Raly Barrionuevo: tracción a sangre


por Alejandro Wierna

Un largo camino sin pavimento zigzaguea mientras va cortando pequeños pedazos de tierra; en otra época del año probablemente el paisaje sea verde, pero ahora, la lluvia y el otoño tiñieron todo de marrón. Hay mucho barro y ninguna clase de señal que indique hacia donde conduce esa vía. El trayecto estrecha las localidades de Mendiolaza y Unquillo, en la provincia de Córdoba, y si continua, con desniveles pronunciados y torpemente, se puede llegar hasta Cosquín. Allí vive el Raly. En una zona muy calma y con una tranquera similar a las que ilustran la “ruta”. Podría ser aquí, o a 50 metros, o tal vez a un par de kilómetros. Nada cambiaría su forma de vivir, la sencillez con la cual se sienta a mirar su amplio patio y a tomarse unos mates. “Mis vacaciones son estar en mi casa, y de acá no me mueve nadie”, dice de manera tajante mientras da inicio a la leve pendiente de confianza que comenzará a ascender hasta llegar al nivel más amistoso, cuando hará chistes, reversionará canciones y compartirá teorías sin basamento científico que se le ocurren en una de esas tantas tardes que disfruta de su hogar.

La temporada festivalera pasó, y llega el momento de tomar decisiones, de optar por componer, grabar un disco, o tomarse el tiempo para aplacar las ansias de algún hobby, como viajar por ejemplo. Pero nada de eso ocurre con él, admite no disfrutar los viajes y haber encontrado su lugar en el mundo en Unquillo, tocando su guitarra criolla y compartiendo con amigos. Manejando los tiempos que le permita la agenda y soltándose a la curiosidad instrumental. “Yo para lo único que viajo es para tocar, no soy un viajero ni disfruto estar mucho tiempo fuera. Adoro y amo los caminos, que me parece que pueden ayudarte a crecer y a comprender muchas cosas, pero no tanto el viaje. No conozco Europa ni me interesa, creo que el camino está ligado al movimiento de cada uno, y no tiene que ver puntualmente con una cantidad de kilómetros”.

¿Los padecés? Quitando la gratificación de la gente que va al show

Sí, si estoy en el marco de una gira y tocando, sí estoy feliz. Pasa que sé que ese es el objetivo que me lleva ahí. Además puedo conocer gente y pegar una ojeada a algunos lugares. Me apasiona charlar y ver las cosas que están buenas, las luchas, los dolores y las particularidades, pero eso no obedece a la topografía del lugar, es algo que va mucho más allá. Si conozco varios países latinoamericanos es porque me invitan a tocar. Soy feliz cuando estoy con mi grupo y me puedo subir a un escenario, saliendo con eso…vamos a la China cuando quieras. Pero después me vuelvo, no disfruto las playas por ejemplo, dos días sí, si me tengo que quedar 5 me corto los huevos (risas). No quiero estar paseando y sacando fotos, porque todo eso me distrae, y si no estoy tocando o haciendo lo que me gusta termino fastidiado.

Pero a Rodar lo compusiste con un cuatro, instrumento al cual llegaste por un viaje

Es verdad, tengo una curiosidad por los instrumentos, supongo que le pasará a todos los músicos, pero me interesa mucho el mundo culturalmente hablando. Lo que pasó con Rodar fue que me paré de otra forma ante las canciones, se generó un concepto de cosas acumuladas, y las composiciones salieron desde el cuatro. Yo había viajado a Caracas a tocar, y tenía la intención de comprarme uno, ya que estaba ahí, como un souvenir, y un venelozano me acompañó a buscar un lugar, pero estaba cerrado, la cuestión es que se movió por su cuenta y me trajo uno de regalo al hotel. Lo interesante fue que dentro del estuche trajera un método que enseñaba las cosas básicas, y ya desde el avión me puse a boludear, y el mismo desconocimiento hizo que comenzara a improvisar en melodías nuevas para mi. Fue hermoso y terminé haciendo un disco entero con eso. Ahora le tengo más respeto a esa curiosidad, y lo llevo para todos lados.


