El progreso

Desde hace bastantes años, las vacaciones de Semana Santa han sido la época en la que más he desconectado de la tecnología.

Mi grupo de amigos solemos irnos a pasar un par de días o tres a la caseta que tiene uno de nosotros en el Pla de Corrals, un pueblo perdido en medio del monte valenciano. No hay ni Internet, ni datos en el móvil, ni cobertura si quiera. Así que los días que pasamos allí lo hacemos sin preocuparnos de Whatsapp, ni Twitter, ni Facebook. Y, para qué engañarnos, en su justa medida incluso sienta bien.

Total, que este año llega una vez más la época de ir para allá. Los días previos ya era tradición pasarlos avisando a unos y a otros que iba a estar unos días ilocalizable, porque no quedaba otra: iba a un lugar perdido en medio de la nada, así que era casi misión imposible contactar conmigo. Sí que es verdad que en caso de emergencia siempre quedaba la opción de bajar al pueblo, ir al bar y pedir que nos dejaran utilizar el teléfono fijo, pero desde luego no era lo normal.

Nada me hacía pensar que este año iba a ser diferente, así que imaginad mi sorpresa cuando llevando un rato allí ya, entre cerveza y cerveza, empieza a vibrarme el móvil. Al sacarlo del bolsillo, me encuentro con una notificación de una nueva mención en Twitter. Y, al mirar la parte de arriba de la pantalla, veo el móvil con la cobertura al máximo y señal 4G.

No pude evitar echar un vistazo a mi alrededor y reflexionar como, incluso en ese paisaje montañoso en el que todo parecía siempre igual, progresaba la tecnología. Como aquel paisaje, que parecía igual que ayer, estaba en realidad más cerca de mañana

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