Los riesgos del apaciguamiento

La oposición encara un dilema que, mientras exista, actuará como una fuerza divisoria. Y actuará de esa forma porque el dilema no es fácil de resolver, como lo explica Martínez Meucci a Prodavinci:

Si nos apoyamos en las teorías del juego, podemos ver que el juego político que promueve el gobierno siempre coloca a la oposición en un mismo dilema. Un dilema donde o se coopera y se intenta operar a través de las instituciones, a pesar de que las instituciones están manejadas por el gobierno, o se busca un juego que no es directamente institucional, con todos los costos y los riesgos que esa alternativa acarrea.

Digamos que no participar en el juego institucional — las elecciones siendo una parte de este juego — deja a la oposición sin más opciones que la violencia o la lucha armada. Pero participar en el juego conlleva el riesgo de que el gobierno, mediante su control de las instituciones y la manipulación de las reglas de juego, haga imposible cualquier salida institucional, incluyendo la electoral.

Lo ideal entonces es que la oposición, contra viento y marea, logre garantizar la preservación de un sistema lo suficientemente democrático como para permitir una transición pacífica, o al menos cambios, dentro del marco de la Constitución. O dentro de ese juego institucional en el que las principales instituciones están controladas por el gobierno.

Por eso Martínez Meucci piensa que solo llamar a votar o solo llamar a protestar no es suficiente:

No puede ser únicamente elecciones o únicamente protesta. La forma, por decirlo así, más “caricaturizada” de este dilema estratégico es pensar que “o vas a elecciones o vas a una serie de protestas”. Eso nos dice hasta qué punto no somos capaces de leer el asunto. La realidad es que la acción política se compone de muchas cosas. Construir una fuerza política se compone de muchas cosas. Y obviamente, unas elecciones, dentro de un juego democrático, son un aspecto central de esa estrategia. Pero eso tiene que ir acompañado de muchas formas de hacer política. No es sólo llamar al voto para que el día de las elecciones votemos. Eso así, por sí solo, no tiende a ser demasiado eficaz. Hay que hacer una combinación de otras cosas. Hay que hacer más política, esa es la palabra.

Déjenme tratar de rearticular lo que, si no me equivoco, dice Martínez Meucci sobre las elecciones: no podemos conformarnos con llamar a votar. Debemos también, mediante otras acciones, asegurarnos de garantizar la preservación de un sistema donde sea posible lograr cambios a través del voto. Pongamos un ejemplo extremo: si el gobierno decide inhabilitar a 80% de los candidatos una semana antes de las elecciones, la oposición debe hacer algo para impedirlo y no simplemente llamar a votar por el 20% restante, y conformarse con las victorias que obtenga dentro de ese pequeño margen.

Pero ¿cómo puede la oposición impedir esta clase de abusos y garantizar que el juego esté lo suficientemente abierto como para al menos admitir la posibilidad de una victoria del bando legalmente desprotegido?

Martínez Meucci es previsiblemente lúcido en su diagnóstico, pero excesivamente cauteloso en sus recetas:

Lo primero para romper esta dinámica, en donde uno por evitar el conflicto va cediendo sucesivos espacios a ese proyecto hegemónico, es que haya testimonios claros de resistencia frente a esto. Y aquí, que quede muy claro, yo no me estoy refiriendo a episodios de violencia ni nada por el estilo. Simplemente, mensajes muy claros y gestos muy claros de resistencia ante lo que es una imposición hegemónica, ante una visión única de un pensamiento único. Lo primero es hacer ver que sí es posible resistir a una cuestión que, además, es abiertamente inconstitucional la mayor parte de las veces. Si no hay testimonios y no hay actitudes y no hay mensajes claros de resistencia frente a esto, la moral de la sociedad democrática para hacerle frente tiende a disiparse. La gente pierde la moral, pierde la esperanza. Las campañas políticas son el momento ideal para hacer ver esto. El dilema entre las elecciones o la protesta es un falso dilema. La idea es “vamos a unas elecciones”, pero las elecciones están hechas sobre la base de la movilización de la gente para hacer frente a un proyecto hegemónico. Para mí, la campaña debería venir cargada de esos testimonios y de esos mensajes claros de resistencia.

Todo esto está muy bien. Pero nadie en el liderazgo opositor ni entre los principales miembros de la MUD ha propuesto protestas y movilizaciones como sustitutos a la participación electoral. Lo que sí está claro — y Martínez Meucci lo explica mejor que nadie — es que la oposición debe estar preparada para dar “testimonios” y “actitudes” y “mensajes claros” de resistencia, porque es probable que el gobierno inicie pronto la campaña electoral más sucia y tramposa de los últimos 16 años.

Nos gustaría, sin embargo, que el profesor nos explicara a qué exactamente se refiere con esos “mensajes claros”. O qué acciones específicas propone.

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