Sexoservicio en la blanca Mérida

Mérida ofrece sexo las 24 horas del día, cómo usted lo quiera, donde usted quiera: Desde la comodidad de su hogar pasando por hoteles de lujo hasta llegar a cuartuchos de mala muerte. La prostitución, tanto masculina como femenina, se ha extendido por todos los confines de esta ciudad. Ciertamente la tecnología y los medios de comunicación han contribuido a ello.

Hacia la década de los 60 y buena parte de los 70, la zona de tolerancia estaba bien delimitada hacia el sur de Mérida, a espaldas de lo que fueran instalaciones de la Coca Cola, hoy un boyante Sams Club. De aquella zona donde los vicios se daban a cualquier hora, sólo quedan unos galerones casi derruidos que sirven de habitación a vagabundos y traficantes dedrogas. Pero como el sexo siempre es negocio, lenones, prostitutas y lilos buscaron nuevos métodos y lugares de trabajo.

Contratación a través de celulares, anuncios televisivos, líneas calientes, bares de alterne, cabaret y teibols, constituyen las entradas fuertes del menú. Se dice que incluso existe un catálogo de señoras casadas, que comercian con su carne durante las horas de trabajo de los maridos. Lo que si es un plato fino en el ambiente de los sexoservicios, son las modelos y edecanes que se piden para empresarios y gente de mucho dinero.

Líneas calientes

Alrededor de las 4:00 horas de la madrugada, marcamos a una línea caliente para iniciar nuestro viaje de sexo-turismo. 01–900–849-SEXO. Distante a las ideas que venden las películas, la primera voz que escuchamos fue la de una grabación donde los prestadores del servicio “se curan en salud” con anuncios sobre la moralidad y el respeto a las buenas costumbres y argumentan que si uno es menor de edad se abstenga de continuar la llamada, que tendrá un costo de 35 pesos por minuto más los respectivos impuesto. El tiempo máximo que permiten la conexión es de 15 minutos, lo cual significa que en promedio se pagan 570 pesos por intentar una relación sexual telefónica. La realidad es que los primeros dos minutos, que no tienen nada de excitantes, se van en conexiones y anuncios.

Cuando una joven por fin atendió la llamada, dijo llamarse Raquel. Evidentemente sus intenciones no fueron “ir al grano”, al contrario: daba vueltas de que si hacía o deshacía, estudiaba, tenía un hijo y su novio no sabía que ella se dedica a las llamadas obscenas y no entraba de lleno al asunto. El tiempo se fue como agua, pero antes de que se cortara la comunicación, Raquel insistió para que volviéramos a marcar, prometiendo las mieles de su voz. Aseguró que nos diría cosas tan sucias que nunca nos arrepentiríamos de “haberla conocido”.

Al respecto, el psicólogo Fernando Cuervo Moguel, quien ha impartido en varias universidades el curso “El sexo vende”, comenta que existen dos tipos de personas que utilizan estos servicios: por un lado están aquellos que lo hacen ocasionalmente y les resulta una broma, un juego; y por otra parte existen aquellas personas que continuamente emplean las hot-lines y el Internet para sustituir las relaciones reales, de este segundo grupo asevera Cuervo Moguel: “son individuos con una autoestima muy baja, que viven en soledad, aislados, con un gran temor al rechazo de la otra persona y llegan a confundir lo virtual (como las llamadas telefónicas y las imágenes de Internet) con la realidad; ellos son el resultado de una sociedad deteriorada que no fomenta la interacción entre la gente”.

Nunca efectuamos la segunda llamada a la línea caliente donde hallamos a Raquel. Este tipo de servicios llega a facturar un promedio de mil 700 pesos por cada hombre o mujer que marca el 01–900.

Las “Call-Girls”

Escasos 40 minutos pasaron desde que marcamos hasta el momento que sonó el timbre de la puerta. Eran las 5:17 a.m. Morena, de apenas 19 años una; con rayos y tinte güero la otra, también cerca de los 20. Ambas con cuerpos torneados y jóvenes. Dispuestas a todo, siempre que se pagara la cuota.

