Salvador

Ilustración: Luz Elena Hernández Galván. Revista PARTEAGUAS

Es la primera vez que salgo de la madriguera. Me encomendaron traer algo para comer, porque mi padre hace unos días casi fue asesinado. Un pie gigantesco por poco lo mata y del susto, debió permanecer echado en los trapos que conforman el nido, lugar caliente y cómodo. Aún recuerdo ese momento. Había salido a buscar provisiones y nos dijo que lo esperáramos, que éramos demasiado pequeños para andar por ahí, exponiéndonos a muchos peligros: gatos, perros, hombres, trampas. Pasó un rato y de repente un grito ensordecedor nos estremeció a todos: era de una mujer. Al instante vimos a mi padre corriendo y a un hombre parado buscando en el piso la dirección de su huida, localizándolo, y con ira, levantó su pie para aplastarlo. Todos gritábamos que se diera prisa, pero en un segundo, sólo escuchamos un fuerte chillido que salía de él, pensamos que lo mataría, pero se alcanzó a zafar. En segundos, llegó volando por el agujero de entrada y temblando, en un grito, mi madre lo recibió con los ojos llorosos y lo mandó al nido. No se ha levantado desde entonces.

No sé siquiera a donde ir. La luz cala un poco, pero es cuestión de acostumbrarse para que se pase la agorafobia y el temor a ese brillo que se desprende de un círculo blanco, amarillento. Plantas enormes por todo el jardín y al fondo una que parece no tener fin, más grande que los hombres. Camino sobre un piso gris muy caliente que me quema las patas. Por fin encuentro un poco de sombra. El ambiente es mas fresco y el disco de calor desapareció. Cansado de vagar por tanto tiempo, después de sólo encontrar pétalos de flores marchitas, vegetación y terrones de tierra seca, mi nariz detecta un olor conocido. Me dejo guiar por mi olfato apretando el paso. De pronto, ante mis ojos, se devela un pedazo enorme de pan, un poco manchado de verde, tomo el pedazo más grande que puedo cargar y regreso a la madriguera. Este trozo nos servirá para poder comer un día completo a mis hermanos, a mis padres y a mí. Debo recordar el camino que hay que recorrer para regresar todos mañana y podamos surtir nuestras reservas para este invierno que está por comenzar.

Regreso y mis hermanos juegan cerca de la madriguera. Al verme, se emocionan y me ayudan con el pan que cargo. Lo introducimos a la casa y ahí, mis padres me observan con un gesto de satisfacción en sus rostros. Su hijo el mayor ya es capaz de subsistir solo en el mundo exterior y mi madre grita de emoción cuando ve lo que he traído. Lo dispone en el centro y reparte a cada uno un buen pedazo. A mí, me coloca una corona de papel en la cabeza por el buen trabajo que he hecho. Soy el rey del día.

Huele delicioso, es reciente, no es tan duro como otros que han traído, ese color verde le da una novedosa vista y se antoja tanto comerlo. Mi padre grita que dejemos de comer, pero es demasiado tarde. Yacemos tirados en el piso y mi madre, que antes se movía a diestra y siniestra repartiendo el pan, ahora permanece inmóvil sobre su espalda. Luego otro y otro más. Los gritos de mi padre se hacen mas quedos y al final dejan de escucharse. Yo siento mucho sueño, mis ojos se cierran y lentamente mi respiro va perdiendo intensidad. Sólo espero que mientras duermo nadie robe la corona que me dio mi madre, por ser el rey y salvador del día.

Alejandro Mouret.

Publicado en la revista PARTEAGUAS Julio 2012, nueva época, año 2, núm. 26.