Llueve, llueve…

Le dije que no entendía porque una ciudad que no conocía me hacía pensar tanto en él. Había pasado menos de 24 horas en una ciudad que aseguraba extrañarme. Era raro.

Viajar a Alemania había sido un sueño de la universidad. Estaba obsesionada con el idioma alemán y los filósofos teutones. Soñaba con tener un Eierpikser como el del profe Michael Roth y poder cocinar unos huevos tibios perfectos. En ese entonces había trazado el plan perfecto rumbo al éxito: sería doctora en filosofía a los 30 años, egresada de la Universidad de Humboldt. En el peor de los casos, estudiaría en Bonn. Es un grave error creer que la vida es algo que se planea con tanto rigor.

Por supuesto, nada de eso pasó. Es más, quizá debería avergonzarme reconocer que ni siquiera me he titulado de la licenciatura. Un día sentí el abrumador peso de las expectativas y decidí deshacerme de ellas. Claro que todo eso implicó un grado de decepción en aquellos que sabían de mis planes. Supongo que es el precio que se debe pagar cuando se espera algo. Hace tiempo que vivo sin expectativas. Todos deberían intentarlo.

Por otra parte, vivir sin expectativas tuvo el alto costo de no haber planeado la visita a Berlín y simplemente ser espontáneos. Por suerte anduvimos casi siempre con Maria que podía orientar nuestra ruta de la manera más eficiente. Creo que agotamos todo el Berlín del Este.

Estar en una ciudad que habitaba el futuro de mis sueños sepultados pero encontrar referencias de un presente insospechado me causó inquietud. La familiaridad y el extrañamiento fueron sensaciones que se alternaban con mayor frecuencia que la noche y el día. Me intrigaba saber qué hallazgo me conmocionaría a la vuelta de la esquina.

Ayer por la tarde le decía a mi mamá que me pudrió muchísimo que el último día en Berlín no hubiera parado de llover. Fue terrible no haber visto de frente la Puerta de Brandeburgo ni recorrer el Holocaust-Mahnmal. Al menos pasé en bus junto a la Siegessäule y la vi radiante en ese jueves nublado. Mi mamá no desperdició la oportunidad de cantar unos versos de “Berlín”, de La Unión. De inmediato mis ojos se nublaron, recordando con el corazón encogido la nostalgia que evoca la voz de Rafa Sánchez en la versión en vivo que recoge el álbum titulado Tren de largo recorrido. Entonces volví a pensar en los planes desechados. A lo mejor esa canción era un advertencia de lo que no alcanzaría a cruzar los 10 metros del frío canal.

Luego mi mente se devolvió al viaje. El cielo sobre Berlín no paraba de precipitarse sobre nosotros. Qué frío tuve ese jueves, con los tenis empapados y un resfriado que no cedía. Habíamos alcanzado a ver impactos de bala en iglesias destruidas. A la noche descubrí las placas que recordaban a 6 judíos que habían vivido en las inmediaciones de Friedrichshain-Kreuzberg. Entonces pensé que una ciudad cargada de memoria podía estar embarazada de posibilidades. Berlín esta cubierta por un manto capaz de hacer de la potencia un acto.

Después de esta publicación, el algoritmo que nos gobierna me sugerirá tomar un curso de alemán en Berlín, o precios espectaculares para tomar un avión y poder ver lo que quedó pendiente. Lo cierto es que lo que aferro a mi corazón es la frase que encontré en un costado del Kino Intimes:

A veces las posibilidades se escriben en los muros.