Sobre preconceptos y definiciones

La figura de Raly genera un juego inevitable, que es el de tomar una posición con respecto a dónde se lo va a ubicar. El consumo musical, de la mano de la rotuladora, parece estar muy mal aprendido, y lleva a la observación de esperar que un movimiento alerte algo que permita complementar esa lectura incompleta. Pero él no tiene ese conflicto, no se detiene a preguntarse qué porcentaje le falta para completar tal o cual imagen y se autodefine sin titubear: “no hace falta ser un erudito en cuestiones folclóricas para darse cuenta que soy un cantante de folclore. Tengo un color personal en la voz, pero es eso lo que soy. Yo me hice fuerte desde esta música, es lo que hago, y si hoy puedo compartir cara a cara de manera natural con algunos músicos que tocan rock, es porque me gané un lugar aquí. Si yo hubiera inclinado mi carrera para ahí, si desde la adolescencia hubiera elegido tocar rock, ni en pedo hubiera llegado hasta acá”.

Pero lo cierto es que el tire y afloje de los rótulos también vino de la vereda del folclore, donde de alguna u otra manera se hicieron corriente los términos “folclore joven”, o “nuevo folclore”, por su coqueteo con una apertura instrumental y rítmica que lo llevó a enriquecer sus canciones, y a darle fuertes contrastes que -afortunadamente- lo ponen en distancia de ciertas estructuras homogéneas y esperables. Ya desde El principio del final, su álbum debut publicado a mediados de los noventa, cuando tenía tan solo 23 años, es posible encontrar que la impronta emana un aire fresco y renovador. Y esa búsqueda se termina de potenciar en Ey Paisano, un disco fuerte, con una madurez suficiente como para influenciar a una nueva corriente de músicos que empezaba la década del 2000 liberándose de prejuicios y de estructuras condicionantes.

Una oportunidad concreta para avanzar hacia ese sentido se dió en 2009, cuando grabó un disco de canciones clásicas del folclore que lo marcaron durante su infancia. Conectado a una fibra emotiva muy fuerte, decidió homenajear aquella herencia musical que lo formó. El álbum se llamó Radio AM, y fue ensamblado a dueto con la pianista Elvira Ceballos.

“A Elvira la conocí gracias a un festival que organizó el Rotary La Cañada, aquí en Córdoba, era un show para un teatro donde iban a entregar becas para gente con capacidades especiales apostando a la inclusión. A mí me llamaron para tocar con un grupo de mujeres ciegas y ahí estaba ella. Me causaba mucha gracia porque lo llamaba “el festival de lo difícil”, es una mujer muy fuerte que tiene además problemas en los huesos y te mira desde su silla de ruedas y te dice “¿cuál es tu problema?”, y te das cuenta que a veces te deprimís como un boludo por cualquier cosa. En ese momento comenzó nuestra relación, y fue creciendo mucho, ella colaboró en dos discos míos (Ey Paisano y Noticias de mi alma), y nos propusimos a grabar unas canciones que nos gustaban. Fue muy natural esa comunión, ni siquiera ensayamos, nos juntabamos a tocar y a grabar, a tocar y a grabar. Fue algo hermoso”.

¿Creés que cantar esas canciones te puso en otro lugar? Digo, ante tu mismo carrera

La verdad es que hay una forma de interpretación que yo nunca había sacado hasta ese momento. Una forma de cantar más ligada al canto criollo, si se quiere. Se ve que estaban guardadas ahí en el inconsciente, porque realmente no sabía que las podía cantar de esa manera. No me lo había propuesto nunca antes, y son canciones que escuché desde la más tierna infancia, las cantaba mi papá, mis tíos. Lo disfrutamos mucho, y siempre imaginé que tenía que ser un disco doble, pero no lo pudimos hacer por cuestiones de presupuesto. Ahora por suerte las cosas están diferentes, pasó el tiempo y estamos en condiciones de hacerlo. Vamos a grabar este año el volumen 2, y así saldo una deuda que tengo, y de paso me doy el gusto de cantar las canciones que tanto me gustan.

