Todo; y nada mío.

No te mides ni tengo que calibrar mis palabras ni mis actos porque cumplimos a rajatabla la presunción de inocencia. Tengo la certeza de que cuando me preguntas qué debes hacer es porque quieres mi consejo y no una excusa. Buscas mi opinión y no mi permiso.

No me necesitas para volar. Eres, has sido y serás esa persona que se come el mundo a grandes dentelladas. De vez en cuando, nos miramos a los ojos con las manos llenas y la sonrisa amplia e intercambiamos los bocados. Me encanta el sabor de tu mundo.

Me gusta que caces tus sueños y que me animes a perseguir los míos y, sobre todo, me gusta cuando los compartimos. De esta manera, vivir es un banquete que no acaba.

Tu forma de mirar es radicalmente distinta a la mía. Tenemos tantas semejanzas como diferencias y nos gusta celebrarlas todas. Los nexos de unión nos hacen fuertes y los de desacuerdo, imbatibles. Juntos, tenemos el doble de puntos fuertes.

Eres una naranja entera y, por eso, podemos combinarnos de mil formas para inventar nuevos sabores. Vivimos el doble porque no somos mitades. Tenemos vocación de infinitud. Y es que contigo adaptarse nunca ha significado restarse ni partirse, sino sumarse.

Tienes tu mundo propio y yo tengo el mío y entre los dos hacemos explotar universos. Y aunque los dos miremos a la vez y al mismo punto, vemos cosas diferentes. Contigo aprendo otras formas de llenar mis ojos.

Eres tan grande que nada te gusta más que verme crecer. Porque te gusta mirar mi espalda cuando, en cualquier ámbito, avanzo más rápido que tú. Porque, si me esperas, es porque te apetece caminar conmigo y no porque sientas que te falto.

Todo tu afán es que mi vida conserve todos sus colores. Añades una paleta nueva, pero no manchas mi cuadro con ella.

Que el amor no es un lazo que ata sino una onda que tiende a la expansión centrífuga. Y, en su loca trayectoria, hace del mundo un lugar mucho más brillante.

Porque eres libre. Porque nunca me has dicho “te necesito”, “no podría vivir sin ti” . Conoces mis defectos tan bien como yo y, sin embargo, apuestas por mí. Yo conozco los tuyos y nunca había tenido tan claro que alguien merecía la pena.

Me gusta que, cuando discutimos, lo hagamos para llegar a conclusiones y nunca para atacarnos, jamás para controlar al otro. Que tu amor sea tan generoso y brillante que no necesites entenderme del todo para respetarme. Que nos reconstruyamos a diario para ser mejores.

Me animas a equivocarme porque sabes que así aprenderé, y sé que me echarás una mano si la pido después del tropezón, pero que vas a dar por hecho que no te necesito para levantarme.

Eres brazo, hombro, cerebro, pierna y sonrisa. Eres todas las cosas. Y ninguna es mía (ni quiero que lo sea nunca, no quiero quitarte absolutamente nada), pero todas están conmigo.