The world is as it is

En una escena de Conversación en La Catedral, un par de jóvenes de clase media alta se las arreglan para que una señora de servicio se tome, bajo engaño, una pastilla que supuestamente excita a las mujeres.

La maldad en sí misma no es lo interesante. Todos los jóvenes hacen maldades. El valor de la anécdota es la realidad social que ilumina.

Los muchachos no son malos. No sienten que están haciendo algo malo. Desde su perspectiva, hay cierto grado normalidad en el acto.

Pero ¿se hubiesen atrevido a hacer lo mismo con una muchacha de su misma clase social?

Con la escena, el autor señala la existencia de una estructura jerárquica en la sociedad que abre un espacio de permisividad para estos abusos, sólo si son cometidos por ciertos grupos contra ciertos grupos. Ese mismo acto, dirigido contra una joven de clase alta, sería quizá visto como una inaceptable transgresión. Dirigido contra una señora de servicio, es visto como una travesura. Y, como es visto como una travesura, los jóvenes sienten que están haciendo algo relativamente normal, lo cual disminuye el costo de la transgresión. Nacieron en un mundo que funciona bajo ciertas normas que ellos siguen, sin estar todavía muy conscientes de que esas normas son tremendamente injustas.

Ese abuso contra la señora no es necesariamente un acto deliberado de descriminación sino el orden natural de las cosas. Discriminación que no se ve a sí misma como discriminación.

2.

Esa, pues, es la idea detrás de esa escena de Conversación en La Catedral. Y Vargas Llosa utiliza a los personajes y la anécdota para ilustrarla.

Pero debe hacerlo con cuidado, preservando un delicado balance. Como dice la periodista Katherine Boo, autora de Behind the Beautiful Forevers

When I pick a story, I’m very much aware of the larger issues that it’s illuminating. But one of the things that I, as a writer, feel strongly about is that nobody is representative. That’s just narrative nonsense. People may be part of a larger story or structure or institution, but they’re still people. Making them representative loses sight of that. Which is why a lot of writing about low-income people makes them into saints, perfect in their suffering.

Boo no es una novelista sino una periodista, pero la observación aplica también a la ficción.

No se debe sacrificar la verdad de una persona o un personaje ficticio para ilustrar una idea. En la escena de Conversación en La Catedral, el autor busca iluminar una compleja realidad. Pero un foco exclusivo en ese objetivo ha podido llevarlo a exagerar la bondad de la señora de servicio o la ingenuidad de los muchachos para ilustrar mejor la idea, estirando hasta romper los límites de verosimilitud de los personajes.

Cuando se busca exponer una realidad más amplia que los personajes mismos, siempre existe la tentación de deformar a esos personajes para que encajen con esa realidad.

3.

Lo cual me lleva a una escena de Swing Time, la más reciente novela de Zadie Smith. La narradora describe un juego sexual que se puso de moda en su escuela cuando tenía nueve años:

It was like tag, but a girl was never ‘It,’ only boys were ‘It,’ girls simply ran and ran until we found ourselves cornered in some quiet spot, away from the eyes of dinner ladies and playground monitors, at which point our knickers were pulled aside and a little hand shot into our vaginas, we were roughly, frantically tickled, and then the boy ran away, and the whole thing started up again from the top.

Por un tiempo en eso consiste el juego. Pero luego éste se traslada al salón de clase y se transforma:

The random element was now gone: only the original three boys played and they only visited those girls who were both close to their own desks and whom they assumed would not complain. Tracey was one of these girls, as was I, and a girl from my corridor called Sasha Richards. The white girls — who had generally been included in the playground mania — were now mysteriously no longer included: it was as if they had never been involved in the first place.

Zadie Smith lleva la misma idea de Vargas Llosa un paso más allá y nos dice que esos niños de nueve años de alguna manera ya han entendido que pueden tocar a las morenas como no pueden tocar a las blancas. De alguna manera ya han entendido que con ciertas niñas ese manoseo es socialmente aceptable o normal en el Londres de los años ochenta.

¿Es creíble la escena? Zadie Smith pareciera estar plenamente consciente de que tratando de ilustrar esta idea podría estar poniendo en riesgo la verosimilitud de la escena y por eso introduce cierto grado de ambigüedad.

Al principio los niños también persiguen y tocan a las niñas blancas. La narradora nos dice que escogen a las niñas que están cerca de ellos: those who where close to their own desks. Al mismo tiempo, la intención de Smith es clara (negritas mías):

The random element was now gone: only the original three boys played and they only visited those girls who were both close to their own desks and whom they assumed would not complain. Tracey was one of these girls, as was I, and a girl from my corridor called Sasha Richards. The white girls — who had generally been included in the playground mania — were now mysteriously no longer included: it was as if they had never been involved in the first place.

El párrafo ilumina maravillosamente la tensión que a veces existe entre el deseo de ilustrar una idea y el deseo de resguardar la verosimilitud de una historia o un personaje.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.