AUTOCONSCIENTE

Eres un ser autoconsciente que vive sobre la superficie de un objeto esférico que se mueve a una velocidad inconcebible para llegar al mismo sitio cada vez que circunvala otro objeto esférico 300.000 veces más grande. Has llegado a un convenio con los seres autoconscientes que te acompañan por el cuál, cada vez que esto sucede hay que aumentar en una unidad un contador con el que se mide el tiempo. Según ese cómputo, hace 2015 unidades que se produjo un acontecimiento que, en realidad, si es que de hecho se produjo, lo hizo varias unidades de tiempo antes, y cuya importancia se basa en una creencia subjetiva sin posibilidad de validación alguna. El objeto esférico se mueve de esta manera por el efecto que en él ejerce una fuerza relacionada con la cantidad de masa y cuya naturaleza profunda te es desconocida. Esa misma fuerza también te mantiene pegado a la superficie del objeto esférico que hace su ínfima ruta por un espacio tan descomunal que es, al mismo tiempo, capaz de contener una cantidad sobrecogedora de otros objetos esféricos de tamaños diversos y sin embargo estar virtualmente vacío. Las distancias dentro de ese espacio monstruoso son de tal magnitud, que la propia luz, que para ti no parece poseer velocidad alguna sino tan sólo aparecer o desaparecer, tarda cantidades tan grandes de unidades de tiempo en viajar de un objeto determinado a otro, que aún puedes contemplar desde esta esfera el nacimiento de objetos alejados que en realidad podrían haberse ya desintegrado antes de que la propia esfera que pisas se formara. Para llegar a saber todo esto, desde que surgió la autoconsciencia a través de un proceso que llamas evolución por selección natural y que comportó en dos grandes saltos el paso de lo inorgánico a lo vivo y de lo vivo a lo autoconsciente, proceso del que piensas racionalmente que no está dirigido nada más que por la acción de la misma entropía que parece ser una ley fundamental de la existencia, más una cantidad adecuadamente grande de tiempo, te has tenido que rodear de una serie de artefactos, tanto mecánicos como de pensamiento, que te han llevado a desentrañar las razones por las que ocurren la mayoría de las cosas, excepto la razón principal, y así también a facilitar tu propia supervivencia, ya que tu autoconsciencia está limitada en el tiempo, precisamente por esa misma segunda ley de la termodinámica cuya verificación física es tan implacable como su determinismo metafórico, y por tanto luchas encarnizadamente contra el efecto que tiene en tu organismo, de manera parecida al resto de seres que se han quedado en el segundo estadio de la evolución, quizá algunos de ellos al borde de llegar en alguna medida a tu tercer estadio, algo que sospechas y que puedes incluso ver como un fantasma intermitente en sus ojos, como si por un instante supieran que están vivos, y que conviven contigo, pero sólo hasta que se mueren y dejan de existir, para siempre.

Eres autoconsciente en la medida en que eres consciente de tu propia existencia, pero no sabes por qué ni para qué, ni tampoco si estas preguntas tienen sentido en primer lugar. Has dedicado mucho tiempo a reflexionar sobre esto, pero normalmente sólo has llegado a definir tautologías del tipo “lo que existe es”, simplemente porque te falta información. Tienes la sospecha de que para tener una visión general de qué es exactamente lo que eres y qué haces aquí, tendrías que tener una perspectiva, la posibilidad de abstraerte de tu propio medio y contemplarte desde una distancia adecuada, como haces con todo aquello que examinas y aprendes. Te mareas cuando te das cuenta de que esto se parece demasiado a conceptos tan sobrecogedores como pensarse a si mismo, y es en ese momento cuando sientes un vértigo nada filosófico sino real, carnal, que te ha llevado a inventar una esfera propia y exclusiva de la autoconsciencia a la que llamas arte, una especie de testimonio con vocación de permanencia que grita a los cuatro vientos que estás vivo y lo comprendes, como comprendes que esa vocación de permanencia está relacionada con la autoconsciencia no sólo a través de la vida, sino, y sobre todo, a través de la muerte. Porque, paradójicamente, por encima de todo, ser autoconsciente o, de alguna manera, lúcido, significa ser consciente de que vas a morir.

