Bailar con la más guapa

Como esa chica de la discoteca a la que no puedes quitar el ojo de encima, pero que nunca te atreves a sacar a bailar: esa era mi sensación. Por aquel entonces, yo andaba a vueltas en una relación nada seria con la que mis familiares y amigos consideraban la pareja casi perfecta para construir un futuro común. Un buen partido, en resumidas cuentas. ¿Su nombre? Filología Inglesa en Jaén. La verdad, no puedo decir que no la quisiera. Tampoco que sí. Me gustaba, pero nada más. Nunca llegó a seducirme. Ahora puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que jamás la amé realmente.

Qué tendrá la noche que le brinda a uno siempre la oportunidad de encontrarse con gente nueva, gente diferente; personas -o personajes- que uno no habría podido ni imaginar que llegaría a conocer. La noche, y las luces. Y no precisamente las de la discoteca, sino más bien las de una pequeña lámpara en una mesita cualquiera. Aquella noche del verano previo a mi penúltimo curso en el colegio tuve la enorme suerte de toparme, entre las hojas de un libro que llegara a mis manos no recuerdo exactamente cómo ni por qué, con Sophie Neveu, personaje creado por el escritor Miguel Aranguren en su novela La sangre del pelícano; pero, ante todo, periodista. El hecho de que no fuese de carne y hueso no hizo que su experiencia me resultara más lejana o irreal. Aquella joven reportera estaba decidida a cambiar el mundo, y lo consiguió. Y, de paso, me cambió a mí también.

Pronto, yo descubriría que el mundo está repleto de personas como Sophie Neveu: personas de carne y hueso; que yo también podía aspirar a intentar cambiar un día las cosas, como ellos, como ella; también, que no debía hacer caso a quienes dijesen lo contrario.

Sentí entonces la necesidad irresistible de romper con lo seguro, de saltar al vacío; de dejar de menear estúpidamente el gin-tonic y reunir el coraje suficiente para sacar a bailar a la más guapa.