Sublime.

Te conocí una mañana de octubre, supongo que había oído hablar de ti antes y la maravilla de tu esencia, al parecer eras capaz de cambiar el estado de ánimo de las personas, transmitías la alegría, era un efecto mágico el que provocabas al aparecer; eras lo sublime, lo perfecto, lo paradisiaco. Tu sola presencia era señal de reverencia, aparecías y alejabas las tinieblas para traer la paz.

Desde aquel día no conseguí olvidarte, en parte porque tocaste mi corazón por primera vez con tú perfecta sincronía, con la aventura de tus tiempos, con la belleza de un comienzo que no debería tener un final; y en parte porque lo diferente resulta atractivo y a los tres años lo único discrepante de «Mi pequeño, ¿tienes hambre?» era algo parecido a un «¿Por qué no hablas? ¿Estás enfermo?».

Te convertiste en mi compañía, mi guía, el eco que necesitaba el murciélago para morar en la nebulosidad, el centro de mi vida. Cada día era la envidia del anterior, aprendiste a mirarme a los ojos y reconocer mis miedos, mis alegrías, mis fracasos y mis sueños. Tu tacto era indispensable, acariciabas cada parte de mi en la distancia, y cuando estabas a mi lado el mundo sólo era un inapetente signo de interrogación. Hacías de lo anodino cautivador, de lo insulso atractivo, de lo indiferente algo más que seductor. Yo crecí contigo porque eras paz, nunca hice ademan de alejarme de tu belleza, porque era accionista mayoritario de la fábrica de sonrisas que provocas por minuto.

Hoy somos inseparables, hoy me siento esclavo de tu contacto, ahora me tiendes la escalera y puedo ausentarme del infierno, alejas todo mal, en unos minutos tu y yo volvemos a estar juntos, como ahora; te reproduces en este preciso momento, creas la barrera perfecta, estamos en nuestra burbuja y estas letras tienen el fondo que tú has logrado, me siento infinito en medio de tus segundos. Eres y serás por siempre mi vía de escape, te lo debo todo…. música.

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