De la gramaticalización del yo

[ʃo]

Yo solía querer decir un montón de cosas. Yo era algunos días ilusión y otros días conmoción y muchos otros días angustia. Algunos días me despertaba y era el sol brillante entrando por la ventana que me había olvidado de cerrar la noche anterior y a veces el mismo día de tarde era la lluvia que entraba por la misma ventana que ya que estaba despierta no creí que valiera la pena cerrar. Siempre tuve mucho de ese paralelismo psicocósmico del que hablaban tanto las profesoras de literatura del liceo y nunca las de facultad. Algunas veces también fui otros, o creí ser otros, o volqué todo mi contenido en otros, o me llené del contenido de otros, no estoy segura, pasó muchas veces y mi propia fragilidad — que odio admitir — volvió todo el asunto bastante confuso. Creí incluso en algún momento bastante breve conocer exactamente todo lo que significaba (no lo conocía), lo que no implica que aun en los momentos en que no lo sabía no fuera plenamente consciente de la abrumante cantidad de significados que transmitía.

Pero desde el día que se perdió todo ese contenido léxico los dos ya escasos fonemas redujeron aun más su cuerpo fónico — o capaz es que por los nervios de la ausencia ahora lo pronuncio apurada y bajito — y hoy yo no es más que una primera persona del singular a la que no le cabe conjugar el verbo ser.