Desorden

Hasta antes de su último ingreso al hospital, mi abuelo Elías llamaba a casa para saludarnos. Siempre hacía la misma pregunta: “¿qué estás haciendo, Alejandrita?” Todas las veces contestaba, con fastidio: “arreglo mi cuarto”. A veces se anticipaba y preguntaba si ya había terminado de arreglar mi cuarto porque, parecía, me tomaba mucho tiempo.

Y no, abuelo, sigo sin terminar. Lo peor es que ahora vivo sola en un departamento que me gustaba más cuando estaba vacío. Llegué yo y atrás de mí el barullo que es mi existencia. Alguna vez me visitó el orden pero se esfumó en breve. Recuerdo con cariño la vez que mi familia hizo una intervención amorosa para que yo viviera más como persona y menos como el bulto triste en que me había convertido ese invierno.

Al día de hoy, he dejado que se acomode la pereza. He hecho del presente pura acumulación. Es más, de mi cuarto se ha trasladado a la oficina, incluso a mi cabeza. Bah, ni te cuento el caos que es el aparato crítico de mi tesis de licenciatura.

Mi terapeuta insiste en que el desorden es signo de depresión pero puedo decir que no me había sentido mejor que ahora. El desorden es mi signo, mi rutina. Basta mirar mi escritorio en la biblioteca para advertir que no estudié biblioteconomía ni bibliotecología. Incluso habiendo estudiado filosofía, no hay cosa que anhele con más vehemencia sino tener ideas claras y distintas. Imposible: mi cabeza es idéntica a las madejas que Cosette enreda por el departamento.

Algunos han intentado justificar mi tendencia al desorden con rasgos de genialidad que para mí permanecen ocultos. No soy más que una persona ordinaria y desordenada. Mi mamá puede dar fe de esta descripción.

De todo esto pienso que soy una idiota. Que en vez de procurar el orden debí conversar más con mi abuelo. En una canción, Debbie Harris dice “human things are stupid things when we’re young”. Estoy de acuerdo.

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