Iztaccíhuatl

Aprés L’orgie 1909 Fidencio Lucano Nava. Museo Nacional de Arte MUNAL. Fotografía @amouretc

El temor de sufrir un accidente y o un asalto siempre me ha perseguido cuando viajo, por lo que desperté de súbito al sentir que el autobús detenía su marcha en medio de la carretera. Abrí los ojos tratando de descubrir que sucedía y las luces de los señalamientos de la obra de rehabilitación de la vía me tranquilizaron.

Justo me disponía a seguir durmiendo cuando descubrí ahí, al lado contrario de mi asiento, bajo la ventana, a un pequeño cuerpo entregado al sueño bañado de luz de luna llena en medio de la oscuridad. La respiración lenta producía un mínimo movimiento, anulando la posibilidad de que se tratara de una escultura de ébano, bañada de brillante plata, decorando los bordes de sus senos, su perfil, el brazo izquierdo en su costado, el derecho sobre el plano abdomen; su rodilla, era una cumbre nevada que sobresalía de la cordillera del resto del cuerpo. Me tallé los ojos con las manos, queriendo rescatar más detalles del momento: La ropa caía ligera sobre su piel, el rostro sereno de quién duerme sin mácula, los pies en completo abandono, relajados, parecían fundirse con la superficie dónde se apoyaban.

No podía creer la visión: mi corazón comenzó a latir rápido, desesperado. La ansiedad contenida en mi sangre, pronto llegó hasta mis manos temblorosas, y extendiendo el brazo, hice un intento por tocarla. Sólo un metro me separaba de ella. Me detuve al instante, no debía ensuciar su ser con la oscuridad que llevo dentro.

El instante duró eterno. No quisiera envilecer el momento con una vulgar medida. Tal vez pasé un millón de rápidos latidos observándola, antes de que el autobús reanudara su marcha y ambos volviéramos a sumergirnos en la noche, en el anonimato de las sombras, en la ausencia de los bordes, en el abismo del sueño.

Alejandro Mouret.

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