es un malandro reformado que ahora se dedica a entrenar a los muchachos de su barrio.

Así termina el reportaje:

Al día siguiente, el torneo [de baloncesto] sigue. Es el turno de las chicas a las que dirige Miguelón: se las verán contra un equipo de varones. Por ética deportiva, él no será el árbitro. Dará las instrucciones desde un costado, regañará, subirá las cejas. Apretará la boca y cerrará los ojos, como suele hacer cuando algo no le gusta.
Será un partido duro, de fallos y entregas comprometidas. El ánimo se desbordará mientras un manto de luz fina entra desde un costado. Miguelón se inventará un chiste antes de frotarse las manos para celebrar un lance. Se jugará con ambición. Habrá gritos de aliento. La pasión flotará sobre la cancha y bajará como un rocío sobre el cerro. Por un momento, solo existirá ese partido. No habrá más.
Al final, ellas perderán por un punto, pero lo harán batallando y se notará en sus rostros: hasta el último segundo correrán hacia el aro contrario creyendo que pueden ganar.

“Por ética deportiva…”

“Apretará la boca y cerrará los ojos, como suele hacer cuando algo no le gusta”.

“…antes de frotarse las manos para celebrar un lance”.

Estas observaciones son increíblemente perceptivas pero no rebuscadas. Y bastan para insuflar de vida el texto; convertir a Miguelón en una persona real.

Pero miren también el cambio de tiempos verbales. No es el partido que ocurrió sino el que ocurrirá.

¿Sirve de algo este cambio?

Leo Felipe Campos tiene la opción de narrar un juego específico. También tiene la opción de hablar de lo que ocurre en varios juegos o lo que ocurre en casi todos los juegos: Miguelón regañando, subiendo las cejas, echando chistes, frotándose las manos para celebrar un lance, etcétera.

El cambio de tiempos le permite difuminar la barrera entre estas dos opciones. Tomar simultáneamente elementos de las dos. Describir una escena pero a la vez sugerir que esta escena se repite en el tiempo.

Pero ese no es el único límite que difumina el autor. Fíjense en la oración final:

Al final, ellas perderán por un punto, pero lo harán batallando y se notará en sus rostros: hasta el último segundo correrán hacia el aro contrario creyendo que pueden ganar.

En esas últimas cuatro palabras, ¿se refiere el autor sólo al juego o también a la vida de estas muchachas casi condenadas a la pobreza y a nunca alcanzar sus sueños sólo por el hecho de haber nacido en ese barrio? Yo, al leer la oración la primera vez, sentí la posibilidad de que fueran las dos. Mi mente automáticamente percibió que ese “creyendo que pueden ganar” podría no sólo referirse al juego de baloncesto. O mejor dicho: rebasar las fronteras del juego.

Y el efecto de esa ambigüedad, así como el del cambio de tiempos, es similar al del zoom out de una cámara. Nos aleja de esa escena específica y nos permite ver la realidad de los barrios como un todo: las alegrías, disfuerzos, tristezas, tragedias y luchas no sólo de ese grupo de muchachas sino también de todos los habitantes de esas pobres comunidades de ayer y hoy.