Estaba saliendo todo más o menos bien. Ella estaba más o menos contenta y él estaba más o menos conforme. Habían pasado más o menos tres o cuatro meses o quizá cinco, pero quién los cuenta. Ella era más o menos linda y él era más o menos feo. Los dos eran más o menos inteligentes. Una más o menos pareja más o menos promedio. Torpemente pero andaba. Ella se había enganchado y se lo había dicho alguna que otra vez, y él se había encogido de hombros y no había dicho nada. Nunca decía nada: solamente estaba. Parecía no sentir nada, pero lo hacía de una manera tan fascinante y cuasiseductora que no alcanzaba la insensibilidad cínica. Extrañamente, a ella no le molestaba. Le gustaba sentirse en control de la situación y le gustaba él así, callado, encogido de hombros, tácitamente inconmovible. Su enigma silencioso le daba cierta sensación de paz.

Pero era ella tan humana y esa paz tan imperturbable que decidió perturbarla y en un impulso de autoboicot le dijo — un montón de mentiras — que estaba cansada de esa pseudorrelación de papel crepé y de su desesperante indiferencia y que ella así no podía seguir, y él se encogió de hombros y no dijo nada. No volvieron a verse. Una semana o dos o media después, ella le escribió. «¿Cómo estás?» «Más o menos».