¿Qué vas a dejar en la montaña?

Javier Almodovar
Nov 2 · 31 min read

“¿Recuerdas qué te pregunté la última vez?”

En este cuaderno, todo lo importante está oculto en el espacio entre las líneas: el peso invisible y creciente de todas las cosas olvidadas sin haberlas anotado, de todas las advertencias inútiles acerca de futuros remordimientos. El latido del cursor señala un tiempo que avanza sin respuestas.

Anotación en el cuaderno: “Desechar los pensamientos que surgen al principio del viaje. Son restos de una red que nos devuelve el lugar del que venimos.”

Miro por la ventana en la sala de embarque, en la lanzadera que me lleva al avión, en el avión, en el microbús. La mirada siempre echada hacia afuera, instalada en un horizonte lejano, de espaldas a la vida que habita este espacio estrecho donde estoy sin estar del todo.

“¿Qué vas a dejar en la montaña?”

Algo ha de morir para encontrar una respuesta. Es esa muerte lo que uno anda buscando.

***

La carretera discurre paralela a la cordillera del Pamir. La niebla esconde los picos hasta que estemos preparados para verlos. Al dejar la carretera, frente al arco que marca la entrada al Lenin Peak, se levanta una tormenta de arena que nos ciega y nos cubre de polvo. La suciedad es una suerte de bautizo: la vida mancha. A partir de aquí es ley dar espacio a los sentidos -y delito el olvidarlo-.

Después llega la lluvia. El microbús patina en el lodo mientras el conductor busca el lugar por el que atravesar un torrente arcilloso que elige a capricho por dónde discurrir.

El campo base se asienta sobre una tierra cubierta por un manto de hierba ralo como la barba de los kirguises. Las tiendas se distribuyen en una cuadrícula ordenada. Son amplias, incluso lujosas para un campo base. Los petates quedan protegidos de la lluvia sobre una pequeña tarima de madera al pie de la tienda. Hay una lámpara y un enchufe en cada una.

N, la joven guía kazaja, nos interroga en el comedor acerca de nuestra experiencia en la montaña: cumbres, altitud máxima, problemas de salud. Pregunta igual que examina una maestra severa. Habla de los peligros de la montaña como si fuesen un castigo por mal comportamiento.

***

Amanece soleado, sin una sola nube. Se ha levantado el velo y podemos ver el pico en toda su extensión: el glaciar gigantesco, la larga arista que lleva hasta la cumbre, un enorme manto de nieve dispuesto para acoger lo que sea que uno traiga.

El suelo de la carpa del comedor es de grava. En la comida y en la cena hay dos sopas y dos platos principales, un bol de yogur, leche condensada, mermelada, fruta, panes y bollos, infusiones con hierbabuena y limón. La comida me sabe tan bien como si hubiese viajado en el tiempo a un caravasar de la ruta de la seda, tan cerca de aquí.

En 1974 una fuerte tempestad acabó con la vida de los ocho miembros del equipo femenino nacional de montañismo de la URSS, encabezado por Elvira Shataeva. El viento se llevó las tiendas y los infiernillos, aunque aún pudieron informar de su situación. Cuando los rescatadores llegaron a su posición, todas habían muerto. En un alto que domina el campo base yacen los cuerpos de cinco de ellas. Alguien pisa una de las tumbas sin darse cuenta y N le reprende.

Paseamos hasta los 4.000 m para ir acostumbrando el cuerpo a la privación de oxígeno. Nos acompaña V, un guía ruso que habla un español perfecto. V se deja llevar en la vida al capricho de unas montañas que traen amigos, que traen montañas, que traen amigos, que traen montañas.

Bajamos por una pendiente de tierra suelta, muy cerca de una pala de nieve castigada por el sol. Apenas un metro separa el juego de una caída imposible de parar.

***

Todas las mañanas despertábamos en el colegio interno con canciones de Miguel Ríos. Aquí, a las siete empieza a sonar música clásica por la megafonía del campo.

N tuerce el gesto cuando le digo que no tengo termo ni tornillos de hielo. El buen alumno siente que ha perdido el favor de la maestra y se pregunta cuándo podrá recuperarlo.

Ayer, en el comedor, crucé una mirada con la guía kirguisa del grupo de japoneses. Son mayores. Apenas visitarán los alrededores del campo. Ella es joven, muy guapa, con una sonrisa amable y generosa.

Hoy la guía le muestra fotos de su móvil a O, el joven noruego. O, a cambio, muestra su agradecimiento con una sonrisa tantas veces practicada. Me siento viejo.

La sonrisa de ayer está ahora tras un cristal inaccesible. Es una prueba más de no merecimiento en un juicio rutinario tantas veces repetido. La costumbre impide ver.

A nos lleva fuera del camino. Frente a nosotros el río da fe del paso del tiempo. A la derecha la llanura inmensa y la otra cordillera, la hermana pequeña de esta que pisamos. A la izquierda, en la distancia, el Pico Lenin.

Dentro de mí, una voz responde a preguntas que no han sido formuladas. Es la voz de la carencia.

¿Cómo ir más allá del deseo de ser reconocido?

M y G se escapan cada día a las pequeños charcas que rodean el campamento para bañarse desnudos.

N no se separa nunca de I, su compañero en la montaña y en la vida. En la mesa de los guías ríen y hacen bromas. La severidad de la maestra está fuera de servicio en esa mesa. Por las noches N e I ponen la lámpara hacia arriba y la tienda entera se ilumina. En la oscuridad de la noche luce cálida como un faro avivado por el amor. Con esa luz también nos guían.

***

N y A hablan a menudo de los “países post-soviéticos”. Lo soviético aquí es un tatuaje viejo, desvaído, pero adherido con firmeza a la piel de kazajos, kirguises y rusos.