Elvira es no vidente y tiene una inmensa trayectoria a sus espaldas como maestra y generadora de cultura. Desde hace más de 50 años enseña música a otros ciegos, y traduce partituras al sistema de lectura Braille. Ahora es el turno de Raly, quien se decidió a formalizar algunos aspectos y a estudiar de la mano de ella para tener ambos recursos: la calle y la escuela. Tal vez todo esto sea resultado de la fascinación que le dió ver los conocimientos de Yusa, la cantante cubana con la cual tejió una relación musical muy estrecha, compartiendo vivencias y varios destinos. Ella estuvo involucrada en la producción de su último disco, y destelló sobradas muestras de lo que una formación continua puede lograr si se combina con la enseñanza de la vida, de los desvelos y los encuentros.

Sin embargo, Raly entiende que la historia se evidencia en cada acción, y que hay algunas cosas que no se pueden obtener de otra manera: “Todo músico que haya mamado unas raíces va a poder terminar tocando un instrumento, porque en definitiva es una herramienta. El mensaje no está en el instrumento, está en la persona”, defiende con una seguridad convincente. “En la mano derecha de un músico, bueno de los que rasguean porque en los pianistas es la izquierda, está la raíz de uno. La otra puede tener la búsqueda y la improvisación, pero la verdad está en la mano derecha. Ahí está la sabiduría, la historia de uno, los abuelos, las fiestas a las cuales fuiste de chico. Sebastián [N. de A: Salles, también oriundo de Frías], nuestro bajista, no podría tocar así si antes no hubiera tocado el bombo, o no hubiera rasgueado una chacarera. No se aprende fácil todo ese misterio que tienen los patios, las reuniones y ensuciarte las patas mientras compartís con amigos”.

Cuando la confianza alcanza un buen grado de plenitud, Raly se muestra suelto, baja las defensas de la timidez y usa el lenguaje más coloquial que se le puede pedir. Hace algunos chistes, canta y deja entrever que hay una inocencia que jamás se perdió, que no es necesario tener soberbia ni ataques de ego o vanidad. Es un joven de 42 años que no está en ese berretín de tirar postas y querer pasar un legado de lo que la vida le enseñó. Pero internamente sí siente un punto de ebullición que lo inquieta, repasa con ojo crítico sus propias letras, y se volcó de lleno a la lectura. Comenzó a escribir cuentos, y se proclama en contra de destruir el lenguaje desde la pronunciación, por el solo fin de forzar una melodía cantable. “Es algo que no me puedo perdonar, hay muchas canciones donde no tuve ese cuidado. Pero igual ya está, ya pasó, de hecho ahora con los años veo un poco mi carrera y lo que escucho y se me metió una idea en la cabeza. No diría que es una teoría, pero es algo que pienso y que hasta aquí tiene sentido, y es que las composiciones de los artistas que trascienden, son las escribís entre los 20 y los 32 o 33 años”.

¿Cómo sería eso?

Así, como te digo, que las canciones que trascienden, es decir que sobreviven al paso del tiempo y llegan a las personas se componen a esa edad. Con trascender me refiero a que las pueda silbar alguien y ni siquiera saber a quién le pertenece. Obviamente después podés hacer canciones y discos geniales, pero no van a tener la misma trascendencia. Si no las hiciste en esa etapa estás en el horno.

¿Y en qué basas tu teoría?

Nombrame un autor. [Ante el silencio, prosigue] Fijate la carrera de Silvio Rodríguez, de Jaime Roos, Peteco [Carabajal], Bob Dylan.

Vos ya pasaste esa edad ¿tenés miedo o te frustra?

No, ya está, yo ya hice Chacarera del exilio, Zamba y Acuarela (risas), ya está, yo ya cumplí.

Nombraste a Dylan, ¿fuiste consumidor de rock?

Sí, totalmente. Mirá, la cosa es así, yo me crié en Frías con la música que grabé en Radio AM, listo buenísimo, es una de las músicas más hermosas que existe en todo latinoamerica. Pero lo que me pasó fue que al llegar a la adolescencia, que es una edad donde uno necesita una contención que muchas veces falta en casa, esas canciones me fueron quedando cortas. No las subestimo, pero esas chacareras tradicionales ya no me hablaban de la realidad que estaba viviendo. Fue una edad de crisis, donde comencé a rescatar cosas de otros lados. Iba a los boliches con mis amigos y escuchaba a Charly García, o a Soda Stereo, o a Spinetta, y sus canciones me eran mucho más cercanas que la Chacarera del sufrido. Yo flasheaba, me quedaba escuchando y no sabía ni que era “revolución”. Ahí comenzaron a aparece muchas preguntas nuevas que no me hacía hasta entonces. Y lo cierto es que no teníamos en casa para reproducir esos discos. Los escuchaba afuera, en un boliche, en un bar, en la casa de amigos. Nunca entendí de donde los sacaban.

