Los sonidos del silencio

“Esto antes en Buenos Aires no pasaba”, pensé, y giré rápido en la cama dándole la espalda a la ventana. Me había despertado (¿o tal vez nunca me había dormido?) un ruido fuerte que venía desde afuera. Era verano y tenía las persianas bajas pero entreabiertas, y el sonido fue tan agudo, tan vivo, tan cerca, que me asustó. Era un graznido de pájaro, pensé, sin saber muy bien si esa era la palabra. Parecía que me penetraba la conciencia; no me dejaba seguir con mi sueño. Pensé que sería un pájaro que estaba perdido de su bandada o bien que sobrevolaba techos vecinos en busca de un nuevo hogar. Tal vez estaba en plena migración… ¿qué sé sobre migración de pájaros? Reí en silencio. Nada, no sé nada sobre los bichos alados. No puedo encender la computadora y googlear, no a esta hora. Y el teléfono debe estar tirado en el piso, donde suele habitar cada noche. Sigue el ruido del picudo; es un canto ensordecedor y continuo. Lo imagino con pico alargado y alas grandes; en mi mente formo una imagen que lo emparenta a un dinosaurio volador, como esos que veía en los libros de texto de inglés en mi infancia y que me encantaban, pero bastante más pequeño, pienso, debe ser un pterodáctilo del subdesarrollo. De repente, campanas que suenan a lo lejos, pero también bastante cerca. ¿Campanadas en Almagro? Sí, tan tan tan, nunca las escucho pero salen del convento de monjas que queda a la vuelta. El convento de monjas de reclusión, esas mujeres devotas que llevan una vida en silencio, ya que estamos. Se supone que no pueden hablar. O al menos esa es mi fantasía, además de que seguro todas tienen una vida sórdida que ocultar. Las imagino que transitan pasillos largos y húmedos a paso lento, total, no tienen apuro de llegar a ningún lado. Están ahí de por vida, en ésta y vaya uno a saber en cuántas más. El claustro las atrae, las reforma, las contiene, las chupa. Una vez, desde una terraza contigua, vimos el patio del convento. Recuerdo que quedamos sorprendidos de ver qué lindo es, con palmeras que estimamos serán centenarias, y un patio cuadrado que bien podría albergar un aljibe. ¿Estarán todo el día en silencio o lo romperán para orar? ¿Las monjas cantan en la ducha como yo? Deloris VanCartier o Sister Mary Clarence did. Tengo alguna experiencia con monjas que, si bien no es vasta, es intensa en mi memoria. Siempre me impresionó mucho el hábito, aún desde chica, cuando iba a misa en la iglesia del centro de Madryn y había un par de monjitas (así les decía mi mamá). Todavía me acuerdo de esa vez que fui al Vía Crucis con mi tía abuela Clotilde (“la Tilde” para mi familia, con acento en el “la” porque son del litoral y el artículo se lleva con obligatoriedad casi), muy católica ella; muy curiosa yo, y el padre Rafael, un viejo cura que era famoso en el pueblo por ser bien cascarrabias, me echó en plena procesión ante mi insistente catarata de preguntas sobre cada una de las imágenes religiosas que pasábamos. Y las monjas por ahí andaban. Y me daba impresión su atavío. Y siempre pensé que eran raras… ¿son las novias de Dios? ¿Por qué uno querría ser novia/o de un ser que no vemos y no sabemos si existe? Y entonces terminé el secundario y vine a vivir a Capital, y los miedos de mis padres se tranquilizaron al enviarme a vivir a una pensión de señoritas que era regenteado por monjas. Y entonces entraron en mi vida a la fuerza, casi como la misa a la que siempre me quisieron obligar a ir durante el tiempo que duré ahí, y a la que nunca fui. Una monja era agradable; eso recuerdo. La que era la jefa, o madre superiora, María Rosa, no lo era. Tuvimos una relación complicada. No era rebelde pero no me gustaban sus reglas, y entre macanas y bromas de las chicas con las que convivía, un día llegó a decirme que tenía “el diablo en el cuerpo”. María Rosa, ja. Una vez las chicas (la mayoría chicas bien del interior del país) le deslizaron un papel que decía “María Rosa cogida por Dios”. La vieja se despertó al día siguiente y fue directo a mi cuarto, a acusarme de que había sido yo. Pero no, señora, no, María Rosa, si yo no tengo letra tan fea, le dije. Y la bronca se le hizo verbo, carne, espíritu santo, todo en un mismo instante de furia. Y ni hablar de los llamados telefónicos de mi abuela, cuando se comunicaba a la pensión para invitarme a alguna exposición o entrega de premios artísticos y les decía “Hola, hablo con las adoratrices del divino bulto?” y las monjas pensaban que el apocalipsis había llegado a su hogar de Palermo en forma de llamado telefónico.