A: “Si eres inteligente no puedes ser patriota. Si has leído mucho, no puedes ser patriota”. En la montaña a A le gustan los españoles, los franceses, los italianos. No le gustan los polacos.

La camiseta que venden en la tienda tiene una hoz y un martillo bajo la nuca. Los empleados del campo la lucen con orgullo. Ma pregunta por qué llevan aún el símbolo de la Unión Soviética. Nos lo pregunta a nosotros, no a ellos.

Cuando hablan con N, los otros preguntan por la duración de las jornadas. Tratan de saber si son más o menos largas, más o menos difíciles. Quieren saber qué va a suceder, como si tal cosa fuese posible. M oye hablar de una avalancha. N nos responde que en caso de avalancha debemos soltar la mochila y correr. M comenta después que es una respuesta inaceptable. No sé si este parloteo puede cambiar lo que está por venir, pero mi ánimo se ensombrece un poco. No necesito esas preguntas. Yo no tengo miedo a las avalanchas, ni a la subida, ni a la duración de las jornadas, ni a si sabré reaccionar ante un problema, ni si sabré instalar correctamente un tornillo en el hielo. Solo tengo miedo a mi cuerpo, a que mis piernas digan basta, al dolor de la bajada.

A me pregunta cómo se dice puente en inglés.

Puente: construcción que permite cruzar al otro lado, salvar un valle, evitar ser arrastrado.

Vivo instalado en mitad de un puente, sin dejar atrás, ni alcanzar el otro lado, deambulando por vidas que hubieran podido ser.

Ahora, mientras escribo estás líneas, descubro sorprendido que los puentes también son fiestas, música, comer, electricidad, un cuerpo arqueado, visión, caminar, edificios, buques…

Así funciona una mirada limitada.

¿Cómo imaginarnos más allá de lo hasta ahora imaginado?

Mato un mosquito enorme. Al hacerlo me abofeteo la oreja sin querer. Un zumbido queda suspendido en el oído, como si aquí incluso esa muerte minúscula fuese merecedora de reparación.

El viento sacude la tienda. Se oye la tormenta, el repicar de la lluvia y el granizo.

A veces me distraigo durante la lectura. Me acuerdo de X y cruza la mente un pensamiento acerca de ella, “pero tampoco de eso estoy seguro”, me responde el libro.

He buscado muchos años. No se qué. Tampoco sé si confundía el destino con un vago -y quizás falso- presentimiento de algo que falta. Da igual. He perdido aquel impulso, y ahora echo de menos su energía. Lo echo de menos en la falta de deseo, en una imaginación que cada día deja para mañana la planificación de otros futuros posibles, que ni siquiera se permite habitar los huecos que la rutina se olvida de llenar. Se trata de una conciencia que solo se despierta cuando el día se acaba. Si no consigo que vuelva ese deseo, algo en mí estará muerto. Es esa muerte lo que uno quiere dejar aquí.

Dice el libro:

“La vida se encuentra detenida, solo el río corre lento a su lado”.

“Del río, ningún sonido, ni el más tenue; corre en perfecto silencio, no puedo oírlo aunque esté a solo unos pasos”.

Es Werner Herzog en Conquista de lo inútil. Herzog habla como un lunático, como un demente, pero cada línea del libro habla de una vida tan desbordante que desnuda a la mente civilizada, despojándola de toda protección, llenándola de vergüenza.

Hoy no tengo sueño.

***

Un viejo camión militar soviético nos lleva desde el campo base a Onion Glade. El conductor kirguís lleva una camiseta de tirantes y un sombrero de vaquero. Nos despide uno a uno con un “Allahu akbar”.

La montaña es uno de los pocos lugares donde puedo sentir sin distraerme: siento mi cuerpo, el espacio, el frío, la respiración, el agua templada en la garganta. Puedo sentirme pequeño. Los otros siguen preguntando cuánto dura, cuántos kilómetros, y mi atención se aleja con esas preguntas. Me enfado con ellos. Trato de desviar la conversación hacia otro sitio.

Desde Onion Glade subimos hacia el campo 1 por un camino embarrado. Cruzamos un collado desde donde vemos, por primera vez, el inmenso glaciar Lenin. Siento ganas de llorar. Recorro el paisaje con la vista, como quien estudia un cuadro en un museo. La vista no abarca la paleta de blancos y grises de las nubes, la arena, la nieve y el hielo que se confunden entre sí.

Después el camino discurre con una pendiente suave a lo largo de una ladera. No presenta ninguna dificultad, pero cualquier tropiezo puede acabar decenas de metros más abajo, en las rimayas del glaciar. M camina muy lento, lastrado por su rodilla operada, unas botas inadecuadas, y un peso excesivo a la espalda. Graniza suavemente. No moja y su repiqueteo es agradable. Suena como lluvia cayendo al otro lado del cristal.

Llegamos al campo 1. La vista del pico desde aquí es imponente. Este año la montaña está muy cargada de nieve. Cuando llegamos las tiendas están rodeadas por un muro de metro y medio de nieve.

G tiene dolor de cabeza y falta de apetito. Nunca había tenido una molestia antes.

Dos chicos de Barcelona relatan el rescate de una persona con edema cerebral. Se han encargado de bajarlo entre ellos y un grupo de sherpas nepalíes que pasan aquí la temporada de verano. Los nepalíes son una visión exótica en este lugar.

Por la noche oímos un par de avalanchas. Tengo un leve dolor de cabeza. Duermo a ratos.

***

G se levanta con una hinchazón importante en las bolsas bajos los ojos. Se siente mal. Sale con nosotros hacia el Yukhin Peak, pero se da la vuelta a los pocos metros.

Al salir del campo cruzamos una llanura de nieve blanda en la que nos hundimos una y otra vez. Estoy cansado, pero subo sin dificultad.