El cómputo al que te referías al principio, cuyo acontecimiento de referencia varía según el lugar del objeto esférico en el que vivas, está relacionado íntimamente con la incertidumbre que emana de la seguridad absoluta de tu propia desaparición. Como esa incertidumbre te resulta, a cierto nivel, inconcebible, has tratado desde que tienes uso de razón de imaginarte un lugar donde recalarían los muertos, e incluso lo has tratado de clasificar según un orden moral. No te ha detenido la evidencia de que los muertos se desintegran y pasan a convertirse en tan sólo una porción minúscula de la cantidad de materia de la que todo está compuesto, sino que has creado el concepto de ser trascendente para no tener que afrontar esa desintegración, como un niño que se tapa los oídos cuando le regañan. No te amedrenta este nuevo ejemplo de escalas humillantes en las que te desenvuelves y has creído resolver el problema confiando en la existencia de una entidad incorpórea indestructible capaz de llegar a esos lugares en los que quieres creer, e incluso de aparecerse ante tus asustados pero reconfortados ojos detrás de ventanas medievales en castillos británicos deshabitados. Has tenido para ello que construir alrededor de esa idea un complejo sistema de ritos y jerarquías que han llegado a adquirir sentido por sí mismas, una equivocación, confundir los medios con los fines, en la que incurres una y otra vez y que te está diciendo que la razón no es, ni muchísimo menos, la fuerza principal que explica tus actos, sino que estos parecen ser el resultado de la amalgama de pasiones que se generan mediante complejos procesos químicos que vertebran el funcionamiento de tu cerebro, estimulado por tu posición, en un momento determinado, sobre dos ejes emocionales con polos opuestos a los que llamas amor-odio y orgullo-humillación. Comprendes la importancia de esta fuerza cuando descubres fascinado que la inmensa mayoría de los actos memorables de los seres autoconscientes notables que han vivido contigo a lo largo del tiempo se pueden explicar invariablemente, en último término, como productos del amor, del odio, del orgullo o de la humillación, o de cualquier combinación de dos o más de esas emociones.

Y concluyes que definitivamente, aquello que hace que pertenezcas a ese tercer estadio de la evolución no es tu comportamiento distintivamente racional, sino tu comportamiento distintivamente emocional y tu autoconsciencia, y sospechas que estas dos últimas se solapan en alguna medida para definirte. Te das cuenta, si piensas en esto, que sólo usas el razonamiento como una herramienta al servicio de las emociones, y que los seres que se han quedado en ese segundo estadio de la evolución, seres a los que inevitablemente amas, contrariamente a lo que ocurre con tus compañeros de autoconsciencia, se caracterizan, no, mejor, se definen, por comportarse de manera escrupulosamente racional, es decir, sin emociones y sin autoconsciencia.

Vives, por tanto, sobre esta pequeña esfera bajo el yugo del imperio de las emociones. Pero las emociones no te ayudan necesariamente a sobrevivir en la lucha que mantienes contra esa entropía metafórica, más bien al contrario y por eso necesitas de otros compañeros autoconscientes capaces de guiarte en esa lucha, seres que se comportan más racionalmente que tú, bien porque en su caso han alcanzado antes que tú un hipotético nuevo estadio de la evolución en el que las emociones quedarían indiscutiblemente subordinadas a la razón y que siempre has sospechado que pudiera estar esperándote en un futuro más o menos remoto, o bien porque, en una nueva vuelta de tuerca, el combustible de su comportamiento racional no es más que una emoción poderosa que consiguen enmascarar y negarse incluso a ellos mismos, siendo el resultado más o menos indistinguible de ese posible y probablemente deseable cuarto estadio de la evolución. Por tanto, tomas tus precauciones, y no confías plenamente en todo aquel que se ofrece como guía en el que confiar en tu pequeña batalla contra el desorden mortal, por muy racional que parezca su comportamiento, y no consigues librarte nunca de la sospecha de que su intención última pudiera consistir en manipularte para conseguir unos objetivos basados en una emoción inconfesable, pero tan tuya, que en cierta medida llegas a entender y a perdonar. Conoces a estos seres bastante bien, y los has retratado insistentemente en esos artefactos artísticos que llamas de ficción y que fabricas para exhibir tu autoconsciencia, con la intención aparente de exponerlos, pero con la finalidad real de explicarlos y justificarlos, y así explicarte y justificarte a ti mismo en cierto modo.

Sabes que vas a desaparecer, pero no sabes cuando ni como, y mientras tanto eres testigo de la desaparición masiva, diaria, horaria, de oleadas de seres autoconscientes que vivían sin saber que ese era su último instante sobre la pequeña esfera rodante. Puedes perder a cualquiera en cualquier momento, a notables y a guías, a amados y a odiados, a los que hieren tu orgullo y a los que humillas. Incluso asistes impávido a la desaparición cotidiana de los que te son indiferentes, y piensas en que tú eres también alguien virtualmente indiferente para el resto de los seres autoconscientes. Vives esa indiferencia como si fuera algo parecido a una brecha, a un abismo gigantesco que quisieras salvar antes de que te trague o antes de que ya no tenga sentido salvarlo. Por eso intentas seguir creando y piensas en tus artefactos como en una forma desesperada de comunicación y asumes que la experiencia de tu individualidad frente a los otros es una mina para eso, algo que deseas contar a toda costa, sobre todo por el hecho de que está en la base de la necesidad de ser amado, aunque puede que, en realidad, esa experiencia y esa necesidad constituyan el mismo fenómeno. Te das cuenta, finalmente, de que el deseo de contactar, de no resultar indiferente, se materializa no sólo en el arte, sino también en el deslumbrante desarrollo tecnológico al que asistes cuando ya han transcurrido 2015 unidades en el cómputo que llevas desde que ocurrió aquel hecho dudoso cada vez más irrelevante.

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