La insoportable verosimilitud de los sueños

Como Nacho Vegas a Michi Panero, yo una vez casi conocí a Manuela Carmena. Fue en un sueño. No obstante, la situación fue del todo normal. Era una especie de acto social, algún evento. La veía como a tres metros de mí y esperaba mi turno para saludarla. Estaba un rato así que sí que no, dudando de qué momento era el adecuado para acercarme a darle la mano. Como éste no acababa de producirse, porque ella no dejaba de hablar con unos y con otros, al final me decía que bueno, pues otra vez será. Me daba la vuelta y me iba en busca del camarero.

En ocasiones sueño con políticos. Simplemente están por ahí, ni ellos ni yo dejamos de ser quienes somos en la realidad. Una vez aparecía Aznar revolcándose en la arena de una playa con una Desert Eagle mientras no dejaba de apuntarle al mar, para enseñarles a los guardias fronterizos cómo proceder ante la llegada de inmigrantes. Teniendo en cuenta el muro de Melilla o las devoluciones en caliente, el sueño tampoco podría considerarse como fantasioso.

La pesadilla más aterradora que tuve se basaba en su asombroso parecido con la realidad. Más bien, era una continuación de ésta. En la realidad yo me acosté sobre mi cama y cerré los ojos. En el sueño, porque ya era un sueño aunque yo no lo supiese, los abrí. Tuve una sensación de pánico que se acentuó al levantarme y caminar. Lo único que intentaba recordar era si había tomado una droga o algo que explicase el terror tan apabullante que me embargaba, pero no podía pensar con claridad. Mientras caminaba en círculos por mi habitación, un miedo puro se concretaba en una especie de neblina negra. Pero a la vez sabía que esa neblina bien podía existir solo en mi cerebro, derivada del propio ataque de pánico. Comprendí que iba a morir. Cuando me desperté, seguía sobre la cama, con los puños apretados y los ojos completamente abiertos.

Hace tiempo que no sueño con aquella bruja que quiere hechizarme. Solía pasarme de pequeño, y venía en diferentes versiones. Ella estaba detrás de una puerta, o al lado de mi cama, o en el camino de un bosque nocturno. En cualquiera de los casos, mi único objetivo era escaparme de ella. El sueño solía acabarse cuando, a cielo abierto y después de correr mucho, mis piernas se elevaban del suelo, y volaba. Ascendía a gran velocidad hasta las nubes. Sentía perfectamente la humedad del aire y las estrellas brillaban en lo alto. Pasaba justo antes de despertarme, y yo lo sabía. Cerraba los ojos con fuerza para alargar esa sensación de ingravidez.

Me pregunto qué será de ella. Dónde se habrá metido todos estos años. Entonces jamás lo hubiera pensado, pero hoy echo de menos a la bruja de mis sueños.