DE POR QUÉ NO HAY QUE SALIR EN MARTES

24.01.2017

Da la casualidad que hoy quise ir a caminar un poco por la tarde, estaba harto de estar
enclaustrado en las cuatro paredes de mi habitación. Pues bien, sin ningún plan o ninguna ruta
en específico me dispuse a caminar hasta que me cansara de estar en el exterior y quisiera
regresar a mis aposentos; por desgracia, por más que intenté regresar de forma expedita, los
eventos desafortunados que tuve que experimentar hicieron imposible un pronto regreso.
~ EL EJÉRCITO ESCARLATA ~
La serie de fatídicos eventos empezaron a poco más de quinientos metros de mi punto de
partida. Y debo admitir que el error fue mío, al asumir que en este pequeño pueblo no había
milicia. La temperatura estaba perfecta, no muy caliente, no muy fría. El cielo estaba tan
despejado como mi mente en ese momento, hasta el momento mi paseo iba formidable. Todo
estaba perfecto hasta que un vil ejército emprendió su campaña contra mí. Era una batalla
injusta, eran más de mil soldados contra un solo cristiano el cual no había cometido más crimen
que invadir propiedad ajena. Sin querer había irrumpido en la propiedad custodiada por
aquellos valerosos milicianos escarlata. Yo trataba de dominarlos con la fuerza de mis pies,
pero ellos me atacaban con punzadas ardientes en todo mi cuerpo, punzadas que ardían tanto
como el sol de marzo.
 Fue difícil librarme de aquellos soldados, pero logré escaparme, eso sí, me quedaron de
recuerdo varias heridas, las cuales serán de aquella guerra un recordatorio perenne, o bueno, al
menos por unas dos semanas o hasta que la crema de rosas haga efecto.
~ BIENVENIDO AL COLISEO ~
 Una vez librado de aquella bélica situación, emprendí rápidamente el camino a casa,
arrepentido de haber querido salir. Tomé un atajo para poder llegar rápido al lugar de donde
nunca debí haber salido. Iba a toda prisa cuando de pronto empecé a sentir una incómoda
sensación de que me vigilaban; ojalá hubiese sido solo eso, una sensación.
 Lamentablemente, mi suerte se había quedado de ociosa en mi habitación. Ahora el
montazal al que me había adentrado para acortar camino, se había trasformado en la arena de
algún improvisado Coliseo, en donde la atracción principal era yo, luchando contra enormes
bestias, las cuales puedo asegurar que no había visto en mi vida. Grandes cuadrúpedos, con
dientes filosos y hocico alargado. Claro, su ferocidad los llevó a ser reconocidos por toda la
población de aquel montazal, brillantes insignias brillaban de sus cuellos, con su nombre
impregnado: el más grande tenía una insignia con la leyenda “Firulais”, del más gordo y peludo
colgaba la insignia con el nombre “Tintin”, y había uno en especial que, aunque era pequeño,
tenía tanta energía que temblaba y se le saltaban los ojos; ese, ese tenía en la insignia el nombre
“Taco”. Sus ojos eran negros y penetrantes, y decían a gritos “Te vamos a comer”.
 Claro, cuando yo vi esas bestias frente a mí, y pasaron por mi mente dos escenarios:

1- Tomar fuerza y enfrentar a aquellas salvajes y hambrientas bestias tal cual Russell
Crowe en “Gladiador”, ganándome así la aprobación y la ovación de la audiencia (la
cual se componía en su mayoría de lagartijas, aves y un indigente que decidió acampar
en la tranquilidad del montazal; digo, coliseo) o
2- Salir huyendo tal cual Eneas; eso sí, sin la parte de convertirme en rey de un pueblo.

Para sorpresa de la audiencia, y no tanto para mí, salí corriendo despavorido; sí, seguí el
ejemplo de Eneas. Y grité y corrí hasta que me sentí a salvo de aquellas despiadadas alimañas,
las cuales no satisfechas con haberme asustado bastante en aquella arena, decidieron
perseguirme y hacer más humillante mi escape.
~ QUE NO ME DETENGAN LAS AGUAS ~
 Una vez a salvo de aquellos animales, y con la constante ardedura que me provocaban los
vestigios de la batalla con los soldados escarlata, logré acercarme a mis aposentos, cansado ya
de las contiendas en las que había luchado, y de las que había huido.
 Quise atravesar valientemente un enorme océano turbio por la mezcla del barro y el agua
llovida que se interponía entre mi ya exhausto cuerpo y mi casa. Salté, pero no con la potencia
suficiente para que el brinco fuera exitoso, quedé a la mitad de aquella masa de agua, lleno de
barro y empapado hasta las rodillas. No comprendía que había hecho yo para ser merecedor
que tan accidentado viaje. A como pude, escapé de aquella masa oceánica, y emprendí el
camino a casa, cansado y con ganas de no volver a aventurarme en expediciones tan
arriesgadas, y menos si son en martes.