Las orejas de Dilberto Pickwick

El reverendo Dilberto Pickwick fue siempre un hombre íntegro. Sin embargo, una mañana, sus orejas incurrieron en una sublevación inesperada o, según sus propias palabras, “una alarmante señal de apostasía”.

Mientras predicaba su sermón dominical, decidido y enérgico, Pickwick sintió un leve estiramiento en los músculos del rostro. En principio lo atribuyó a la tensión propia de la tarea, pero comenzó a preocuparse cuando notó que su audiencia lo miraba estupefacta. De pronto todo era silencio, ojos fijos, bocas abiertas. El reverendo no lo sabía, pero sus orejas habían cobrado vida propia. Lo que para él eran contracciones nerviosas, o tal vez el anuncio de un inminente calambre facial, para su público era algo muy diferente: un espectáculo paralelo, un discurso de gestos y actitudes que afirmaba, ilustraba o contradecía lo que el predicador iba expresando.

Cuando Pickwick habló de “marchar en el camino de la fe”, los lóbulos de sus orejas comenzaron a moverse alternadamente hacia adelante y atrás, como dando pasitos en el aire. Cuando mencionó el asno de Balaam, ellas decidieron un doloroso estiramiento hacia arriba, forzando su elasticidad al máximo hasta asemejarse, en lo posible, a las orejas de dicho animal. Cuando no tenían figuras que imitar, entretenían a la concurrencia ensimismándose como repollitos de Bruselas, flameando como banderas, o haciendo rítmicamente una cosa y la otra: repollito-bandera-repollito-bandera. En cierto momento, cuando Pickwick citó las trompetas del Apocalipsis, ambas rebeldes se enrollaron como conos perfectos, apuntando a ambos costados de la sala. Entonces, con las orejas así, oyó risitas ahogadas. Miró a su mujer, en la primera fila. La vio desencajada, con la boca paralizada entre el llanto y la risa, los dientes erizados, los cabellos y las hojas de la Biblia flotando electrizados. Sobre el final del discurso, la referencia a “nuestro hogar celestial” fue acompañada de un primoroso aleteo.

El fenómeno duró lo que duró el sermón, y produjo una impresión muy fuerte en los oyentes. A la salida, mientras los saludaba uno a uno, sintió que todos le estudiaban el rostro. Ninguno lo miró a los ojos.

Pickwick dejó de predicar, acusando un agotamiento nervioso que nadie discutió. Reposó, cambió su dieta y redobló sus tiempos de oración. Aplicó una venda alrededor de su cara y durmió con pomadas y redes en la cabeza. Pero sus orejas nunca volvieron a ser las mismas. Peor aún, otros miembros de su cuerpo parecieron empezar a contagiarse. Un domingo, oculto tras el velo de la camisa almidonada, su ombligo imitó fielmente los movimientos de la boca mientras la congregación cantaba “Firmes y adelante”.

No hace falta decir que todo esto, para el reverendo, tenía un hondo significado espiritual. ¿Sus orejas necesitaban conversión? En su corazón había una fe sincera, ¿pero debería esa fe alojarse en otros órganos? Como hombre respetuoso de lo sagrado, sentía que no correspondía meter a Dios en ciertas cosas y lugares. “-Por supuesto que todo es de él” -se decía- “-pero ¿por qué mezclar a Dios con los ombligos, los hígados, los intestinos, el excusado, los pantanos, las fábricas, los perros, la estación de trenes, el humo, esa lámpara, estos zapatos? ¿Qué tiene que ver Dios con todo eso? Un Dios que es espíritu, ¿qué interés puede tener en lo que es vano y está corrompido, y de todos modos será arrasado en el día final? Si mi fe debe pasar del alma a las orejas, ¿a qué otro lugar ridículo debería pasar luego?”.

Cuando llegó la Navidad, Dilberto Pickwick ya no tenía excusas. Después de siete meses de descanso y con la visita de las jerarquías provinciales, tenía que volver a predicar. Y como si lo supieran, sus orejas le brindaron, en la noche anterior al día del sermón, una exhibición privada, una especie de ensayo general frente al espejo del baño: figuras geométricas, enrollamientos, flexiones, danzas sensuales, evocaciones obscenas, aflojamientos, pasos de foxtrot, cambios de color, aplausos contra la cara. Fue demasiado.

Pickwick conocía la navaja del hermano Salazar. Él lo afeitaba con mano experta cada fin de semana. Conocía su lealtad, su permanente apoyo en las luchas doctrinales y en todos estos meses de dura prueba. De camino a casa de Salazar, cubierto por la noche y por un generoso sombrero, Pickwick repasó sus argumentos: “Si la Escritura misma recomienda, en caso extremo, deshacerse de un ojo desobediente, ¿qué queda para mis orejas? Y si no es una amputación, que sea al menos un escarmiento. Y si no es un remedio, que sea al menos una razón médica para evitar el seguro bochorno de mañana”.

Pero algo pasó frente a la puerta del hermano Salazar. Cuando el reverendo estaba a punto de golpear, sus orejas tomaron la misma forma cónica del primer día. Una forma de bocina o de embudo. Y entonces oyó. Una bofetada. Una cucharita temblando en la mesa, la voz de Salazar en un insulto inexplicable, unos pasos firmes alejándose, un cuerpo golpeando la pared, un lloriqueo apagado, una mosca zumbando en torno al foco del pasillo, la vibración incandescente de ese foco. Oyó el estruendo de una lágrima al estrellarse contra el suelo de parquet del dormitorio. Y más: la respiración de un perro en la zanja, y la respiración del hombre junto al perro. Y el salto de las pulgas entre el perro y el hombre. Oyó el jadeo de un anciano en la penumbra del asilo, el carraspeo del comisario, el tintín de las monedas, la cuchara de madera revolviendo una lata, el gemido desgarrador de una niña en las afueras, el rechinar de un cubierto en porcelana, el trabajoso giro de una oruga en su capullo.

Regresó a su casa lentamente, reconociendo algunas voces y descubriendo otras. En cada esquina, el rumor de lo que nunca antes había oído: latidos, suspiros, palabras a medias, llanto en almohadas, risas desconsoladas. Comprendió que sus brazos y sus pies eran poco para llevar alivio a tanto mundo. Por primera vez, sospechó que no eran sus orejas las que necesitaban convertirse, sino el resto de su persona. Cuando abrió la puerta, su mujer se le acercó temerosa y asombrada: “¿Qué es esa cara?”, preguntó, “¿Y esa sonrisa? ¿Qué es esa mariposa en tu solapa?”.

El Mal de Pickwick ataca todavía algunas veces, sobre todo a gente de fe honrada. Es fácil distinguir sus marcas: oído sensible, sorpresa y confusión para quien lo padece. Y para quienes lo rodean, un silencioso brote de esperanza.

Pablo Alaguibe
One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.