Atrás de la selfie

A últimas fechas existe una discusión abierta acerca de si la publicación de selfies está ligada a la autoestima. Leo argumentos a favor de esta hipótesis y otros tantos que la niegan e incluso afirman lo contrario, que las selfies son indicadores de inseguridad y trastornos mentales.

Crecí en la época donde las fotografías costaban dinero, ocupaban espacio y no eran efímeras. Estudié fotografía cuidando cada centímetro o mililitro de material y cada minuto en el cuarto oscuro; eso significaba elegir cuidadosamente cada toma, cada impresión. Tal vez por eso las selfies me parecen aburridas. Un mismo sujeto, casi siempre en la misma pose, el mismo escenario detrás, un baño, una cama, una pared blanca o un pedazo de oficina. Pocas selfies nos dicen quién esa persona, qué hace, qué momentos atesora, en dónde ha estado, a dónde quiere ir. Casi ninguna cuenta una historia, son rostros tratando de lucir bien, cuerpos en posiciones forzadas, imágenes elegidas de entre decenas de tomas iguales, con un único criterio estético: “cómo quiero que me vean los otros”.

Tomarse muchas fotos podría ser sólo un pasatiempo, como probar distintos peinados frente al espejo mientras se hacen gestos graciosos, pero publicarlas es distinto, tiene otras repercusiones. Parece que en esta época perdimos la noción de quién es el otro, el que mira. Antes, cuando mandábamos a revelar un rollo fotográfico y a imprimir nuestros negativos, pensábamos en ese único sujeto que tendría acceso a nuestras vidas, nuestros recuerdos y nuestras imágenes; había cierto pudor frente al extraño, ese único desconocido que veía pasar miles de rostros y situaciones, que seguro ni notaba las diferencias entre las fotos de nuestras vacaciones y las de nuestros vecinos. Sin embargo, cada foto enviada al laboratorio de revelado había tenido en cuenta a esa persona, cuidábamos nuestra intimidad de un único desconocido. Ahora, la regalamos a millones.

Definitivamente hay valentía al exponemos a la opinión de otras personas, algunos conocidos, la inmensa mayoría desconocidos. Esa valentía es la misma que usamos para salir a la calle y dar un paso tras otro en medio de multitudes; recibimos sonrisas, miradas frías, saludos o agresiones. La diferencia entre un acto de valor y otro, es que en el primero no podemos ver los rostros de quienes opinarán, no con gestos o acciones, sino con palabras escritas en un comentario. Esos opinadores están ocultos mientras nosotras ponemos a su alcance nuestra imagen. Con cada selfie publicada, nos arriesgamos a un “qué guapa amiga, qué bárbara” o a palabras ofensivas. ¿Tienen derecho a ofendernos por publicar una fotografía? No, es abusivo, es cruel y para nada es inocuo. Afecta tanto al que lo escribe como al que lo lee; a uno le quita parte de su humanidad, al otro lo enfrenta a esa ausencia. Pero de algún modo antes de dar clic en el botón “compartir”, medimos estos riesgos, cada selfie publicada demuestra que los halagos recibidos valen la pena, aun a costa de recibir agresiones.

Continúo escribiendo y no puedo dilucidar si mostrar las fotografías que nos tomamos, seleccionamos y modificamos, es una prueba de seguridad o si en realidad es una búsqueda de aprobación, la necesidad de reforzarnos a través de la opinión de los otros, de los nuestros y de extraños.

Se habla de empoderamiento a través del cuerpo, de su exhibición, de la apropiación de los espacios virtuales, de usar la imagen como una bandera que se clava en la punta de una cima alcanzada. Mis dudas provienen de lo que cada una elige como montaña a vencer. Si la meta no es una verdadera construcción de nuestras identidades, las imágenes se convierten en banderas sin significado, que sucumbirán a las ventiscas rápidamente.

Las fotos en sí mismas no son prueba de nada, pero poniéndolas en contexto de lo que cuenta de su vida quien las publica, se puede inferir si son máscaras o espejos. Muchas veces las selfies provienen de personas que cuentan su vida con detalle, que comparten historias de maltrato o desamor. Otras veces las sonrisas de las selfies chocan con la amargura de lo que escriben.

De ahí es de donde surgen mis dudas acerca del empoderamiento a través de la imagen. Ojalá las mujeres no necesitáramos exhibirnos para sentirnos seguras de nosotras mismas y seguras en el mundo que nos rodea. Que no buscáramos el halago sino el apoyo, que nos rodeáramos de amigos que en vez de decirnos “qué guapa amiga”, nos ofrecieran techo y ayuda para no tener que pasar una noche en la misma casa que un agresor. Ojalá pronto pasemos del alarde a la coherencia, que las imágenes de mujeres inteligentes, educadas, seguras y confiadas, correspondan a vidas llenas de elecciones correctas y acciones valientes; porque sólo así estaremos en condiciones de ayudar a otras mujeres, las que de verdad no tienen alternativas, que no tienen redes de seguridad, ni educación, ni familias con posibilidades de salvarlas. Mujeres que están solas, que no sonríen para la foto, que nunca se han tomado una selfie porque en la lucha por sobrevivir no hay tiempo para posar.