Todos los días pienso en la muerte. Imagino todas las fases del hipotético caso. Sería el habitual: medio kilo de pastillas, unas cartas, el trámite judicial, el protocolo funerario; al final, una pena que se diluirá del dolor a la vergüenza. Pienso también en lo intrascendente de un fenómeno repetitivo de la cobardía moderna. Nada pasaría. La idea del suicidio también está muerta. Es un signo vacío, casi insignificante. ¿Por dónde salir? ¿Cómo escapar? Merodeo en acudir a la estupidez o en atender la pérdida de la consciencia, pero no es una opción para la voluntad negativa. Se me va de las manos escoger ya no vivir. Quedo atrapado entre un deseo y la imposibilidad de satisfacerlo. No creo más en la humanidad ni en lo artificial. Ya no se activan los viejos fetiches, no se prenden las alarmas. Espero que todo pase rápido, sin ejercer fuerzas innecesarias. Espero mañana volver a pensar en la muerte y encontrar no una cura sino la epidemia que le dé fin a este innecesario espectáculo.