El Prisionero

Ilustración: Boreal Arburola (Art Boreal). 2016.

El relieve siniestro acaece algo irritado y despierto, da unas cuantas vueltas mientras medita en su celda; esa prisión infinita sin sabores ni colores que absorbe lo que queda de combustible. El pecado es juzgado por figuras de plástico y cobre que se revuelcan en el fango mundano de lo cotidiano, barajando el destino con desidia y resignación; en apariencia nada extraño pasa por si sólo, los accidentes no existen cuando la Luna se arrepiente de haber exagerado sus orgasmos.

Agachando el enojo, conteniendo los embates labriegos de un pasado frustrante y un presente inconstante mientras el bufón nos respira en la nuca, sonriendo y burlándose del destino; al filo, a la carta, hacia el nuevo aposento fraccionado que reclama descanso y algo de vino, vino tinto; vino blanco; cualquiera que embriague y entorpezca los puños que se resisten a descansar, apaciguando tanto los cartílagos dulces como los fisurados.

El reptil no se inmuta ante el clima, redondea lo mediocre y lo convierte en fricción con sus escamas escarlata; ondulando, serpenteando y obstaculizando el paso de cualquier esclavo insufrible. La lista se hace más larga mientras el juez suelta su berrinche y pide algo de orden en la sala, el juicio y el veneno se citan al mediodía; a firmar cada quince días; disimulando las cicatrices de aquella noche incendiaria donde el placer de lucrar fue sustituido por la licencia para matar.

La vela posa corta y sufrida, dilatada a punta de brindis con whiskey y ajenjo; celebrando acontecimientos mundanos que rebosan la alquimia inútil de mil condolencias hipócritas. Levantando el estandarte de los falsos y los inútiles, mientras las facturas ruedan y el pueblo paga; el rubro de la política y lo ambiguo se dilata hasta que amarra el producto interno bruto del pueblo esclavo que finge no darse cuenta que al procrear, su descendencia esclava no tiene otro destino más que pagar las deudas ajenas; el pasajero nace prisionero y la serpiente saborea su veneno mientras los gritos de libertad se ahogan, se apagan y yacen huérfanos en el fango sin poder respirar.