Or es un chico impaciente y obsesionado con alcanzar la cima. Corre y se para, corre y se para. Me pongo nervioso con su ritmo. Suenan truenos a lo lejos. Cae una nieve con forma de bolas de poliestireno. La intensidad de los truenos aumenta y la nevada se hace más intensa. N recibe un aviso por radio y nos damos la vuelta alrededor de los 4.900 m. Es demasiado peligroso subir en estas condiciones. En una parada Or menea la cabeza y dice “I don’t know”. N le mira y le dice: “Si estás así, no voy a subir contigo al pico. Es tu vida y es la mía”. A la vuelta hay un tramo en el que avanzamos cuerpo a tierra para evitar hundirnos en la nieve.

Por la tarde descanso en la tienda. Se suceden el frío, el calor, el sol, las nubes. El cuerpo se queja, le cuesta adaptarse con la rapidez necesaria. En la parte alta del glaciar podemos ver los restos de dos avalanchas.

Por la tarde G tiene problemas de visión, de oído, y de equilibrio. Mañana bajarán al campo base para ver si remiten los síntomas de mal de altura.

***

F y Ma conversan largamente con N. Ma es fuerte, pero su mente duda: “tengo hijos y no quiero correr riesgos”. Esa frase me hace verme más atrevido de lo que me gusta creer que soy. Eso me hace sentir incómodo.

Los demás preguntan por el riesgo de avalancha. N responde: “si estás en una pendiente y hay nieve, siempre hay riesgo de avalancha”.

G y M, F y Ma, son más turistas que montañeros. G tiene cuarenta y dos años. Es profesora de alemán y educación física. Tiene cinco hijos que apenas han dejado rastro en su cuerpo. Siempre está sonriendo y sus movimientos son suaves y elegantes. M es teniente coronel del ejército. Submarinista profesional. Lleva una camiseta con la silueta del último barco austríaco hundido en la I Guerra Mundial, y un abrigo de camuflaje. Nos cuenta historias de sus misiones militares. Da por supuesto que lo que cuenta nos interesa. Lleva un colgante africano y la foto de su Whatsapp es un cuadro de los cruzados. Es alto y fuerte y habla en inglés despacio para asegurar que la construcción de la frase es correcta y que todo el mundo le entiende. Al acabar de comer recoge los platos de quienes hayan acabado.

No esperaba encontrarme un grupo así en una montaña como esta. Su falta de experiencia se traduce en ansiedad, en la necesidad de compensar esa falta con un caudal constante de información que satisfaga su necesidad de certidumbre. Necesitan saber qué va a pasar antes de que ocurra. Ven la montaña como una amenaza, y sus palabras, de algún modo, contaminan mi visión. No quiero añadir más miedo al que ya tengo. Me siento triste, como quien oye hablar mal de un buen amigo.

Ellos empiezan a dudar. Para mí la montaña empieza aquí. Pienso en lo que significa para mí aceptar las consecuencias. No se trata de aceptar lo que ocurra, sino dejar de pensar en ello.

***

M y G han bajado al campo base.

Ma y F han salido a primera hora hacia al Yukhin Peak sin avisar a los guías. Llegan exhaustos. Una fina línea blanca marca el contorno de los labios de F, como un caballo después de una larga jornada galopando. N les reprende. Ellos asienten como alumnos avergonzados. Lo que han hecho es irresponsable e insensato. Se han comportado como dos adolescentes en un campamento de verano.

Or, Gr y yo desandamos el camino de ayer para hacer unas prácticas en hielo. El lugar de prácticas está lejos del campo. Es más esfuerzo del que deberíamos hacer. En el hielo siempre estoy tenso e inseguro. Es un medio que desconozco.

A la vuelta Or se enfada porque va muy despacio. Dice que no deberíamos haber hecho hoy esta actividad, que fue una decisión de M, y que representa un gasto de energía innecesario. Or se da cuenta de que el pico está fuera de su alcance, y empieza a atesorar un pequeño capital de excusas con las que proteger mañana un ego resentido. Por las tardes Or habla con unos y otros para saber cómo es la subida a partir de aquí. Está obsesionado con la cumbre. No me gusta Or.

Ma y F deciden bajar al campo base.

Me doy cuenta de que creo que los demás disfrutan más que yo. Me siento solo en el comedor y me pregunto si es necesario llevar la soledad hasta este extremo.

Por la noche, la nieve que cae sobre la tienda es el sonido de mi miedo.

***

A las 3:30 salimos hacia el campo 2. La noche es agradable. No hace frío ni viento. Una larga travesía nos deja en la base del tramo más vertical del glaciar. Allí nos encordamos y nos ponemos los crampones. Subimos por una pendiente muy inclinada. A Or se le sueltan tres veces los crampones, obligando a detenernos y retrasando la marcha.

Or sube entre N e I. Yo subo entre A y Gr. Cada pocos metros siento un tirón en la cuerda que me hace detenerme. Miro hacia atrás y veo a lo lejos a Gr apoyado sobre los bastones. Cruzamos puentes de nieve sobre las profundas grietas del glaciar. Or pide a N cambiarme el sitio. Quiere ir en la cordada de A, en lugar de ir entre N e I. N le dice que no. A pesar de eso, no deja de quejarse y de parar. N le insiste en que debemos seguir. Cuando el sol empieza a calentar, el riesgo de avalancha se multiplica. Además, debemos atravesar el “hot spot”, una inmensa sartén donde el sol reflejado convierte el lugar en un infierno.

Cuando el sol supera las montañas y empieza a reflejarse en la nieve, la subida se hace durísima. Voy muy mareado y escucho mi voz con un pequeño retardo. Me cuesta pensar con claridad. Durante un par de horas pienso que me voy a desmayar en cualquier momento. Noto cómo la bota roza el lateral del talón. Tardamos 8 horas en llegar al campo 2. Llego agotado.

