Amuleto

Llevaba un rato fragmentado pero todavía se sostenía en el alfiler. Diana me lo regaló, entero, porque anticipaba que venían malos tiempos. Tenía un rato lidiando con malos entendidos en el trabajo. Para ese momento ya sólo iba dos días a la semana a la escuela. De todas maneras, los problemas eran gordos. Entonces Diana insistió en que conservara el llavero, por si las moscas.

Unos meses después renuncié a mi trabajo como profesora. Fue la intensa terquedad de creer en mis ideales la que me hizo poner el corazón fuera de lo que me parecía un hogar. Quizá el amuleto sirvió para que no terminara disgustada con mis jefas. Quizá el amuleto fue lo que impulsó una nueva oportunidad. Sí, el amuleto se encargó de lo posible.

El amuleto compartía anillo con las llaves de mi casa y la de casa de mis padres. Ahora que lo pienso, convivió con tres hogares distintos pero jamás perteneció definitivamente a uno solo. Siempre fue la bisagra de dos hogares: el que albergaba lo que fui y el que asistía a la que sería.

Fue hasta que estaba de paseo en Culiacán que advertí que al amuleto se le comenzaban a caer los fragmentos. Pensé que podría pegarlos cuando volviera a la ciudad. De tal manera, me dispuse a guardarlos en una bolsita.

Fue hasta que decidí comenzar a poner orden que volví a ver los fragmentos del amuleto. Una pieza gruesa aún se aferraba al alfiler. Del extremo inferior colgaban unas tiras de chaquira azul. Casi toda la estructura flaqueaba. Ni siquiera han pasado tres años de que me lo obsequiaron.

Fue hasta que puse los pedazos en una bolsa de basura que entendí que nada depende de un amuleto por mucho que éste penda de mi mano. Luego dudé. Rebusqué en la bolsa hasta recuperarlo. Separé el alfiler de la argolla. Ella podría ser útil para un nuevo comienzo.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.