Un día estábamos en la casa de un chango, ahí en Frías, y pone un disco con una música que me llamó muchísimo la atención. Era folclórica, pero tenía algo raro, una voz fuerte y mucha potencia. Era MPA [Músicos Populares Argentinos], tocaba Jacinto Piedra y tenían una batería, te juro que no entendía que mierda era eso. Al tiempo se separan, y Jacinto se viene con Peteco y arman Santiagueños, era como su vuelta a la provincia con un proyecto nuevo. Tocaban en las escuelas “llegan de noche…” [canta Te voy a contar un sueño], y se me ponía la piel de gallina, no podía creer que con la música folclórica volviera a sentir eso. Era una cosa fresca que me hablaba de cosas que me interesaban.


Luchas sociales y el nacimiento de un compromiso

La salida de Transmisión Huaucke, el disco que grabaron Peteco Carabajal y Jacinto Piedra en el año 1987, bajo el nombre de Santiagueños, fue una verdadera bisagra en la historia del folclore contemporáneo en el país, ya que signó el ingreso de un nuevo caudal de jóvenes que comenzaban a interesarse por esta música. Raúl Eduardo Barrionuevo, Raly, fue uno de ellos. Tres años más tarde abandonaría su Santiago del Estero natal para radicarse en la provincia de Córdoba. Una ilusión y la apuesta fuerte de confiar en sus canciones lo llevaron a empezar un largo recorrido que lo vincularía con peñas, con universidades, con jóvenes que mantenían una lucha concreta de reivindicación de diversas problemáticas sociales. El Duende Garnica y León Gieco fueron dos personas cruciales en este recorrido, de los cuales se hizo amigo, y con mucha admiración aprendió a rescatar la participación y la mirada crítica que siempre los caracterizó.

Barrionuevo apoya la lucha del MOCASE (Movimiento Campesino de Santiago del Estero), que es una organización formada en la década del noventa para reivindicar los derechos de los campesinos y defender la posesión de las tierras, mientras busca mejorar las condiciones de vida de las familias campesinas que allí residen. Participó de la Universidad Trashumante, que trabaja desde la educación popular con la idea de formar maestros campesinos que conozcan la problemática, y defendió públicamente casos emblemáticos como el de Ramona Bustamante, una campesina del norte de Córdoba que fue desalojada por una empresa sojera luego de que viviera en esas tierras por 80 años. También demostró un sólido respaldo a la lucha contra las actividades mineras en Andalgalá, provincia de Catamarca.

“Yo escribí canciones literales, como Ey Paisano u Oye Marcos, pero en general suelo ser bastante enemigo de la literalidad, no me copa tanto y pienso que se puede abordar desde una construcción más poética, o metafórica. Eso también es la verdad de la existencia, y le creo mucho más a la poesía que a la realidad misma. Le da un condimento al mundo. Creo que la mejor forma de participación es estando, formando parte de las luchas. A mi la injusticia me pone para la mierda, hace unos días estuve tocando acá en Argüello en un asentamiento que está rodeado de infantería, porque están por desalojar a unas personas. Y hay que ir y estar, sin tanta estrategia de ver dónde vas a tener más prensa, o dónde queda bien. Hay muchísimas personas que andan por abajo, de manera callada, escribiendo cosas muy fuertes. Yo trato de darles siempre un lugar, los llevo a compartir escenario y espero que puedan mostrarse porque de otra forma tal vez no llegarían, o sería muy lento todo”.

¿Te propusiste producir a algunos de esos músicos?

La verdad que no lo pensé tanto, no lo sé, de pedo me llevo bien con mis propios discos. Tendría que ver, podría estar lindo porque son experiencias para ambos, lo que volcás y lo que aprendés. Todavía no lo creo igual.