Al llegar el campo como algo. El cuerpo pide sal. Me como gran parte del queso que llevo en la mochila. Derretimos nieve en el hornillo y preparamos una sopa y agua para un té. Paso la tarde tumbado, bebiendo té y comiendo poco a poco. Siento cómo el cuerpo se va recuperando. Las botas nuevas me han causado una ampolla en el lateral del talón. La limpio y la cubro con un parche hidrocoloide.

Or tiene un fuerte dolor de cabeza y le cuesta respirar. Cuando N se acerca a la tienda y nos pregunta cómo estamos, le responde que está bien. Siempre está bien cuando N le pregunta. A le dijo que trabajar es bueno para aclimatar, así que sale de la tienda para hacer sopa bajo la nieve.

Por la noche oímos avalanchas.

***

Me siento bien al levantarme. Me preparo un café instantáneo que saboreo con placer. Or se levanta con dolor de cabeza. Le doy una aspirina. Cuando N pregunta, de nuevo todo está bien.

Hoy deberíamos subir al campo 3, pero N decide que las condiciones de nieve no son buenas, de modo que seguiremos en el 2, y haremos una pequeña ascensión para aclimatar. Or se vuelve nada más salir del campo 2.

Me gusta observar a N e I, cómo se miran, cómo se cuidan, cómo se hablan. Aquí son guías de montaña, compañeros de trabajo, amantes secretos que se recuerdan quienes son con gestos de cuidado: el ofrecimiento callado de una barra de protector labial, unos frutos secos, unas manos que colocan un pañuelo. N e I viven juntos en Almaty. I me cuenta que hizo decenas de cuatro miles y algún seis mil antes de atreverse con el Lenin. Su preparación es un signo de respeto por el pico.

Al llegar a los 5.600 m nos tumbamos en la nieve. Dejo que el sol me acaricie y me siento en calma.

A las ocho de la noche oímos un estruendo y me asomo fuera de la tienda. Alcanzo a ver la polvareda de una avalancha gigantesca. Es hermosa. Es una visión hipnótica. No siento miedo.

***

Salimos muy temprano del campo 2. Debí hacer agua ayer. Hoy la nieve está dura y apenas puedo derretir suficiente para hacerme un café. Esa será toda el agua que tomaré hasta el campo 1. Cruzamos por encima de las avalanchas de los dos días anteriores. Una se eleva más de dos metros sobre el camino. Es un helado grumoso vertido sobre la montaña. Me asomo a alguna de las grietas del glaciar. Una pared de hielo azulado se adentra en las profundidades.

Gr, por detrás de mí, avanza sin mantener la distancia suficiente, lo que hace que la cuerda quede suelta por delante de mí y que tenga que sortearla todo el rato. Eso me pone nervioso. Me tropiezo un par de veces y me caigo. Me doy la vuelta y se lo reprocho. N va por delante de nosotros. No mira hacia atrás, donde I y A se encargan de Or. N no hace preguntas, no conversa. Es su forma de entender la profesión. Sin embargo, cuando nos cruzamos con otros guías, todos la abrazan y saludan. Cruzan palabras amistosas y se gastan bromas.

En la comida hablo con A. I escucha, pero no habla. A me cuenta que le gustaría vivir en Nueva Zelanda, y que le gusta la música electrónica. Le pregunto a I donde le gustaría vivir. Sonríe y responde “home, sweet home”. Me gusta sentarme con N, A e I y escucharles hablar, aunque no entienda lo que dicen. Se ríen mucho más que nosotros. Se ríen de otra forma.

Después de comer, seguimos hacia el campo base. Hay un desprendimiento en uno de los corredores que atraviesan el camino. Nos paramos hasta que cesan de caer piedras. Entonces cruza N y detrás Or. Yo le sigo. Cuando casi ha cruzado el corredor, Or mira hacia arriba y yo sigo su mirada. Se echa hacia atrás y una piedra del tamaño de su cabeza cruza como un proyectil a unos centímetros de su cara. Yo no la había visto. No siento miedo. Eso me gusta y me preocupa. Voy demasiado confiado.

A e I se quedan atrás con Or y Gr. yo voy delante con N. A medida que nos acercamos al collado que nos lleva al otro valle, siento cierta euforia. Es la química resultado del esfuerzo, pero también la puerta por donde el paisaje entra en uno. N, la guía severa y distante se agacha de vez en cuando y acaricia una flor, o se detiene un momento para que unas mariposas crucen por delante de ella, o pone una libélula al sol.

Los pantalones se me caen. Al llegar al campo base enciendo el móvil y la pantalla no reconoce mis dedos. Es la suciedad, pero me gusta pensar que la tecnología no me reconoce después de adentrarme en la naturaleza. Me doy una ducha larga, y en la cena tengo un hambre voraz.

Por la noche hablo con los chicos noruegos. H perdió a un amigo en una avalancha hace dos meses. O perdió a una amiga en el accidente del 737 MAX en Etiopía. O estuvo aquí hace tres años. Vino con un amigo que tuvo que ser rescatado. Lo hizo una guía que estaba allí para recordar a su marido muerto en esa montaña un año antes.

No me acostumbro a tanta luz.

***

Día de descanso en el campo base. Una trabajadora pasa la escoba por delante de la tienda. Durante tres meses esta será su casa. Hacemos cola para lavar la ropa. N e I se sientan al sol mientras esperan su turno. En los tres días de descanso el tiempo pasa aquí como pasa en los pueblos: esperando mientras las cosas suceden, o a la espera de que sucedan.

O me comenta que la guía kirguisa está casada y tiene un hijo. La guía le propuso verse antes de irse. Le dijo, también, que él era inalcanzable para ella. Envidio su juventud.

Sesteo en la tienda, tomo un café con O y H, dejo pasar el tiempo. Por la tarde llega el camión soviético con las tres primeras personas en alcanzar la cumbre en esta temporada. Dos guías rusos y un chico escocés. Una de las tres es una guía jovencísima que no puede contener su euforia.