Nos informaron, al contratar el servicio, que la tarifa “normal” es de mil pesos por hora cada mujer, el precio incluye dos “motivaciones”. Llegaron en Uber rojo, y un hombre de baja estatura se encargó de cobrar por adelantado los dos mil pesos.

Dentro de la casa, las jóvenes fueron a lo que fueron, sin rodeos, “porque no estamos para perder el tiempo”, aseguraban. Lo que no sabían es que les hablamos para hablar, solamente.

Beatriz, cabello negro y falda al muslo, fue la primera en sorprenderse y la primera en contarnos su historia, que no es muy diferente a la de casi todas. Ella proviene de una familia que ha pasado por distintos problemas económicos. Cuando era pequeña, contó después unos jaiboles, vivió en casa de unos tíos donde estuvo abonada. Sus primeras relaciones las tuvo adolescente, hasta que sentó cabeza y se enamoró del Pepe, sujeto que hasta la fecha recibe las ganancias que ella logra. Dice que se van a casar, que por eso trabaja, para juntar el dinero y establecerse como mujer decente ¿Será? Su entrada al medio de las sexoservidoras vía telefónica se dio mediante varias coincidencias, dijo.

Entró al negocio de forma paulatina. Asegura que lleva poco tiempo en el ambiente, eso le hace ser tan franca y veraz. Primero trabajó en su natal Ciudad de México en un despacho de licenciados donde la veían linda y cachonda. Le pidieron favorcitos sin dar nada de nada en retribución, lo cual le parecía normal. Sin embargo, una vecina que chambeaba en un bar, le comentó que allá sacaría mejor lana. Empezó a trabajar como mesera, a los 17 años cumplidos. Diario conseguía, entre copas que le invitaban los clientes y propinas, cerca de 300 pesos. La censura de la familia putativa no se hizo esperar. Víctima de la crítica y el rechazo social, además de que esperaba su primer hijo concebido con Pepe, empacó maletas y movió su residencia a Veracruz.

Allá, el calor porteño le pintó nuevo panorama. Después de dar a luz a una niña, empezó a trabajar en un centro nocturno. Aunque las ganancias por noche ascendieron a más de mil pesos, no estuvo a gusto con los desnudos a la vista del público. Fue que se enteró de que había otras maneras para hacerse de clientes, principalmente por teléfono. Compañeras de labores, la contactaron con las personas adecuadas y de las opciones que le ofrecieron, Mérida le pareció la mejor porque “acá las personas no están tan maleadas, y los hombres como que son más urgidos”.

A cambio de la apertura mostrada por Beatriz, su compañera Isabel sacó el colmillo, resultó reacia a la hora de contar, como si le diera vueltas al asunto. Prácticamente nos hizo que jurásemos no delatar su verdadero nombre (cual si en verdad anduvieran por ahí diciendo cómo se llaman). Chabela, llamándola de cariño, se inició directo en una sala de masajes.

Rostro simpático, alegre al tercer trago, habló medio evasiva sobre su procedencia: que era de Orizaba, luego Neza, Chiapas, Tabasco, en verdad cada vez que afirmaba algo desdecía otra cosa. En claro sacamos que respondió a un anuncio donde solicitaban masajistas. Una vez seleccionada dentro de la plantilla de personal, empezó a trabajar por las mañanas. Cumplió con las habituales tareas de relajar y motivar a los clientes hasta que, de plano, le dieron su ascenso para atender llamadas telefónicas… “y es que ganamos más las chavas que salimos a dar servicios, porque en la sala (refiriéndose a los lugares donde soban a los miembros que asisten) nos pagan cien pesos por persona; con las salidas ganamos seiscientos por cliente y a veces son hasta tres o cuatro, así que tú dirás si no es un ascenso laboral”.

Eran las 6:30 de la mañana, cuando llamaron al chofer quien llegó raudo y veloz pasó a levantarlas. Amaneció Mérida con la promesa de continuar el paso del día, a través de su ruta sexual. Desayunamos unos ostiones y compramos el periódico para ubicar centros de entretenimiento y relajación, pero eso, se los contamos otro día.

Alejandro Pulido Cayón