d e p r e s i ó n t r o p i c a l

yo era otro siendo el mismo:
yo era el que quiere irse.
no estoy arrepentido;
volver es sollozar del ancho mundo.
no soy yo quien vuelve
sino mis pies esclavos

Alfonso Reyes

durante toda la noche ha silbado el viento por la ventana 
y un tremor me hace despertar paladeando estas palabras

¿algún recuerdo? ¿dilatación del sueño? 
intento encender alguna luz…

“aún no te acostumbras al cuarto”, 
me escucho murmurar;

arrepentido de no usar reloj 
experimento una inusual angustia por saber la hora;

estoy consumido por la fatiga 
pero no logro dormir sin sobresaltos…

“sólo es una reunión de trabajo”, 
digo entre susurros 
como si temiera molestar a alguien;

trato de pensar en algo completamente distinto: 
el día anterior, una canción…

antes me bastaba con pensar unas cuantas estrofas 
y al instante, 
sin esforzarme, 
escuchaba nítida la canción a lo lejos: 
como si el gusto de algún vecino noctámbulo coincidiera con mis deseos;

en aquel entonces,
aquella infancia, 
lo único que se podía distinguir donde dormía
era una alta ventana rectangular a la que, 
luego de mirarla un rato, 
se volvían de un verde fosforescente, 
igual que cuando se le ve directo al sol 
y su ardiente redondez queda tatuada en las pupilas, 
y ésta se vuelve azul, naranja, verde… 
por eso me cubría la cabeza, 
no por miedo a la oscuridad 
sino a ese resplandor 
que me cegaba aun entre sueños…

“bien sabes que la reunión es lo de menos”, 
carraspeo en voz alta;

a cambio de algún interruptor 
lo primero que palpo es el control remoto;

el brillo de la pantalla lastima 
y entre bruma luminosa 
es difícil distinguir comerciales de películas;

entrecierro los ojos; me dejo guiar por el sonido;

zappeo los canales buscando un noticiero;

encuentro tres con relojes completamente distintos;
¿repeticiones? ¿horarios de otros países?

por más que intento 
no logro definir cuál es el origen de estos programas: 
en uno los conductores son latinos 
pero la televisora parece europea: 
pronostican el clima de frankfurt 
como de tokio y nueva york; 
mientras comentan la situación en bolivia, 
un cintillo al inferior de la pantalla emite números 
y abreviaturas fugaces… 
“índices macroeconómicos”, 
corrijo al tiempo que apago la imagen 
y decido bañarme de una vez; 
no es que tenga prisa, 
la reunión es hasta el mediodía 
pero necesito moverme

la extrema limpidez de estos cuartos inhibe;

mientras converso con la lluvia artificial 
voy despojándome más de la pereza 
que de suciedad alguna;

al salir me descubro frente a un enorme espejo 
del que no me había percatado: 
desconozco mi propia imagen… 
“yo era otro siendo el mismo”, 
repito al tiempo que me observo como esperando una respuesta; 
“soy un otro”, parece decir el reflejo empañado; 
y termino por alejarme envuelto en rígidas toallas

al salir, 
la muchacha que dormita en la recepción 
me ve con extrañeza: 
la misma con que me descubrí en el baño, 
y me estremece pensar que alguien más pueda notarlo

“¿va a salir?”, me pregunta
“¿dónde puedo revisar un correo?”, 
respondo a la vez que devuelvo la llave del cuarto
“aquí, pero la red no sirve desde la madrugada… en el centro hay varios lugares…”
antes de que termine su comentario 
agradezco la información 
y salgo a la calle; 
al cruzar la puerta descubro por qué el silbido nocturno: 
los autos se balancean 
como si multitudes iracundas quisieran voltearlos 
y las palmeras parecen desgajarse a cada inclinación; 
el mar, aunque agitado, se diluye con el horizonte; 
es de madrugada y las luces de los barcos están apagadas;

un hombre abre con dificultad la puerta de su taxi; 
se me acerca encogido de hombros 
y vuelvo a escuchar la misma pregunta
“quiero caminar”, 
musito tratando de convencerme a mí mismo; 
y en su gesto mudo puedo leer el alcance de mi orgullo

me cierro la gabardina hasta el cuello, 
hundo las manos en los bolsillos 
y emprendo la marcha;

a ratos es necesario detenerse: 
el empuje del aire es tal 
que al despegar un pie 
siento que podría caer derribado;

comienza a lloviznar; 
la brisa está impregnada de un tenue olor fétido 
que todo lo inunda… 
“está podrida la mar”, 
y tengo que gritar para escucharme; 
el rumor del viento apaga cualquier sonido 
y empiezo a entonar una canción de viva voz; 
sólo por eso me atrevo a hacerlo: 
porque tengo la certeza 
de que nadie podrá escucharme;

termino asqueado, 
no sé si por la peste 
o por haber olvidado la letra; 
con tantas nubes es difícil saber si amanece; 
también olvidé preguntar la hora en el hotel

de pronto me encuentro en la plaza central: 
sus arcos y jardines golpeados por el clima; 
sigo por senderos empedrados; 
reparo en parques y construcciones antiguas; 
me detengo al pie de un cañón 
empotrado en piedra volcánica 
(alguna vez defendió este puerto) 
y sorprende encontrarlo 
incólume ante la corrosión 
de la brisa marina; 
no así la placa que intenta describirlo: 
vagos signos oxidados

a pesar del clima, 
los periodiqueros se las ingenian 
para empalmar las secciones de los diarios; 
se les ve acostumbrados a lidiar con esto; 
yo no podría sostener una página 
sin que la desmenuce el aire; 
un joven improvisa su escoba con ramas secas 
y barre pequeños frutos que tapizan las calles
“disculpe, qué fruta es ésta…”
“avellanas”, contesta sonriente, 
más como una condición natural que por cortesía

entonces recuerdo 
que en algunos sitios 
un mismo nombre sirve para describir varias cosas;

después de recorrer esta ciudad 
(a la que no volvía desde hace mucho), 
no es que sea diferente a otras, 
es distinta a sí misma

disminuye el viento, 
arrecia la lluvia; 
comienzan a verse personas que van a su trabajo, 
a la escuela, 
a sus fatigas… 
con paso lento y sinuoso, 
muy pocos de ropa abrigada o impermeable; 
seguro amanece porque ya se escuchan las aves; 
aquí 
les llaman “pichos”

decido entrar al café de altos ventanales 
no por su fama, 
sino porque es lo único abierto; 
los meseros y la escasa clientela 
me husmean con la mirada: 
estoy empapado; 
elijo una mesa con dirección al mar 
(aunque sea imposible verlo desde aquí); 
ordeno cualquier cosa, 
más por costumbre que por antojo
y hojeo un periódico sin prestarle atención; 
con la única diferencia en fechas 
y algunos nombres propios, 
las noticias permanecen sin cambios

llegó el servicio; 
no probé nada 
y así, 
libre de preámbulos o disimulos, 
me derrumbé a sollozar memoria
sin saber a qué hora empezó la tormenta.

diciembre 2002
puerto de veracruz

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