Después de la cena el escocés se queda sentado solo, con la medalla del pico al cuello, con las piernas cruzadas y la mirada perdida, como si hubiese olvidado algo en la cima.

Por la noche charlamos Ma, F, M, G y yo. Esta vez nos reímos como se ríen los rusos. G me dice que no entiende por qué no tengo novia. No sé qué decir. Quizás espere algo que no existe, quizás me haya acostumbrado a la soledad, quizás sea incapaz de imaginarme otra vida. Se me ocurren demasiados quizás para dar una respuesta. Le cuento a cambio mis últimos naufragios amorosos.

G me cuenta que estuvo enamorada de M hace veinte años, pero él no lo estaba de ella. “Ahora es al revés”. G me cuenta que M quiere tener hijos propios. M y yo tenemos la misma edad, aunque en esa crisis le llevo un par de años de adelanto.

Ma y F están viajando por Asia Central en una bici en tándem. Nos confiesan que antes de ser pareja fueron vecinos muchos años y que sus hijos son amigos. Le pregunto cómo es la situación ahora. “No es fácil”, dice Ma riéndose y ladeando la cabeza.

***

El viento ondea las flores amarillas que tapizan el suelo, igual que ondean las banderas descoloridas frente al comedor.

Un danés llama la atención a Or por coger el pan con la mano. Or es azerbaiyano. Me pregunto si el danés hubiese hecho lo mismo si Or fuese europeo.

Ayer F subió al campo 1 con intención de llegar al campo 3. Ma le espera aquí. Hoy vuelve al campo base. Demasiada nieve para intentarlo. Cuando se va hacia la tienda, N dice: “Destiny. Fate”.

El aburrimiento hace que vuelva a las redes sociales, al periódico, al correo. A todas las cosas de las que me gusta alejarme cuando voy a la montaña. Todo es espera: la siguiente comida, el siguiente microbús trayendo o dejando nuevos turistas, que llegue el sol. La tristeza se acomoda en la espera como un gato se deja acariciar por el sol tumbado en un sofá.

Or es periodista. Sin embargo lo que cuenta siempre es incompleto, defectuoso, o simplemente mentira, como cuando le dice a N que está bien. La mentira y la imprecisión en el lenguaje son para mí una suerte de herejía.

Hay una cierto desidia en cómo construye las frases. A menudo hay que pedirle que repita lo que dice y se ríe como diciendo ¿de verdad tengo que repetirlo? Hay algo en Or que me exaspera.

Se empeña en que tenemos un día de reserva en el programa y yo digo que no. Me levanto de la mesa y voy a la tienda a por el programa. Vuelvo y se lo enseño. Al final resulta que el programa de la agencia local y el de la agencia española difieren entre sí. En su programa sí hay un día de reserva. En el mío no. También se empeña en que se puede bajar del C3 al C2 en una hora. 700 m en una hora. Pierdo la paciencia. Por supuesto, mi ira no tiene que ver con él, sino con lo que su carácter hace resonar dentro de mí. Después me arrepiento de mi ira.

Por la noche tomamos champán para celebrar el cumpleaños de M. El escocés toma café sentado solo en la mesa de al lado. F pregunta si imaginaríamos que N es guía de alta montaña si nos cruzásemos con ella por la calle.

G y M deciden irse un par de días del campo a un albergue más abajo para que G se recupere del todo.

Leo a Herzog. Me impresiona su capacidad para captar el más mínimo detalle de todo lo que le rodea. Con la lectura desaparece la más mínima confianza que yo pudiese tener en mi escritura.

[Mientras escribo estas líneas, leo a Ursula K. Le Guin: “La práctica del un arte consiste en el ejercicio de ese arte: es el arte”].

Si el viaje era antes una exploración de lo desconocido, una búsqueda romántica de nuevas experiencias, o simplemente fruto de la necesidad, hoy lo concebimos como una excepción en nuestra vida: durante unos días haremos las cosas que no hacemos y nos permitiremos cosas que no nos permitimos -incluyendo confesarnos a los desconocidos-.

Unos muchachos dan vueltas en coche en la explanada. Hace treinta años yo hacía lo mismo con el coche de mi padre. Las vacaciones relajaban su carácter y nos daban una tregua. A pesar de todo, a menudo echo de menos no haber podido estar con él siendo quién soy hoy.

N e I están en la tienda de al lado. Oigo sus risas y el rumor de sus conversaciones.

***

Ma y F se van hoy. Los echaré de menos.

Mañana deberíamos salir hacia el campo 1 para intentar llegar a la cima. El parche que cubre la ampolla no tiene buen aspecto. Lo retiro. La piel está rota y bajo ella hay una herida. Retiro la piel muerta. Pongo el último parche que me queda y este se desprende. Mierda, estoy jodido. Voy al médico del campo y me aplica una pomada antiséptica y sobre ella unas tiritas. Me pongo nervioso. Repaso mentalmente la secuencia de errores: venir con botas nuevas, no ajustarlas adecuadamente, darle cuatro parches a M, no pinchar la ampolla antes de aplicar el parche, no haberlo retirado al llegar al campo base, aplicar el último sin limpiar la herida ni calentarlo. Estoy bien físicamente, he aclimatado muy bien, no hay nada que impida la ascensión y todo se va a echar a perder por una ampolla mal tratada. Noto el latido en la herida lacerada. Mala señal. Es posible que haya una pequeña infección. He echado a perder cualquier posibilidad de ascenso.

Por la noche, en la cena, se sienta en la mesa un guía ruso que lleva veinte días en la montaña sin crema solar. La piel se le cae a jirones. ¿No le duele? Tiene los ojos azules y se cubre la cabeza con un gorro de lana. Luce una larga y descuidada barba rubia. El bigote se derrama sobre su labio superior. Tiene el aspecto de un marinero nórdico del siglo XIX.