Sigue el pajarraco afuera. Por momentos viene y va su grito; por ahí busca dónde anidar. Y sí, qué sé yo, todo puede ser. La ciudad no es lo que era; el clima cambió mucho. Me imagino a la profesora de geografía y el mapa de los climas del país y pienso en cómo lo enseñarán ahora, cuando la subestación seca pasó a ser subtropical con lluvia cuando se le canta y tormentas y flora extraña. Si hasta descubrimos un nido de avispas (por qué será el mismo nombre para pájaros y para estos otros bichos, me pregunto) debajo del aire acondicionado en el patio. Esto debe ser todo consecuencia del cambio climático, el calentamiento global, seguro. A mí no me engañan. Cambió todo. Para mí este bicharraco pretende instalarse ahí, en nuestro techo, y quizá luego venga el resto. Tal vez los animales vuelvan a dominar el mundo y vengan a reclamar lo que siempre fue suyo. Como en Jurassic Park “When dinosaurs ruled the Earth”, que la vimos el otro día con mi hermana, qué joyita de película, eh, gran obra de Spielberg, pero sólo la primera, las otras no tanto, hay que aclararlo. Uno no va por la vida exclamando “qué buena la trilogía”, no señor. La buena es la primera. La que me hizo delirar cuando la vi de chica, en vhs, que era el formato de video en que veía todas las películas en mi infancia. Porque no había cine en el pueblo en esos años. Esa es otra historia, claro. Y el año pasado, gracias a los vínculos profesionales forjados en la etapa de adultez, logré verla por primera vez en mi vida en pantalla grande, bah, enorme, porque se reestrenó en IMAX y fuimos a verla en banda (¿o en bandada?). Y qué fiesta fue eso, la pucha. Si hasta recuerdo la emoción cuando sonaba la musiquita característica (les suena a ustedes también, vamos, no se hagan) y el Dr. Grant veía por primera vez a esos hermosos branquiosaurios o ya se me escapa qué especie era. Maravilloso. Y con este calor loco, y la humedad que siempre mata pero cada vez más, ¿no iremos camino a esa época de nuevo? ¿La Tierra estará en plena mutación hacia tiempos prehistóricos? Tal vez es una especie de pterodáctilo este bicho, porque suena a algo que nunca escuché antes. Y menos en este barrio. Y mirá que se escucha de todo acá. Pero no sé mucho de pájaros. Pienso en lo que sé sobre los pájaros, y acá vendría bien un insert de esos tipo Wes Anderson con una ilustración super cute y bien didáctico todo:

Lo Que Sé Sobre Los Pájaros:

Que mi amigo Fede les teme, tanto como para bordear una plaza así no tenía que cruzarse con las palomas;

Que a mi compañera de laburo también le daban mucho miedo, pero hizo un trabajo fuerte de terapia y ahora no tanto;

Que una de las cosas que más esperaba de chica cuando visitábamos Buenos Aires era el momento de darle de comer a las palomas en la plaza. Todavía me acuerdo de haber ido al Obelisco a hacer eso. Qué asco, ahora las odio.

Que una vez mi gato Pantera entró a casa con una paloma entre sus mandíbulas, viva, y tuvimos que encerrarla en el lavadero y luego soltarla en la plaza Almagro. Y limpiar todo muy bien porque nos dijeron que traen infecciones y tal.

Que alguna vez tuvimos pajaritos y después me agarró una época en que compraba pajaritos para soltarlos. Aww, mi vida yo. Seguro morían al no estar en su hábitat y sin los cuidados necesarios.

Que cuando vi Los Pájaros de Hitchcock quedé traumada por un buen tiempo. Sí, porque pensaba que tienen un plan macabro para picarnos los ojos. Y qué maestro del suspenso, hay que decirlo.

Que una vez fui a una salida organizada vía tuiter a la Reserva Ecológica de la Costanera Sur y fotografiamos aves y fue súper lindo. E hice las paces un poco con estos seres. Y admito que son adorables para fotografiarlos.

Que hay unas cotorritas o símil por algunos barrios porteños que son insoportables. En Saavedra hay unas cuantas en calles arboladas.

Que en la Península Valdés está la Isla de los Pájaros. Que antes se podía cruzar a pie pero luego se prohibió y se pueden observar desde un telescopio. Y que el autor de la obra clásica universal “El Principito”, aviador y aventurero él, anduvo por la Patagonia y SE DICE que se inspiró en la silueta de la isla para el dibujo de la boa que traga un elefante.

Que los cuervos me dan miedo, aunque nunca vi uno de cerca. Que hay un refrán o frase popular que involucra cuervos pero tengo mala memoria y no la recuerdo.

Que hace poco vi Birdman y esta noche se entregan los Oscar y tiene grandes chances de ganar el premio a Mejor Película.

Que me conecto a Tumblr para publicar esto y me aparece un bello pajarito de fondo de pantalla. Todo conectado.

Las campanadas de la iglesia cesaron y enseguida pienso en que alguna vez alguien me contó que en los pueblos suenan las campanas cuando muere alguien. ¿Acá será igual? ¿Habrá venido a despertarme este pájaro para anunciarme que murió una persona? ¿Habrá cuervos? ¿Tendrán tres ojos como el de Game of Thrones? El pájaro sigue su canto, pero ahora se mezcla con otros que sí son familiares, los cantitos del alba, esos que siempre que cuento que los oigo, alguien me dice el nombre del ave pero no lo registro. ¿Se quedará para siempre acá en plan tortura? No me animo a levantar la persiana; el sol asoma y atenta contra mi sueño. No sé cómo hacen todos para dormir con todo este ajetreo en medio del silencio. Porque hay muchos sonidos en estas horas calladas. Y qué fuerte se escuchan.

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