¿Se pudo evitar el desastre de las regionales?

Mi escepticismo con la participación en las regionales, que expliqué hace un mes en un artículo, tenía una importante cuota de pragmatismo: era el simple resultado de poner los riesgos en una balanza. Para mí este proceso electoral podía llevar a la oposición a un peor lugar que el que ocupaba cuando tomó la decisión de participar. Renunciar a las regionales no era una opción ideal pero calculé que era menos riesgosa.

¿Por qué llegué a esta conclusión? Porque para Maduro las elecciones eran una excelente herramienta para desmoralizar, desmovilizar y dividir a la oposición a través de la trampa y la manipulación de las condiciones electorales. Sólo había un escenario sin un alto potencial divisorio — una victoria opositora más o menos alineada con la baja popularidad de Maduro— y el gobierno ya nos había dado suficientes señales de que no permitiría ese escenario.

Para la MUD, es verdad, la regionales podían servir para echarle leña al fuego de la movilización. Ese era el argumento pro-participación más poderoso. Pero al final hice las sumas y las restas y decidí que participar conllevaba riesgos mayores a los de no participar y no acarreaba beneficios que justificaran tomar esos riesgos.

No me equivoqué. Las muy escasas “ganancias” en estas elecciones valen mucho menos que el daño que el proceso infligió a la oposición. No creo que la MUD estuviese peor si el 30 de julio hubiese decidido no participar. Y digo esto sin contar la posibilidad real de que las pocas gobernaciones que ganó sean muy pronto convertidas en cascarones vacíos.

Pero una aclaración antes de seguir. El inventor Charles Kettering dijo a problem well-stated is half-solved.

Esta frase ilustra porque, a pesar de mi escepticismo con las regionales, no apoyé a los abstencionistas durante la campaña. Y no lo hice porque los argumentos en contra de la regionales fuesen débiles. Al contrario: eran persuasivos. No promoví la abstención porque, una vez que la MUD decidió participar, la pregunta correcta ya no era si votar en las regionales era conveniente. La pregunta correcta era qué se lograba no votando en un proceso en el que la MUD y una parte del electorado opositor ya había decidido participar. El caso en contra de la participación era persuasivo solo si se lograba convencer a los principales partidos opositores de no ir a las regionales. A problem well-stated is half-solved. Una discusión es si la MUD debe participar y otra totalmente distinta es si es útil abstenernos si la MUD decide participar. Creo que María Corina Machado y otros confundieron estos dos debates.

¿Por qué pienso que mi escepticismo con las regionales fue acertado?

En primer lugar, las ventajas de participar ya no estaban tan claras como en el pasado. Como dije en mi artículo, la participación fue útil por mucho tiempo. Pero las circunstancias han cambiado:

Ya los venezolanos y la comunidad internacional repudian casi universalmente al régimen y la MUD no necesita otro fraude para probarle nada a nadie. Participar no serviría para colocarnos en una mejor posición para competir en las presidenciales porque, mientras el gobierno no tenga los votos para ganar, no va a arriesgarse con unas elecciones que pongan en riesgo su permanencia en el poder. Y el argumento de ganar espacios es menos convincente porque no está nada claro si el gobierno está dispuesto a cederlos como en el pasado o si estos preservarán suficiente valor para justificar el reacomodo de prioridades que implica luchar por ellos.

Otra razón era que las regionales tenía un inherente poder divisorio y participar acarreaba un enorme riesgo de que ocurriera lo que acaba de ocurrir.

Y no solo porque las ventajas de la participación ya no son tan claras como en el pasado. No solo por los errores que se cometieron al principio como AD anunciando que participaría en las regionales el mismo día que Smartmatic hizo sus denuncias sobre la ANC.

Como escribí hace un mes:

Si bien es cierto que la manera como se tomó la decisión debilitó el argumento a favor de la participación y abrió una brecha de desconfianza entre el liderazgo opositor y sus seguidores, también es cierto que las regionales eran difíciles de vender así no se hubiesen cometido esos errores.
¿Por qué? Porque muchos sospechan que estas elecciones pueden ser utilizadas para desviar la atención de la MUD hacia una refriega insignificante por las migajas del poder. También porque la inminente instalación de la ANC hacía políticamente inviable asomar el tema con antelación en un momento en el que la prioridad era forzar al gobierno a suspender esa “elección”.
La participación suponía además un giro abrupto en la estrategia. Solo unas semanas antes del anuncio de ir a las regionales se desconoció al CNE en un plebiscito en el que votaron más de siete millones de personas. Los líderes de la oposición citaban el artículo 350 que llama a desconocer “cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos”. Como dijo Edgar Ramírez: “No puedes decir que esto es una dictadura, que de esto salimos con el artículo 350, para luego salir diciendo vamos a elecciones”.
Un poderoso argumento en contra de la participación era que no había manera de dar ese giro estratégico sin dividir y desmovilizar a la base, sin confundir a la comunidad internacional y sin poner en riesgo la unidad.

Este último párrafo no está muy alejado de lo que terminó ocurriendo. Las fracturas en la oposición eran profundas y tenían causas reales. Y estas diferencias, cubiertas temporalmente por el fragor de la campaña, resurgieron con fuerza después del voto. Hoy la base opositora está mucho más dividida y desmoralizada que a finales de julio. La antipolítica salió fortalecida. El prestigió de la MUD está por el suelo. La comunidad internacional está confundida (aunque mucho menos de lo que uno esperaría). Y AD — no yendo a la rueda de prensa donde se denunció el fraude y asomando que aceptaría juramentar sus gobernadores ante la ANC — está actuando como si no estuviese en la misma coalición que PJ y VP. El liderazgo, pues, también está más dividido.

Es cierto que muchos errores que cometió la oposición antes, durante y después del 15O eran evitables. Dentro de la estrategia de participación, se han podido hacer las cosas mucho mejor. Pero también es cierto que este desastre no se puede divorciar totalmente de la decisión de participar y las circunstancias bajo las cuales se tomó esa decisión. Enfocar los reflectores en los abstencionistas, aunque conveniente para algunos, es una negativa a encarar esta realidad.