Me voy a la cama preocupado como si hubiese cometido un error imperdonable.

***

Por la mañana la herida tiene mejor aspecto. Está seca y no palpita, pero es muy extensa. Se la muestro a N, que tuerce la boca al verlo: “no tiene buen aspecto”. Me pone la mano en el hombro, un gesto salva la distancia profesional que ha mantenido hasta el momento. A pesar de todo, decido intentar subir al campo 1. N asiente y me dice que probemos.

Al ponerme las botas me hacen daño. En el camión que nos lleva a Onion Glade voy preocupado como si estuviese esperando el resultado de unas pruebas médicas. Al bajar del camión solo tengo que dar diez pasos cuesta arriba para darme cuenta de que no puedo seguir. Al apoyar el pie el peso del cuerpo cae sobre la herida, y el dolor me hace levantar el talón de forma instintiva. Es totalmente inviable subir así. Hasta aquí ha llegado el primer intento de subir un 7.000.

Me paro y el digo a N que no puedo subir. Tengo un nudo en la garganta. Me mira y me dice que no va a mejorar. Le digo que es lo mejor para mi y para ellos. Me da un abrazo y me pregunta si esperaré por ellos en el campo base. No lo sé. Les deseo buena suerte a todos, a Or y a G, y a los guías, a N, I y A.

Bajo solo hacia el camión, que sigue todavía en la explanada. Tengo ganas de llorar. Estoy solo en la caja del camión todoterreno, que me zarandea de un lado a otro. Voy sentado mirando hacia atrás, mirando el pico. Pienso en los errores, en los importantes y los que no, en lo aprendido. Ahora sé que este pico está dentro de mis posibilidades. Y sobre todo pienso en que cada detalle, por pequeño que sea, es importante: una ampolla ha echado a perder un viaje. Algún día volveré.

A medida que me acerco al campo base mi ánimo se va recuperando: pienso que volver ha sido la mejor decisión. El campo está vacío. Es como entrar en un colegio donde los alumnos están de vacaciones. Los trabajadores limpian las tiendas o preparan la comida. Es la actividad invisible que mantiene el campo funcionando mientras los visitantes paseamos.

Me cruzo con Mi, el manager del campo. Le cuento lo que ha sucedido y me dice que quién sabe, quizás esa herida ha prevenido algo peor. “Inshallah”.

La despedida con N e I ha sido apresurada, torpe, sin tiempo para pensar qué decir. Es posible que nunca vuelva a verlos. Quizás todas las despedidas sean así: incapaces de estar a la altura de eso que está a punto de perderse.

En el campo me instalan en la tienda donde estaban ellos dos. Hace mal tiempo y bajo la puerta de la tienda, pero la parte baja queda entreabierta. Hay un mundo ahí fuera, pero yo solo veo el barro y las ruedas de un vehículo que lleva a otros a otro sitio mientras yo estoy aquí encerrado, habitando como un prisionero el espacio que hasta ayer acogió a una pareja de enamorados.

Vuelven G y M. M me cuenta sus planes de futuro. Cuando M se ausenta, Ge me dice “todo son ideas mías. Tiene todo menos lo que de verdad quiere: una familia y una esposa”. Le pregunto cómo puede conseguir eso: “Dejando de verme”. Hace veinte años ella estuvo enamorada de él, y después sus caminos se separaron. Ella se casó con otro hombre, y tuvo cinco hijos. Lo tiene todo, pero la falta algo: “un poco de aventura”, me dice.

“¡Cuando te vi pensé: !Oh, no! ¡Es como mi marido!”. Me dice que pienso antes de hablar, que soy estructurado. El pensamiento de G es un misterio para mí. Yo pregunto, M habla, y G piensa. ¿Qué ha querido decir G?

Abro el cuaderno y empiezo a escribir:

Los niños perdidos

Los niños flotan en un líquido denso y negruzco. No es, sin embargo, un líquido hostil ni maloliente. Solo es frío. Los niños no se mueven. Solo flotan mientras los pájaros que vuelan en la cueva se lanzan en picado sobre ellos. Quieren sacar a los niños de allí, pero al mismo tiempo temen hacerles daño con sus garras, así que cuando están a punto de alcanzarlos, remontan al vuelo dejando a los niños sobre el líquido. Una y otra vez. En lo alto de la cúpula hay una abertura por donde los niños pueden ver la luz. Todos alinean sus cuerpos con la abertura, formando un inmenso abanico sobre el líquido. Un aire frío recorre la cavidad. Los pájaros entran y salen de incontables cuevas en un paisaje lunar lleno de madrigueras como esta.

***

¿Dónde está la frontera que separa la determinación de la obsesión?

Visitan el campo dos policías de frontera con uniformes militares. Llegan en un pequeño utilitario, y usan unas Adidas negras, y uniformes pixelados. Llevan un Kalashnikov para los dos, sin cargador, y unas gafas de policía norteamericano. Les muestro mi pasaporte y el permiso para acceder al pico. Hay aquí miles de sitios donde podría esconderse alguien y no ser descubierto.

Después de cinco días en el campo base, por la tarde salgo en dirección a Osh. Abandono la prisión. A la salida dos policías de fronteras detienen el microbús y miran nuestros papeles sin entenderlos del todo. Cuento hasta cinco líneas eléctricas que discurren paralelas a la carretera. Algunos de los postes se inclinan hacia atrás, como bailarinas azotadas por el viento. Ascendemos elevadísimos puertos de montaña por los que los camiones suben y bajan a paso de bicicleta. A los lados de la carretera es frecuente ver pequeños remolques junto a las yurtas. Muchas casas presenta grietas importantes en la estructura. Sospecho que las construyen sin cimientos. La pobreza me entristece.

