Plátanos maduros.

“Scott, vaya tráigame los plátanos”; le ordenó en broma mi papá al perro que meneaba la cola esperando que le diéramos más bien un pedacito de maduro, el bocadillo con el que siempre cerramos las comidas en casa.

Nos lo dieron para cuidarlo temporalmente hace dos años porque la dueña enfermó y ya no podía con él. Un poodle pequeño, con una mancha castaña clara en el lomo, del cuello a la cola, pero se volvió inquilino permanente.

Ya traía ese nombre, aunque a mí no me gustaba. Como las mascotas no entienden palabras, entonces le cambiaba el nombre cada tanto, porque ellos interpretan, pero no hablan, como muchos desean creer. Uno no escribe “waf, waf” en el traductor y se traduce como “fuera intrusos este es mi territorio”, o como un “te quiero”. Eso interpretamos nosotros cuando se echa a los pies o cuando pide caricias golpeando suavemente nuestras manos con las patas o el hocico. Demostrar cariño en lugar de andar diciéndolo, eso se puede aprender de las mascotas.

Luego de bromear con que volvería con el plato en el hocico hasta la sala notamos que se fue sigilosamente.

“¿Qué se hizo?” “¿Se salió?” “Scott, Scott”. Poco después volvió a aparecer por la sala, moviendo la cola.

A los minutos mi papá se levantó, ahora sí, él, para ir por los plátanos maduros. Para su sorpresa, al llegar a la mesa encontró el plato de los maduros vacío. Nadie había cogido aún. ¿Qué pasó?

¡Pasó que el perro se subió a una silla, luego a la mesa y devoró medio maduro cocinado en dulces rebanadas! Ahí estaban varios pelitos blancos como evidencia en la mesa y la silla.

No pudimos más que reír y reír por la coincidencia de la “orden” inicial y por la astucia del perro para conseguir eso que tanto quería comer.

Un grito ahogado, susurrado, amargo, “Maaarthaaa…”, escuchamos a mi papá llamar desde el portón. Inmediatamente percibimos el sabor agrio en la voz. Todos salimos, despacio, no asustados, pero recelosos.

Otro día alguien salió a la pulpería y el perro se escabulló antes de que se cerrara el portón. Al volver cerró con llave y el cachorro anduvo orinando los árboles de los vecinos un rato hasta que volvió al portón y se quedó sentado ahí, viendo para dentro hasta que mi hermana lo vio y fue a abrirle. “¿Scott está afuera? ¿Cómo se salió? Jajaja.”

Todas las noches salía a caminar con mi papá. Escribo que “salía a caminar con” porque en realidad no lo llevaba amarrado, iba sin correa, pues no se alejaba, porque era obediente y miedoso. Al volver entraba corriendo y jadeando buscando su taza con agua.

Indiferencia, malparidismo, valeverguismo, puravidismo, costarriqueñismo, mierdismo, hijueputismo, careverguismo, infelicidad, miseria humana. Lean esto como una seguidilla de ladridos furiosos con los colmillos blancos mordiendo el vaho caliente de cólera, tratando de explicar la actitud del ser que atropelló a Scott.

Dos metros se adelantó a mi papá para cruzar la entrada del callejón. La misma detestable entrada donde me asaltaron, dos veces. Dos metros para tomar impulso y saltar de la acera al asfalto. Dos metros y un ser humano dobla para entrar sin fijarse y pasa por encima de Scott. Dos segundos después y hubiera atropellado a mi papá, no al perro.

En las noches buscaba el cuarto de mis papás, empujaba y arañaba hasta que le abrían para subirse (que lo subieran, porque el enano no alcanzaba) a la cama y pasar ahí la noche.

Anoche no pude evitar derramar algunas lágrimas escuchando la canción canina nocturna del vecindario sin las notas del perro ausente.

Hoy en la mañana mi papá lloró, afectado. Anoche se le quebró la voz llamando para que le abrieran mientras sostenía a Scott en sus brazos, que murió mientras recorría los cincuenta metros de distancia que hay del callejón a la casa.

Durante del almuerzo aun había suficiente de la sopa de pescado que cociné anoche, así que mi mamá sólo preparó medio plátano maduro, como siempre, para el final.
Hoy ninguno de nosotros quiso, pudo, comer plátano maduro.

Eso era, no hay moraleja, ni mensaje final. Sólo necesitaba desahogarme, porque en la vida real los sentimientos no se me dan con facilidad como aquí, en esta hoja que es como un pañuelo blanco.

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