Crónica de una chica que busca un libro

Llegamos a la feria con bombos y platillos, bah, con platillos no, pero con bombos sí. Avanzábamos por la calle como si marcháramos con La Bancaria al ritmo de “Mauricio Macri la puta que te parió”. Y hablo en plural porque compartía con Emi la marcha rápida típica de aquellos que llegan unos minutos tarde.
Después del encuentro y de la foto grupal, nos mezclamos entre los curiosos que ya empezaban a invadir la plaza y sus alrededores. El alboroto era generalizado: puesteros, artistas callejeros, palomas y fanáticos de los libros que se fundían al ritmo de los instrumentos de percusión y las bombas de estruendo que seguían sonando en la manifestación.
Caminábamos por el margen: el espacio vacío que queda entre el cabildo y una de las carpas. Una suerte de túnel con gente, que también era de los márgenes. El bullicio de la marcha se fue aplacando a medida que avanzábamos hacia el acordeón de un señor mayor que pedía algunas monedas a cambio de su música. En el medio, la melodía se mezclaba con la percusión rítmica de otro señor, ciego, que golpeaba su bastón contra la laja para que, paradójicamente, alguien lo viera.
El túnel nos escupió adentro de una de las carpas, en donde bajamos el ritmo y recorrimos con paciencia y minuciosidad. Entré decidida a llevarme algún libro y ,en el afán por conseguir el mejor, fui dejándome llevar por cada mesa con la que me topaba sin ver muy bien hacia donde me dirigía.
Siguiendo mis instintos, me encontré con un stand en donde había sólo libros feministas, de todas las épocas y de todos los tipos. Y me sentía como una nena que no podía parar de señalar portadas y cuchichear sobre lo que había adentro de ellos. Teoría, poesía, cuentos; el formato que sea, pero con lentes violetas. Un pequeño paraíso para mí.
Y ahí lo vi, era mi libro: “La marca en la pared y otros cuentos”, de Virginia Woolf, que según la biblia de estos tiempos -Wikipedia- fue “una escritora británica, considerada una de las más destacadas figuras del modernismo anglosajón del siglo XX y del feminismo internacional”. Perfecto.
Pagué y recorrí el lugar en busca de algún nombre que me hiciera reconocer en dónde había encontrado semejante colección para volver a buscarla en otro momento. Y nada, no había nombre, no había cartel. Guardé mi nuevo libro en la mochila con la emoción de una nena que espera su regalo de navidad. De vuelta en casa, reviso la factura y ahí estaba la referencia que buscaba, el nombre del stand era“Todo Libro es Político”. Y si, tienen razón.