En el viaje a Osh suena la Lambada y Julio Iglesias -Nostalgie-

Los niños perdidos

Aquí no hay orientación posible. No hay Norte, ni Sur, ni Este ni Oeste, ni Arriba ni Abajo, ni Centro, ni Periferia. Aquí no se llega desde algún sitio, ni se llega a ningún lugar. Sin embargo todos buscan una geografía, una manera de orientarse. Aquí hay saltos espaciales que no conocen ley. Ningún niño se ha ahogado aquí, ni ha sufrido daño en carne, ni hay laceraciones en sus finas pieles, porque aquí no está permitido el alivio, pero tampoco un dolor que distraiga de ese que les mantiene aquí encerrados, en este lugar sin muros. Ningún niño aquí puede moverse por propia voluntad. Aquí los niños son llevados de imagen a imagen, empujados por un mensaje que no consigue tener voz.

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La camarera del hotel pone orden en el bufé. Coge a escondidas un trozo de queso y se lo lleva a la boca con disimulo.

Osh es una ciudad polvorienta y calurosa, con aspecto de haber sido construida y abandonada por los soviéticos con igual premura. No hay un casco antiguo -Kirguistán ha sido siempre un territorio de nómadas-. Recorro las calles del bazar, llenas de gente, ropa barata y juguetes chinos. El orden y el colorido de los puestos de frutas, especias y dulces dan un pequeño respiro a la vista. En una de sus calles se suceden una serie de minúsculos cubículos, con apenas sitio para una silla y una pequeña mesa, donde se reparan teléfonos móviles. Se asemeja al corredor de una cárcel. Pequeños utilitarios coreanos y japoneses recorren sus calles. Unas enormes tuberías discurren a cielo abierto, elevándose de cuando en cuando en los pasos de peatones. Las canalizaciones de agua y el hormigón de las aceras parecen dispuestas a capricho, como si alguien hubiese ignorado los planos de los planificadores. Aún así, se puede ver la mano de los urbanistas. La modernización aquí depende del criterio con el que se diseña cada nuevo comercio.

De alguna manera seres humanos y ciudades respondemos a una taxonomía similar: hay unas pocas ciudades trazadas con elegancia y majestuosidad, llenas de toda clase de riquezas y de arte, de calles donde se suceden el olor a pan recién hecho, a dulces, a café, o a comida de todos los rincones del mundo. Ciudades construidas desde los ideales y la desmesura. Y luego están el resto, las decenas de miles de ciudades que se han construido como la mayoría de nosotros construimos nuestras vidas: levantadas con los precarios materiales que tenemos más a mano, gobernados por una puñado de creencias que tratan de embridar una realidad que siempre se nos está escapando, de contener unas emociones que siempre están poniendo en jaque el orden frágil e inestable que nos permite llegar a la noche sin mayores contratiempos. Esas ciudades, como la mayoría de nuestras vidas, se asemejan al dibujo de un niño que trata de reproducir el cuadro de un maestro. Y sin embargo, hay que desconfiar de esta mirada: aquellos que solo se fijen en el trazo pasarán por alto que es el mismo latido el que impulsa la vida en cualquier sitio. Conviene no olvidarlo.

O también está en Osh. Dejó el campo base hace unos días. Pensaba que estaría de vuelta en Noruega, pero se ha quedado aquí. Es un alivio saber que no tendré que pasar solo todos los días hasta la vuelta.

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O y yo paseamos por Osh. O se sienta a jugar al ajedrez en un parque con un grupo de kirguises. Cada vez que el kirguís se cobra una pieza la retira del tablero y la deposita sobre la mesa con un golpe seco y una mueca de furia en el rostro, como si jugar al ajedrez consistiese en derribar un edificio. O mueve sus piezas tranquilo, explicándome los errores de su adversario y por qué él va a ganar la partida. Jaque mate. O sonríe y le da la mano para despedirse. Pasamos por delante de la estatua de Lenin. El líder de la revolución rusa está presente en todas partes.

Subimos al único lugar histórico que hay en Osh: la torre de Suleyman. Un lugar de peregrinaje para la mayoría musulmana del país. Pasamos el resto del día paseando, tomando cervezas y charlando. Hablamos de política, de la familia, de religión, de relaciones, de ecología. O escucha, pregunta y respeta. Sobre las mujeres me dice: “I’m not a player. I try to be nice”.

La lejanía de la montaña me devuelve poco a poco a las listas, a las redes sociales, a Whatsapp, al correo electrónico.

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S, de la agencia, me lleva al aeropuerto de Osh. Me dice que le gustaría ser azafata de vuelo. Le sugiero que mire en las compañías del Golfo Pérsico. Me habla entonces de las dificultades que supone el “Central Asia Mindset”, de la dificultad mental de alejarse de los padres, de las obligaciones para con ellos, y de las dificultades de aquellos para dejar ir a sus hijos. Es la herencia religiosa, sospecho.

Antes de despegar, la azafata trata de poner orden en el interior de la cabina, como una profesora que trata de hacerse con una clase que se rebela. Una mujer reclama su asiento y la ocupante se desentiende. La azafata consigue que se vaya al que le corresponde. El pasajero que tengo delante ignora la indicación de poner el respaldo en posición vertical para el despegue y la azafata lo pasa por alto.

La luz en Bishkek llega de todos lados, como si quisiera impedir que la fotografíen. Recorro la cuadrícula de sus calles. Hace un siglo aquí no había nada, y hoy hay una ciudad de millón y medio de habitantes. Apenas se ven motos como en otras ciudades de este tipo. Todo son coches importados de Japón o de Corea, con el volanta a derecha o izquierda según su procedencia. Hay un número sorprendente de Lexus. En un centro comercial encuentro una tienda de Massimo Dutti. En la calle hay gente comiendo helados, luces de colores, risas, atracciones de feria, calor, parejas cogidas de la mano, gente que se hace selfies. Los rasgos de los kirguises se asemejan a los de los mongoles, excepto la minoría rusa. Un músico espera el autobús. En el restaurante popular donde como las camareras llevan velo y no se sirve cerveza. Se sirve comida todo el día, y los clientes entran y salen sin horarios definidos. Tiene una larguísima carta de comida. Elijo la sopa por la foto y un kebab de pollo. Me demoro en el disfrute de ambos.

