Por qué Podemos está en su peor hora

O los límites de la ambición de Pablo Iglesias

No cabe duda que Podemos atraviesa la peor crisis desde su formación. Encuestas revelan que en el mejor de los casos el partido se estancó. En el peor, su popularidad ha venido cayendo aceleradamente. Y esto sin tomar en cuenta la reciente dimisión de Juan Carlos Monedero, hasta hace días el número tres de Podemos.

¿A qué se debe la crisis? Y, más importante aún, ¿podrá el partido recobrar el momentum que tenía hace apenas unos meses?

Antes de responder, retrocedamos un poco.

En su estrategia comunicacional Pablo Iglesias ha jugado simultáneamente dos juegos. Uno es La Narrativa. Podemos ha enmarcado el debate político no como una lucha entre izquierda y derecha, sino entre los de abajo y los de arriba, o, más específicamente, entre los ciudadanos decentes y la casta corrupta que los gobierna.

La dicotomía es (o fue) conveniente para el partido por varias razones. Podemos es una fuerza que viene de la izquierda radical. Pero la mayoría de los españoles se ubica en el centro. Para ellos es difícil identificarse con el pequeño nicho de la izquierda radical pero fácil identificarse con esa amplia categoría de desfavorecidos (los de “abajo”) que ya no confía en los partidos tradicionales y quiere echarles del poder.

La Narrativa de Podemos también se amolda al momento. España apenas está saliendo de su peor crisis económica en varias décadas. Y los afectados por la debacle tienen una tendencia natural a señalar culpables para ventilar su descontento. Por eso la cruzada moral contra “la casta” caló en un sector importante de la población. Podemos ofreció un discurso maniqueo justo en el momento que muchos españoles estaban dispuestos a comprar este tipo de discurso.

Pero, simultáneamente, Pablo Iglesias ha seguido jugando en el otro tablero. Que haya enfocado la mirada en el eje vertical que separa a los de abajo de los arriba no significa que haya abandonado el eje horizontal que divide a la izquierda de la derecha. Podemos se ha arrimado idealógicamente al centro, moderando sus propuestas más radicales y arropándose bajo el manto de la socialdemocracia. Incluso hace guiños a los tradicionales votantes de derecha con constantes referencias a la “patria” y la “soberanía”.

Hasta hace poco esta estrategia había sido tremendamente efectiva. Pero esto ha cambiado por dos factores. Primero, el escándalo que estalló en febrero al descubrirse que Juan Carlos Monedero había cobrado al Banco del Alba casi medio millón de dólares por una consultoría. Segundo, el sorpresivo ascenso de Ciudadanos.

El escándalo Monedero ha resquebrajado la autoridad moral de Podemos en su cruzada contra las “elites corruptas”. Y el ascenso de Ciudadanos, hasta cierto punto — supongo yo — relacionado a lo de Monedero, le ha robado a Podemos el monopolio de la desilusión. Antes el profundo rechazo a los partidos tradicionales se traducía en apoyo para Podemos. Ahora el partido compite en este terreno con Ciudadanos.

Entonces Podemos confronta un dilema. La Narrativa ya no tiene el poder que tenía antes no sólo por las razones ya citadas, sino también porque no sirve para atacar a Ciudadanos, un partido nuevo que es difícil etiquetar como casta. De hecho, para Ciudadanos es más fácil etiquetar a Podemos como “más de lo mismo” que viceversa.

Pero si Podemos abandona La Narrativa y concentra su lucha en el eje horizontal izquierda-derecha su alcance es limitado. Porque a estas alturas es difícil que Podemos, con el creciente deterioro de su marca, pueda seguir robándole al PSOE más votos de izquierda. Por ese lado ya no hay mucho espacio por donde crecer.

El partido, pues, sólo tiene ahora malas opciones: insistir en una narrativa que ha perdido su efectividad o limitarse a competir en un terreno donde no hay muchos votos disponibles.

En su nuevo libro sobre Podemos, Asaltar los cielos, Nacho Torreblanca cita una aguda reflexión de Pablo Iglesias. Es una dura crítica a los comunistas españoles que en mi opinión se puede aplicar a la izquierda radical en muchos otros países. Es también un comentario que ilumina un aspecto esencial del líder de Podemos.

Iglesias observa que los comunistas son “gente que se conforma con la medalla de bronce”, y que ni siquiera se plantea ganar unas elecciones porque, en el fondo, “todo lo que les preocupa es ser de izquierdas y auténticos, no ganar”. Es decir, el problema de los comunistas no es sólo que fracasen sino que disfrazan con pureza ideológica su conformismo. Para ellos el fracaso y la marginalidad es lo que el agua es para el pez: el habitat adonde se han acostumbrado a vivir y donde se sienten más cómodos.

A diferencia de los comunistas, Iglesias quiere triunfar. Ganar la medalla de oro. Asaltar los cielos. Hasta hace poco esta meta era improbable, pero posible. Pero ahora parece sólo lo primero.

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