¿Sos metódico para grabar? Siempre trabajás en el mismo estudio, tal vez encontraste una costumbre o una relación simbiotica

No tengo un método, pero sí me gusta llegar y grabar. Definir las cosas rápidas. Hay algunas canciones que se cierran ahí, pero por lo general, las que están más inspiradas ya salen hasta con el arreglo y es cuestión de ir y grabarla nomás. Por lo general nacen de una forma, aunque pueden terminar de formarse en el camino. Me ha pasado. De todas formas las más creíbles me parece que son las que nacen así y así son. Me parce que las terminás entorpeciendo por querer hacerle muchos arreglos.

Sos bastante práctico, no te volvés loco con los retoques

Sí, totalmente. Me molesta hacer muchas tomas. Siempre siento que la mejor es la primera, porque después tenés que dejar descansar todo un poco para volver a estar fresco para poder hacerla como te la planteaste. Y cuando tengo que grabar voces es igual, me pasó muchas veces de llegar y que me digan “a ver mandá una voz de referencia para que tenga el tema”, y darme cuenta que nunca más la voy a poder superar a esa. Todo se trata de comunicar y transmitir emoción. Hay que tocar la fibra desde las canciones, no hay mucho más misterio.

El paso del tiempo parece preocuparlo, y saca cálculos de que pasaron dos años y medio de su último disco. Está escribiendo algunas canciones, y se entrega a la incertidumbre de no tener un concepto en mente. Dice que así como invitó a Leo García en su momento, las canciones pueden pedir ese desafío y eso es algo que le atrae. Admite que le gustaría invitar a Richard Coleman, por quien tiene una gran admiración, pero minutos después deja desvanecer la idea y vuelve a la timidez inicial.


Lo que vendrá

Este año se cumplen 100 años del nacimiento de José Chango Rodríguez, un autor cordobés que nutrió al folclore de algunas de esas gemas que Raly reconoce como trascendentes e implacables. No resulta extraño que piense en homenajearlo de manera concreta, plasmando reversiones en un disco con aspiraciones antológicas que le huyan a la reivindicación nominal, y permitan reconstruir el camino del cantor aislado, que desde prisión convertía la miserabilidad de las penas en piezas coleccionables.

La obra de Rodríguez en sí, tiene su reconocimiento, en peñas y fogones es tomada como himno y dejan a las canciones ser, descontextualizadas, armoniosas, intensas. Pero lo que a Barrionuevo le atrae es la prosa, la impronta de un tipo que fue capaz de cantarle a distintos paisajes del país, y a las problemáticas sociales que padecían los trabajadores.

Otro autor digno del fetiche en los días de soledad de Raly es Luis Franco, un escritor catamarqueño con fuerte carácter libertario. Otro más de los encuadrados en el reconocimiento tardío, y en la inmortalidad de las placas de bronce. El nombre de Franco volvió al eje de acción cuando sus osamentas fueron acarreadas nuevamente hacia la ciudad de Belén, hace algunos años. Sin embargo, detrás de ese sustantivo que hoy remite a una biblioteca popular, se esconde la obra de un poeta que, sin pelos en la lengua, se opuso a la opresión social, clerical y filosófica.

Pero Franco no sólo escribió libros como La hembra humana, que le costó el enojo de la iglesia, y el enfrentamiento con sectores conservadores de una de las provincias más católicas de la Argentina, sino que también pasó a los hechos, al encabezar una rebelión agraria en busca de la dignidad de los campesinos ante derechos impostergables como la tierra y el agua. Terminó en la cárcel, negado para siempre por la prensa caudilla, y muriendo pobre y exiliado. Su legado ronda los 50 libros, donde es posible obtener de fuente directa las luchas y cosmovisiones de la vivencia bucólica de codearse con el proletariado.

Probablemente el autoencierro y la reflexión intensa de Raly resulte llamativa y presurosa, pero pocas dudas quedan, al escuchar la pasión con la que cuenta todo, que esta alimentación y revisionismo forman parte de un proceso que indica que algo está por llegar.

*Publicada en revista Rock Salta N° 20.