Los niños perdidos

Unos niños han cruzado la pared y desaparecido en un teatro. Otros están suspendidos en el aire, depositando sobre el suelo unas sombras que no les pertenecen. Todos los que me rodean fueron algún día uno de esos niños, con la piel cuarteada y cubierta por un manto de polvo, asustados, cavando un surco en una tierra que será su condena. Tener el trigo tan cerca y no permitirse quebrar el tallo. La mirada condenada por el miedo. El niño sabe comer la galleta, acariciar al gato, coger el cubo, pero el niño no sabe, y por eso no ve más allá de la vasija pintada que lo ha de contener el resto de su vida. Buscará siempre el pliegue de piel que cae bajo su mano, notará tantas veces el calor de un sol que no ha sido ocultado por la mano que habría de hacerlo, reptará bajo el montón de carbón para que la suciedad le justifique. Dentro del niño que juega con guijarros habita el otro, que calla cuando aquel chilla, que se esconde cuando el otro da patadas al hermano, mientras su padre, con el cuello vuelto hacia arriba, desafía la mirada de un extraño. El espejo, mientras, echa la vista hacia otro lado, como si no tuviese parte en esta miel que se pega a los dedos de las manos, a la planta de los pies, a los párpados, al humo del tabaco, a todo lo que trajo al mundo a este ejército de niños que se cercan a sí mismos, que amagan, que intentan retroceder cuando retroceder es lo único imposible. Si solo fuese posible subir por la pierna de la madre, primero la pantorrilla, después el muslo, hasta llegar al vientre y encogerse allí, en la piel vencida, tan cerca y tan lejos del principio.

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El centro de Bishkek concentra la mayoría de los edificios de la era soviética: El Museo Nacional, El Teatro del Ballet, el Parlamento. Grandes explanadas, enormes edificios de líneas rectas, el enorme mástil con la bandera. El Museo Nacional está cerrado por tiempo indefinido.

O ha llegado hoy a Bishkek. Por la tarde visitamos la nueva mezquita. Una cinta delimita un pequeño corredor por donde los visitantes podemos acceder sin molestar a los fieles. Uno de los kirguises que reza se nos acerca y nos pregunta de dónde somos, si hay mezquitas en nuestros países. Se alegra cuando le decimos que allí hay musulmanes, y nos insta a visitar el Issyk Kul.

Un grupo de árabes entran en su hotel con sus sillas de montar.

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No recuerdo si estás calles las recorrí hoy o ayer. Los días se confunden unos con otros. La estructura cuadriculada iguala los espacios. Cuesta establecer referencias. O y yo nos despedimos, seguramente para siempre. Siempre nos estamos despidiendo de algo para siempre.

En los altavoces del bar suena Eros Ramazzoti y Jose Luis Perales.

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Último día en Bishkek. Por la mañana paseo hasta la estación de tren. Me adentro en las vías para sacar unas fotos. Subo a un puente sobre ellas buscando la perspectiva. Allí, todas las vías secuestran la mirada y la conducen hacia el punto de fuga. Vivimos la mayor parte del tiempo con la mirada instalada en ese punto de fuga, arrastrados hasta allí por los pensamientos y las ensoñaciones que nos alejan de esta estación de paso que es la vida.

Muchos mendigos tienen una báscula en el suelo. Eso les permite hacer pasar la caridad por una transacción comercial. De alguna manera eso crea una ficción que iguala al que pide y al que da. Un viejo se lava en el agua sucia de la acequia que discurre por un lateral de la calle. La herida del pié no acaba de cerrarse.

Soy el único en el restaurante que espera a ser atendido. El resto entra y busca una mesa sin atender a ningún turno de espera. Algunos incluso se quedan de pie frente a una mesa a la espera de que los comensales se levanten.

Una mujer que me ve parado en la puerta me indica con señas que me siente a su mesa. Tienes treinta y cuatro años y cuatro hijos. Es la encargada de un taller de costura. Es capaz de decir alguna frase en inglés. Para el resto usa un traductor en el teléfono móvil. Me pide el teléfono para escribirme y practicar inglés. “¿Quieres ser mi amigo? ¿Podrías enseñarme inglés por Whatsapp?”. Recoge los restos de comida que le quedan, y los que yo le ofrezco. Será parte de la cena de sus hijos.

Los niños perdidos

Todas las líneas convergen en ellos. Todos los relojes señalan su hora. Alguien pregunta sus nombres, y ellos devuelven su hartazgo. Es una herida que ni sangra ni cierra. El correo que les llega no responde a nadie, y ellos apilan las cartas confiando en que la espera les hará destinatarios algún día. Todo por el legítimo deseo de ser legitimados.

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Sobrevuelo la piel arrugada del inmenso desierto uzbeko. Allí abajo, en algún lugar, también hay vida.

Recorremos el edificio terminal del aeropuerto de Estambul. M me cuenta su historia con G. Llevan cinco años fingiendo que todo depende de una decisión que ella tomó hace tiempo. Nunca vivirán juntos. M ha pasado esos años pensando que esa decisión está pendiente. Yo recuerdo la frase de G: “Todo son ideas mías”.

Esta vez mi espíritu ha llegado antes que yo. La tormenta que cae sobre Madrid limpia el aire polvoriento del verano. Yo limpio la casa.

Cierro el cuaderno de viaje y vuelvo a todo lo que aplaza la escritura.

Moriremos sabiendo tan poco.

    Javier Almodovar

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