The Deuce, Kelly Gang y la sobrestimación del estilo

En una entrevista en Newsweek, Richard Price, uno de los escritores de The Deuce, la nueva serie de TV de los creadores de The Wire sobre el nacimiento de la industria pornográfica de EE UU, habla sobre su primer contacto hace cuatro décadas con la prostitución en Nueva York.

The Deuce no es una simple ficción sobre la vida de las prostitutas, pimps, mafiosos y policías de Times Square en los años setenta. Es una mirada profunda al negocio del sexo y la pornografía: quién explota a quién; quién se lleva la mayor parte de las ganancias; cuál es el rol de las autoridades; de los cambios legales y tecnológicos. La serie muestra cómo una variedad de individuos e instituciones, incluyendo la policía, se reordenan, transforman y adaptan para participar en un negocio con un descomunal potencial comercial que hasta ese momento había sido embridado por las leyes y la moral de la época.

Richard Price compara escribir este show con ponerse una máscara de buceo:

We’re going down to the tectonic plates, the economics, the interactions. You think of the sexual stuff as a business. So looking at a peep show, where does that quarter go if you follow that quarter?

Sin embargo, a los veinte años, cuando fantaseaba con vivir en Times Square para estar “en el medio de todo”, Price no sabía siquiera que esta máscara existía. Como cuenta Newsweek,

That younger version of Price was “clueless” about what was really going on in Times Square. “It’s like standing on a beach trying to understand the ocean by its surface,” he says.

Para mi esta metáfora sirve para hablar del lugar del estilo en la literatura y la ficción en general.

Price es un novelista además de un escritor de televisión. A sus veinte años ha podido ser un gran estilista como Flaubert. Ha podido ser un virtuoso combinando sonidos y midiendo el ritmo de sus oraciones; suprimiendo repeticiones, clichés y disonancias. Ha podido saber cómo insuflar una oración con un aire de inevitabilidad mediante la perfecta colocación de un verbo o un adjetivo. O ha podido tener, como Hemingway, un estilo deliberadamente sencillo que explora y explota la riqueza de un controlado minimalismo.

Pero si en ese entonces Price hubiese decidido escribir una novela sobre la pornografía en Nueva York, ese virtuosismo no lo hubiese salvado del hecho de que a esa edad no tenía la más mínima idea sobre lo que realmente estaba ocurriendo en Times Square.

En esa época Price era solo capaz de ver la superficie del océano.

II.

En la novela de Peter Carey, True History of the Kelly Gang, el narrador es Ned Kelly, un criminal casi analfabeta. Y la novela está narrada en primera persona con un estilo casi analfabeta.

El narrador, por ejemplo, confunde tiempos verbales, comete errores gramaticales, no tiene un sistema coherente de puntuación y no sabe utilizar oraciones ni comas para separar ni ordenar pensamientos. Aquí una muestra:

I asked what were the rent and she kissed Jem on his head and neck then wheeled her horse around. No rent she cried it is selected I give the money order to the Land Office last night at 5 o’ clock it is our own own land my darling boys.

Con esta manera de escribir, Carey busca fortalecer la ilusión de que Kelly mismo está narrando; de que un iletrado cuenta la historia. El problema es que ese estilo no ofrece muchas posibilidades. El autor tiene que cuidarse de no hacer nada que rompa la ilusión de que quien narra los hechos es una persona que no cursó siquiera la escuela primaria.

Lo curioso es que la novela funciona. Así como la metáfora del océano de Price nos revela que se puede tener un buen estilo y ser un mal escritor, True History of the Kelly Gang ilustra que se puede escribir “mal” y ser un excelente escritor.

Porque esa prosa inculta es un truco; una fachada que esconde a un autor que conoce a fondo sus temas y personajes; que observa con curiosidad el mundo y le interesa averiguar cómo funciona; que capta, por ejemplo, cómo las humillaciones de la pobreza pueden llevar a muchos jóvenes al crimen como la fuerza de la gravedad lleva un objeto al suelo; que sabe cómo seleccionar, priorizar y ordenar en el tiempo episodios y anécdotas para iluminar temas como éste sin deshumanizar a sus personajes y sin mancillar la verosimilitud de su historia.

Esta riqueza no es tan fácil de ver como los malabarismos del estilo. El lector común no ve la sofisticación que se embosca debajo de esa prosa casi analfabeta así como no ve a veces que el estilo brillante de algunos escritores disimula la pobreza del contenido.

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