La vida es la misma siempre. La estructura de los días y las horas no rige la condición de la existencia. Da igual si es sábado o miércoles si sólo se trata de sobrevivir o de entretener nuestro cuerpo hasta su momento de muerte. Trabajamos para después no hacer nada, para mantener las cosas como están. La transformación se ha quedado sola como un concepto exclusivo de los rebeldes o de las artes, dos agentes que hoy no tienen nada que hacer en la monotonía de los miedosos. Buscamos alientos porque no los hay de manera natural. Despertamos con relojes automáticos para obligarnos a continuar en un juego donde ya todos perdimos. ¿Para qué estamos aquí? Estamos frente al espectáculo de nosotros mismos, fingiendo que hay cosas que apenas comienzan cuando en realidad son los resquicios de una vieja actitud de vanguardia. Todo está terminado. Las narrativas se devoran entre ellas para gestar monstruos que nos entretengan mientras nada real sucede. No hay tragedias porque ya no sentimos dolor. No hay alegrías porque sabemos que todo va a terminar. El estadio mortal se abarrota solo cuando alguien más será de antemano sacrificado. Nos queremos ver morir. La espera, el tedio. Buscamos ampliar el horizonte de nuestros sentidos para comprobar que seguimos vivos, no para perfeccionar nuestro contacto con el mundo, porque ya no estamos en el mundo, sólo lo ocupamos. No somos mundo. Encerrados entre tierra y nubes. Sin tiempo ni espacio para escapar. La vida se va haciendo dura. Embarnece con violencia, se hace vieja rápido y pretende que todos repitamos el dolor pasado. Aprendemos sólo cuando se apagan las canciones de cuna. El problema es que queremos aprender la novedad para volver a ese momento de comodidad, donde nada duele. El autoengaño le da presupuesto al programa de repetición ciega. ¿Vivir para repetir? Espejos, durabilidad, permanencia. La vida es la misma siempre.

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