Filosofía, falacias e independencia de Catalunya

Allá por 1995, en el marco de la asignatura de filosofía en tercero de BUP, tuve ocasión de estudiar en qué consistían algunas falacias clásicas. El profesor no cesaba de ponernos ejemplos de cada una hasta que, más o menos, todos parecíamos capaces de identificarlas. En una época en la que, a efectos prácticos, todavía no existía internet, resultaba maravilloso descubrir aquellos conceptos que de manera estructurada podían utilizarse, para bien o para mal, en plena argumentación. Recuerdo que una de las tareas en aquella clase consistió en analizar algún fragmento de discurso político e intentar encontrar ejemplos de las falacias que habíamos estudiado. Imposible no reconocer el uso constante de la Tu quoque, basada en rechazar una crítica u objeción porque la misma aplica también a la persona que la realiza, sin entrar a valorar si dicha crítica u objeción es o no razonable. Nos ponía como ejemplo la doctora que recomienda a un paciente dejar el tabaco y este le replica airado que al fin y al cabo ella también fuma. Dejar de fumar puede ser o no una recomendación acertada, pero en ningún caso lo será en base a que quien lo sugiere sea, a su vez, fumador. Tu quoque.

Apenas un año atrás, Audi había contratado a Richard Gere para protagonizar el anuncio de su nuevo modelo A4. Se trataba de un spot en el que el actor se dedicaba a dibujar curvas en el aire con las manos y en el plano siguiente el coche las trazaba en la carretera. Creatividad de los noventa en su máximo esplendor, más o menos. Y material para ese profesor de filosofía que lo utilizó para ilustrarnos otra falacia: una variante de la Ad verecundiam. En su versión original consiste en defender algo como verdadero porque quien lo sostiene tiene autoridad en la materia. Por ejemplo, como quiera que Stephen Hawking es un reconocido cosmólogo tenderemos a dar por válida cualquier afirmación suya sobre agujeros negros, cuando en realidad deberíamos analizar su validez independientemente de su autoría (pero a menudo no podemos hacer esto por falta de conocimientos específicos en la disciplina, como en el caso de este ejemplo). Una versión todavía más falaz de Ad verecundiam se produce cuando damos veracidad a un argumento porque lo defiende alguien con autoridad en otra materia distinta: comprad un maravilloso Audi A4, os lo recomienda el gran actor Richard Gere. Este recurso inunda la mala publicidad todavía a día de hoy, como ilustra Pau Gasol animándonos a sumarnos a la ampliación de capital del Banco Popular.

Pero el uso de esta variante burda de la Ad verecundiam no se limita a la publicidad, claro. La observamos constantemente en todos los medios de comunicación y últimamente tenemos ejemplos diarios de ello a raíz del próximo referéndum de autodeterminación que debe celebrarse, si la autoridad (in)competente no lo impide, este próximo domingo en Catalunya. El pasado día 17 de septiembre, casi un millar de artistas e intelectuales suscribieron un manifiesto titulado 1-O Estafa antidemocrática en el que llamaban a no participar en el referéndum. Entre ellos nombres como Isabel Coixet, Javier Marías o Rosa María Sardá. Sin entrar en cuán fácilmente otorgamos categoría de artista e intelectual, lo que ciertamente resulta falaz es que estas personas pueden ser, caso de serlo, autoridades en sus respectivas disciplinas (cine, literatura, farándula) pero no lo son ni en política, ni en historia de Catalunya o España, ni en procesos de autodeterminación, ni en derecho, ni en ninguna otra área de conocimiento que resulte especialmente útil para el caso que nos ocupa.

Los partidarios de la independencia han caído en el uso del mismo tipo de falacia, claro. Tienen también sus cromos que lucen para contrarrestar a los anteriores: Albert Pla por aquí (en un ejercicio de ironía que muchos medios entendieron tarde y mal), Manolo García por allá… De todos modos, los partidarios del referéndum suelen quedarse en el terreno de la opinión, en contraposición a los contrarios, que se obstinan en querer explicarnos por qué es una idea tan nefasta (e ilegal y perniciosa) que el referéndum se celebre.

Mención aparte merecen todos aquellos nombres que habitualmente imaginamos con un embudo en la cabeza y que cuando se pronuncian a favor de nuestra opción pasan a merecer rango de autoridad digna de mencionar. Tejero pidió que el referéndum se juzgara como su 23-F y los medios más a la derecha de Ciudadanos (sí, existe un pequeño espacio ahí) se mostraron encantados en publicar semejante pieza de caza mayor en su favor. Assange lleva semanas demostrando que tanto tiempo sin salir de una embajada no puede ser bueno y el entorno partidario de la independencia muestra pocos escrúpulos en darle bombo como si el sujeto estuviera en sus cabales.

Catalunya, antes o después, será lo que los catalanes quieran y estará bien que así sea. Sobre todo porque cualquier otra posibilidad pasa por imponer una voluntad por encima de la de un pueblo… y esto en general no suele funcionar demasiado bien en el largo plazo. Pero durante el proceso sería deseable que el nivel del debate fuera un poco más elevado que el que estamos teniendo. Habría sido útil escuchar argumentos económicos a favor y en contra, sin soltar la tontería de que Catalunya sería la Suiza del Mediterráneo ni tampoco la estupidez de que una Catalunya independiente no podría seguir utilizando el euro. Habría ayudado conocer argumentos más allá del qué pone en tu DNI, el Barça jugando contra el Palamós y los kilómetros y kilómetros de fronteras con alambre espino. Pero, si no hemos sido capaces de dotarnos de ese argumentario algo más sólido que el presente, convendría al menos no rebajar el nivel hasta el abuso de las falacias contra las que nuestros profesores de filosofía, hace ya más de veinte años, nos prevenían en sus clases.

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