El Legado

“Plañideras” de Israel Plancarte. Óleo Sobre Mylar. @amouretc instagram

Josefina Guillén, la plañidera principal del pueblo, sabía que pronto llegaría su fin. No porque sus lágrimas se hubieran secado, por el contrario, éstas se mantenían inagotables después de décadas de uso a placer. No. Su edad ya era demasiado avanzada para dirigir los llantos de diez mujeres que formaban su ejército de llanto a pago y entre ellas, no existía alguna digna de sucederla. Hubiera querido heredar ese honor a alguna hija suya, tal y como ella lo recibió de su madre, y ésta a su vez, de su abuela, tenía un gran linaje de plañideras en su haber. Pero no era posible. A diferencia de sus lagrimales, su vientre no podría haber sido más infecundo y su descendencia nula. Al morir su esposo, siendo ella veinteañera, adoptó un riguroso luto, el más devoto hasta entonces. Y a pesar de que no pocos desearon conquistar la belleza inigualable que poseía, el recuerdo inviolable a su difunto marido, a quien dedicó todos y cada uno de sus comprados llantos, la mantuvo siempre con sus negras ropas y sus lágrimas a disposición de quien pudiera pagarlos.

Ella más que nadie sabía que ese trabajo no era fácil. Vivía en carne propia el dicho: “Enero y febrero, desviejadero”; pues todavía no terminaba de llorar a un difunto, cuando tenia que caminar sobre sus lagrimas unos cuantos pasos hasta la otra tumba y continuar con la tarea, que implicaba en ocasiones además de lágrimas, uno que otro quejido y para aquellos que pagaban la tarifa especial, un par de desmayadas al momento de ir bajando el ataúd. –¡Ay, tan bueno que era!–, –¡Cómo se nos fue tan joven!–, –El señor lo tenga en su santa gloria–. Eran esas, entre otras tantas, las frases que los deudos agradecen, a los curiosos sorprenden y a los metiches estimulan para que el chisme, regado como pólvora, ensalce hasta al más odiado u olvidado personaje del pueblo.

Las mujeres que poco a poco se habían sumado a la legión de lagrimales fértiles que dirigía, comenzaron por admirar su virginal viudez, siempre poniéndola de ejemplo ante las mujeres que olvidaban sin pudor los preceptos de la moral que les había sido enseñada por sus padres, herencia añeja que en el pueblo aún se encontraba vigente. Luego de admirarla, al encontrar en sí mismas las virtudes necesarias para seguir su ejemplo, una a una se fueron incorporando a la labor titánica de llorar en ocasiones por horas, de tener el papel protagónico como en la comedia dramática del momento, sufrir las penas como si fueran suyas y lo mejor, recibían a cambio unas cuantas monedas en remuneración por sus servicios.

No era ajeno a ninguna, que Josefina pronto cambiaría sus apariciones en funerales y velorios, para dedicarse a los rezos diarios y horarios que se acostumbran. De un tiempo hacia acá, invitaba a las muchachas (aún y cuando algunas ya se acercaban a su edad), a los ensayos de sus días por venir: hacían la oración matutina, regresaban para el Angelus y terminaban con el Rosario de las 6, seguida de su respectiva merienda de chocolate y tamales. Entre ellas secretamente comentaban (y conspiraban cual cónclave en la capilla Sixtina), quien sería la digna sucesora de su líder en cuanto decidiera retirarse. A veces con tanta indiscreción, que Josefina cayó en cuenta que sólo bastaría con juntar el dinero suficiente para mantenerse los últimos años que le quedaban de vida.

Fue entonces la ocasión de que en el pueblo vecino, justo cruzando la barranca, que la muerte decidió llevarse a Don Domingo Diez, el hombre más rico del lugar, y sus deudos no repararon en gastos para realizar las mas fastuosas exequias jamás vistas. A Josefina su reputación la precedía. Fue por ello que a las 5 de la mañana de ese viernes, tocaron fuertemente la puerta de madera de su casa, pidiéndole con un gran fajo de billetes en mano, que se subiera a la camioneta y convocara a todas las mujeres de su séquito, para que fueran a llorarle a Don Domingo, cual si fueran su madre, hermanas e hijas. Los ojos antes lagañosos, brillaron en la penumbra tomando el dinero, regresando adentro para guardar la mayor parte en un lugar seguro, vestir su mejor ajuar y comenzar el peregrinar para recoger a las muchachas. Sin chistar, todas y cada una aceptaron la convocatoria y rápidamente, las camas se enfriaron y los cuerpos se vistieron de luto, no como cualquiera, sino con sus mejores galas, pues la situación lo ameritaba al igual que el pago. Poco después de que el gallo cantara, ya se encontraban en camino hacia el funeral más importante de sus vidas.

La neblina se había apoderado del camino en el momento en que cruzaban la barranca. Iban acurrucadas unas con otras en la caja de la camioneta, con sus mantillas negras cubriéndoles las caras. Josefina iba en la cabina, mientras rezaba en silencio sus oraciones matutinas, con su rosario y libro en mano. Pensaba que con el dinero que había recibido, tal vez ésta sería la oportunidad que estaba esperando para por fin retirarse. Los brincos que daba el vehículo por lo pedregoso del camino, la temprana hora de la mañana, el frio del final de otoño que anunciaba la llegada de un gélido invierno, hicieron que Josefina cerrara un momento los ojos para descansar. Entre el sueño contenido tras un par de noches en vela a causa de los sucesos y el dolor de haber perdido a su patrón, provocaron que el chofer hiciera lo mismo por unos cuantos segundos…

Ese viernes gélido, Don Domingo Diez, su chofer Crescenciano, Josefina Guillen y diez mujeres mas, fueron velados y enterrados, en presencia de cientos de personas paradas junto a las fosas que poco a poco se iban comiendo los ataúdes. Acompañados de los sollozos, llantos, gritos y desmayos, de dos pueblos que aprendieron a llorar amargamente, a falta de la última plañidera de la que se haya tenido memoria.

Alejandro Mouret

Publicado en el suplemento cultural Guardagujas, de La Jornada Aguascalientes Noviembre de 2013, No. 89

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